La puerta de la oficina se abrió con la misma autoridad que cuando entraba Salvatore, pero esta vez, el aire cambió por completo, el perfume fino, clásico y costoso fue lo primero que anunció su presencia.
Sabina Moretti no necesitaba presentaciones, bastaba su porte para imponer respeto; alta, de espalda erguida, sus movimientos eran medidos, precisos, llevaba un traje de dos piezas color marfil con botones dorados y tacones bajos que hacían eco suave en el suelo de madera. Su largo cabello castaño, peinado hacia un costado con ondas controladas, estaba salpicado por algunas canas plateadas que no ocultaba, sino que llevaba con orgullo, testigos de su elegancia natural y su tiempo en el poder, Lucian se levantó enseguida, con una mezcla de respeto y resignación dibujada en el rostro.
— Madre. — su voz fue cargada de respeto.
Sabina lo miró con una ceja arqueada, evaluando la escena, el escritorio ahora junto a la ventana, el ramo a medio marchitar que Theresa había dejado abandonado sobre una silla abajo y que fue recuperado por Víctor, y el aire ligeramente tenso que flotaba en la habitación.
— ¿Moviste el escritorio? — preguntó sin un saludo formal, caminando lentamente hacia la ventana sin esperar respuesta.
— Quería una mejor vista. — Lucian suspiro.
— ¿Una mejor vista o una excusa para mirar algo, o alguien en particular? — respondió ella sin girarse, como si ya supiera demasiado.
— No me digas que tú también vas a comenzar con eso. — sonrió apenas.
Sabina se giró con una expresión calculada, no era una madre de dulzura evidente, sino una estratega que amaba en silencio, a su manera, pero sus ojos sabían leer el alma y en la de Lucian notaba algo que no había visto en años, curiosidad verdadera, tal vez incluso anhelo.
— No vine a hablar de tus nuevas distracciones... — dijo finalmente, tomando asiento en uno de los sillones — Vine a hablar de negocios. — Lucian se sentó frente a ella, sin perder esa media sonrisa cansada.
— ¿Qué tipo de negocios? — tomo un par de vasos.
— El tipo que necesita que estés enfocado... — lo miró con intensidad — Hay un acuerdo importante con los socios de Marsella, quieren reunirse contigo personalmente y tienes que estar lúcido, sin enredos emocionales, ni flores, ni modelos dramáticas revoloteando. — Lucian entrelazó las manos y asintió con seriedad, pero sin perder ese leve brillo en la mirada.
— Siempre estoy lúcido, madre, lo emocional es lo que a veces hace que todo esto tenga sentido. — Sabina frunció apenas los labios, su hijo siempre había tenido un costado rebelde, pero eso, esto olía diferente, peligrosamente humano.
— ¿Quién es ella, Lucian? — él guardó silencio unos segundos, después miró de nuevo por la ventana, hacia la florería.
— Aún no lo sé, pero quiero saberlo. — Sabina lo observó por un largo momento, su expresión un enigma.
— Solo recuerda quién eres... — dijo finalmente, con una voz suave, pero firme — Y todo lo que podrías perder por un capricho. — Lucian la miró, sin responder, no era un capricho y lo sabía.
Hablaron largo rato, como solían hacerlo cuando la fachada de madre e hijo se convertía en la de dos mentes estratégicas moviendo fichas en un tablero invisible, Detroit era el tema principal; una propiedad vieja que necesitaba renovarse, contactos que se habían enfriado con los años y nuevos nombres que Sabina quería introducir en las reuniones, Lucian escuchaba con atención, haciendo preguntas puntuales, dejando entrever que, a pesar de sus distracciones, su mente seguía siendo afilada como una navaja. El sol estaba casi en su punto más alto del día cuando Sabina, con la elegancia de siempre, se puso de pie.
— Tienes que dejar de dejar flores a medio morir sobre las sillas... — dijo con desdén, caminando hacia el ramo abandonado de Theresa — Qué desperdicio de buen trabajo floral. — Lucian alzó una ceja.
— ¿Vas a criticar el ramo ahora? — Sabina lo tomó entre sus manos con delicadeza, lo giró un poco, lo inspeccionó.
— No, en realidad, me gusta... — admitió con una ligera sonrisa — Las combinaciones de color están bien pensadas, no es el típico arreglo pretencioso y sin alma... — comentó, como si estuviera hablando de arte en una galería — ¿Quién lo hizo? — Lucian sonrió.
— Una florista del otro lado de la calle. — Sabina lo miró de reojo.
— ¿La misma que tienes vigilada desde esta ventana? — preguntó sin sorpresa alguna.
— Esa misma. — confirmó él, sin vergüenza, Sabina dio un último vistazo al ramo, luego se lo llevó consigo hacia la puerta.
— Quiero uno igual, pero más grande y sin esa tarjeta cursi, haz que me lo envíen esta semana... — se detuvo en seco antes de salir y giró apenas la cabeza — Me gusta saber quién le pone belleza al mundo de mi hijo, es un equilibrio interesante. — con eso, se fue, dejando detrás el leve perfume de su presencia y el eco de sus palabras, que, como siempre, eran más de lo que parecían.
Lucian se quedó unos segundos frente a la puerta cerrada después de que Sabina se marchara, con una media sonrisa dibujada en el rostro.
"Quiero uno igual. Pero más grande." Perfecta excusa.
Se volvió hacia la ventana, esa que ahora estaba más cerca que nunca de su escritorio y dejó que su mirada se deslizara hacia el otro lado de la calle, allí estaba el pequeño universo donde ella se movía. El ventanal dejaba ver a la florista en movimiento, el cabello rubio suelto cayendo sobre sus hombros mientras hablaba con una clienta, Lucian se apoyó contra el marco de la ventana, con ese gesto relajado que no engañaba a nadie, su mente ya había decidido.
— Salvatore. — llamó, y su mano derecha apareció casi al instante, como si hubiese estado esperando.
— ¿Sí, jefe? — preguntó con tranquilidad.
— Quiero que llames al restaurante, que prepares una mesa o dos, algo exclusivo... — sonrió, sin dejar de mirar el local — Mi madre quiere un ramo de flores y a mí me parece una razón más que válida para ir a hablar con la señorita Elysia, otra vez. — Salvatore apenas suspiró.
Sabía que "ramo" era sinónimo de "teatro emocional" cuando se trataba de Lucian, pero no dijo nada, solo acato sus órdenes como siempre, Lucian acomodó su reloj y mientras bajaba por las escaleras de su oficina rumbo a la calle, no pudo evitar pensar que el día acababa de volverse mucho más interesante, después de todo ¿Qué tan culpable podía ser un hijo complaciendo a su madre? Solo que esta vez, el encargo venía con sonrisa de florista incluida.
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A las cinco en punto, Elysia colgó el delantal detrás del mostrador, como hacía todos los días, con esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo da el trabajo bien hecho. La luz dorada de la tarde se filtraba por los grandes ventanales, pintando el interior de la florería con tonos cálidos y suaves, haciendo que los pétalos de las flores lucieran aún más vivos.
Suspiró mientras observaba su reino, algunos pétalos caídos adornaban el suelo como confeti natural, las vitrinas estaban un poco desordenadas tras el ajetreo del día, pero todo tenía ese desorden encantador de un lugar con alma, Mia ya había comenzado a cerrar cajas y a revisar el inventario de pedidos del día siguiente.
— ¿Quieres que barra yo hoy? — preguntó su amiga, al ver que Elysia tenía los hombros un poco caídos.
— No te preocupes, ya casi termino. — respondió ella con una sonrisa amable, aunque algo distraída.
Había sido un lunes extraño, intenso, el tipo de día que deja pensamientos rondando la mente como abejas curiosas, y entre clientes, ramos, una visita inesperada, dos, en realidad, y el almuerzo sorpresa, su corazón seguía latiendo en un ritmo que no terminaba de entender del todo. Apago algunas luces, Elysia miró a Mia con una pequeña sonrisa cansada cuando escuchó el timbre de su celular marcar la hora, la jornada de trabajo había terminado definitivamente.
— Ve, ve... — le dijo, alzando una mano — Hoy diste el cien por ciento, mereces descanso. — sonrió con dulzura.
— Tú también... — respondió Mia mientras se quitaba el delantal — Pero dudo que dejes de pensar en flores ni siquiera dormida... — ambas rieron, y antes de irse, Mia la abrazó con fuerza, ese tipo de abrazo que solo una amiga de verdad da, con cariño, complicidad y un toque de advertencia silenciosa que decía: no te metas en problemas, aunque no lo dijo en voz alta, sus ojos lo insinuaron — Nos vemos mañana, florcita. — dijo Mia al salir por la puerta, rumbo a su casa.
Cuando Elysia cerró con llave, el silencio del local le resultó reconfortante, la florería, ahora vacía y tranquila, parecía respirar con ella, encendió una pequeña lámpara sobre el mostrador y apagó el resto de las luces, dejando que el aroma a lirios, jazmines y rosas la acompañara mientras subía por la vieja escalera de madera hacia su apartamento.
El segundo piso era su refugio, cálido, acogedor, lleno de libros, plantas y detalles que hablaban de su mundo interior, se quitó los zapatos en la entrada, soltó el cabello que se ató en el calor de media tarde y lo sacudió con los dedos, el espejo del pasillo le devolvió una imagen dulce, pero pensativa. Ese día, definitivamente había sido más que peculiar, colocó agua a calentar para una infusión y se acercó a la ventana. Desde allí también podía ver la discoteca, las luces aún no se encendían, pero la fachada brillante y moderna contrastaba con la suya, por un momento, se preguntó si Lucian volvería a aparecer, luego se regañó mentalmente por pensarlo.
Estaba comprometida, amaba su vida tranquila y, aun así, el corazón le dio un pequeño vuelco, suspiró, cerró las cortinas y fue a buscar su taza, Elysia se permitió unos minutos de calma, se sentó en su sillón favorito, junto a la ventana, con su infusión humeante entre las manos. Cerró los ojos y dejó que el calor le reconfortara el cuerpo, escuchar el suave tic-tac del reloj, el murmullo lejano de la ciudad y el aroma persistente de las flores que aún impregnaba su ropa, la ayudó a dejar atrás el bullicio del día.
Pensó en Albert, en su sonrisa encantadora, en cómo solía entrelazar sus dedos con los de ella cuando caminaban juntos, en los pequeños detalles que a veces pasaban desapercibidos, pero que seguían ahí, constantes. Esa noche cenarían juntos, no en casa de sus padres, no con amigos, sino los dos solos, hacía falta, últimamente las cosas habían estado algo tensas.
Se levantó con decisión, fue al baño y comenzó a llenar la tina con agua tibia, puso unas gotas de aceite esencial de lavanda y un poco de espuma mientras se recogía el cabello en un moño suelto, el vapor empezó a envolver el cuarto, dándole esa sensación íntima y reconfortante. Cuando finalmente se sumergió, suspiró largo, dejando que el agua le aliviara cada músculo, pensó en el ramo para la madre, en la tarjeta escrita con un guiño romántico, en los ojos verdes que la miraron con una intensidad que aún no podía explicar y luego sacudió la cabeza, como queriendo borrar el recuerdo.
No, esa noche era de Albert.
Salió del baño envuelta en una toalla suave, fue al armario y eligió con cuidado, nada demasiado llamativo, pero sí algo bonito; un vestido en tono crema, sencillo, de tela ligera que caía con elegancia, se maquilló apenas, lo justo para resaltar su mirada y dar un poco de color a sus labios, dejó el cabello suelto, peinado con ondas suaves. Cuando se miró al espejo una última vez, sonrió, se veía bonita y, sobre todo, se veía como ella misma, con el bolso en la mano, bajó la escalera con paso ligero, lista para su cita, aunque en el fondo, aún no sabía si su corazón latía por costumbre o por amor.
Elysia se sentó en el banco junto al mostrador de la florería, con el vestido perfectamente acomodado, el maquillaje aún fresco y la expresión cada vez más apagada, había dejado las luces bajas, solo una lámpara encendida sobre el mostrador, suficiente para dar un ambiente cálido mientras esperaba.
Primero fueron diez minutos, nada. Después, media hora y decidió escribirle.
"¿Estás en camino?"
Ningún doble check azul, silencio. Pasó una hora, se puso de pie, caminó por el local una y otra vez, mirando el reloj con ansiedad cada vez que el segundero parecía hacer más ruido del habitual, intentó llamarlo, una vez, dos, tres.
"El número que marcó no está disponible en este momento."
Volvió a sentarse, sus manos estaban frías, a pesar del calor de la noche, finalmente, cuando el reloj marcó una hora y media de retraso, escuchó el timbre de la puerta, la campanita sonó suave, casi culpable y Elysia alzó la vista lentamente. Albert estaba ahí, de pie, con una expresión a medio camino entre la culpa y la arrogancia, la camisa un poco arrugada, el cabello alborotado como si hubiese venido a las prisas, o de otro lugar, no traía flores, ni una disculpa lista en los labios.
— Perdón, amor, se me complicó la tarde. — dijo, como si con eso bastara.
Elysia no respondió de inmediato, lo miró en silencio, con los ojos brillando no de lágrimas, sino de decepción contenida, había esperado, vestida, arreglada, con ilusión, durante una hora y media.
— ¿Se te complicó? — repitió ella, con voz suave — ¿Tanto como para no contestar ni un mensaje? — Albert se encogió de hombros, sacó el celular del bolsillo y dijo algo sobre haberse quedado sin batería.
Una excusa tan vieja como su actitud despreocupada, Elysia bajó la mirada a sus manos, luego al reloj, todo el encanto de la noche se había desvanecido, ya no había música, ni cita, ni emoción, solo un silencio espeso y una herida invisible que acababa de abrirse un poco más.
— No seas dramática, Elysia, vamos, no perdamos más tiempo. — dijo Albert, acercándose para tomarla del brazo como si nada hubiese pasado, como si su retraso, su silencio, su falta de empatía no fueran más que detalles sin importancia, ella retiró el brazo con delicadeza, pero con una firmeza que heló el aire entre ellos.
— ¿Dramática? — repitió, sin levantar la voz, aunque su tono era claro como el cristal — Estuve a aquí sentada por una hora y media, preguntándome si estabas bien, si habías tenido un accidente, si te habías olvidado, o si simplemente no querías venir. — Albert bufó, cruzándose de brazos, como si se sintiera atacado sin razón.
— Elysia, solo fue un mal rato, no hagas un escándalo ¿Sí? Ya estoy aquí, vamos a cenar. — la vio con cierto fastidio.
Ella lo miró fijamente, y por un segundo, vio con absoluta nitidez algo que tal vez había preferido no mirar antes: ese hombre que tenía frente a ella, que alguna vez la hizo reír, soñar y pensar en un futuro compartido, ahora parecía no entender lo más básico, no se trataba de una cena, no se trataba del vestido, ni del maquillaje, se trataba de respeto, de consideración y esa noche, no había ni una flor de eso.
— No, ya no quiero cenar. — dijo con suavidad, mientras retrocedía un paso, Albert frunció el ceño.
— ¿Qué? ¿Me hiciste venir para nada? — Elysia lo observó un instante más, y luego negó con la cabeza.
— No, Albert, viniste para darte cuenta de que el tiempo de los demás también importa... — dejo escapar un suspiro — Buenas noches. — se dio la vuelta para subir.
Elysia apenas tuvo tiempo de reaccionar, Albert, con el rostro endurecido y la mandíbula tensa, le tomó del brazo con fuerza, ella se sobresaltó.
— ¡Albert! ¿Qué estás haciendo? — preguntó, viendo ante ella otro hombre.
— Ya basta... — espetó él, arrastrándola fuera de la florería con pasos rápidos — No voy a tolerar más berrinches ¿Entiendes? Eres mi prometida, y esto es ridículo. — la calle estaba casi vacía, pero eso no importaba.
Elysia sintió cómo la vergüenza y la furia hervían dentro de ella, el tirón en su brazo dolía, pero dolía aún más la forma en que la estaba tratando, como si fuera una niña caprichosa, como si no tuviera derecho a sentirse herida.
— ¡Suéltame! — gritó, y con un gesto brusco se liberó, tambaleando un paso atrás.
Su respiración estaba agitada y los ojos le brillaban, esta vez no solo por el coraje, sino por la rabia contenida de muchos silencios acumulados, Albert levantó las manos como si no entendiera el problema.
— ¿Ahora qué? ¿Vas a gritar en plena calle? ¿Hacer una escena? ¿Es eso lo que quieres? — le lanzo muchas preguntas.
— ¡No, Albert! — Elysia se paró firme — ¡Lo que quiero es que me respetes! — replicó ella, sin importarle si alguien los escuchaba — Que no llegues tarde sin avisar, que no me calles, que no me arrastres como si fuera un objeto... — ¡No soy tuya! — Albert la miró como si no la reconociera.
— Has cambiado. — dijo con decepción en sus ojos.
— Tal vez... — dijo Elysia, temblando de pies a cabeza — Tal vez estoy dejando de ser la mujer que aguanta todo sin decir nada y si eso te molesta, entonces tal vez tú también deberías preguntarte si eres el hombre con el que quiero casarme. — el silencio que cayó entre ellos fue devastador.
Albert apretó los labios, miró hacia un lado, luego hacia ella y sin decir nada más, se dio media vuelta y se alejó, Elysia se quedó ahí, en medio de la acera, con el brazo adolorido y el corazón latiendo con fuerza, no de miedo, sino de algo nuevo, algo que le decía que, aunque esa noche no habría cena, ni promesas dulces, quizás estaba empezando a recuperar algo más importante, su voz. Elysia ya se había girado para volver a entrar a la florería, todavía con el temblor en las manos, cuando escuchó pasos apresurados detrás de ella.
— Elysia, espera. — Albert había regresado.
Su voz sonaba ronca, quebrada por un nudo que le apretaba la garganta, ya no era el mismo tono mandón de antes, ni la actitud arrogante, sus hombros estaban vencidos y por primera vez en mucho tiempo, parecía realmente fuera de control.
— Perdóname... — dijo, deteniéndose frente a ella, jadeando un poco por la rapidez con la que había vuelto — No quise... — hizo una pausa — No fue mi intención tratarte así, no debí tocarte así, ni arrastrarte, ni decirte esas cosas... — ella lo miró en silencio, no con frialdad, sino con una especie de tristeza resignada que hizo que a Albert se le encogiera el pecho — Es solo que, he tenido tantas cosas encima, el trabajo, mis padres, Beatriz, el estrés... — tragó saliva — Y tú eres lo único bonito que tengo, lo único que me calma, lo único que siento que me da paz, Elysia, y cuando me miraste como si no quisieras verme más, me asusté. — Elysia sintió cómo algo dentro de ella se movía, porque conocía ese lado de Albert, el lado roto, el lado que a veces se escondía bajo todo ese orgullo, pero también sabía que las disculpas no borraban lo que había pasado.
— Albert, lo que pasó no fue solo un mal momento... — dijo suavemente — Fue una línea que cruzaste, y yo... — trago saliva con fuerza — No puedo simplemente fingir que está bien. — Albert asintió con lágrimas en los ojos y dio un paso más cerca.
— Te amo, Elysia, y sé que no he sido el mejor últimamente, pero no quiero perderte, no sabría qué hacer sin ti. — ella bajó la mirada. su corazón estaba dividido, porque una parte lo amaba, pero otra parte, más firme, más consciente, comenzaba a preguntarse si el amor era suficiente cuando el respeto comenzaba a fallar.
— Yo tampoco quiero que me pierdas, Albert... — susurró — Pero necesito tiempo, para pensar, para entender qué es lo que realmente quiero. — lo vio asentir.
Elysia volvió a entrar a su florería, cerrando la puerta con suavidad, afuera, el mundo seguía girando, pero dentro de ella, algo había cambiado, Albert no se movió cuando Elysia volvió a cerrar la puerta de la florería, la observó a través del vidrio, con el rostro bañado en impotencia, y entonces, sin pensarlo demasiado, volvió a llamarla.
— ¡Elysia! — ella giró apenas el rostro desde el mostrador, confundida por el tono.
Cuando volvió a salir, lo encontró arrodillado en medio de la acera, bajo la luz tenue del farol de la calle, el pavimento frío no pareció importarle, sus ojos estaban fijos en ella, con una mezcla de desesperación y arrepentimiento.
— Sé que te lastimé esta noche y sé que te hice sentir como si tus emociones no importaran, pero eso no es lo que quiero ser para ti, no es quien quiero ser... — algunas personas que pasaban se detuvieron, curiosas, pero Albert no pareció notarlo, solo tenía ojos para ella — No quiero que esto termine con enojo, solo quiero una oportunidad más, cenemos esta noche, hablemos, como dos personas que todavía se aman, por favor. — Elysia sintió cómo algo cálido le subía al pecho, pero también un tirón incómodo en el estómago.
Porque el gesto era grande, dramático, pero ¿Era genuino, o una forma más de presionarla con el romanticismo? Miró a su alrededor, a la florería iluminada detrás de ella, al Albert de rodillas frente a ella, a las flores que aún estaban en el escaparate y luego, con voz suave, pero decidida, habló.
— Albert no necesito una escena, necesito constancia, necesito que me escuches sin tener que gritar, que me respetes incluso cuando estás cansado y que no me pongas en la posición de tener que enseñarte eso... — él bajó la cabeza, apretando los dientes y asintió sin fuerzas — Levántate... — le dijo ella, acercándose — No quiero que te arrodilles, quiero que aprendas a estar a mi lado. — Albert se puso de pie lentamente, los ojos vidriosos.
— ¿Y la cena? — Elysia lo miró por unos segundos.
Elysia observó a Albert ahí, algo en su mirada, en su tono, en la vulnerabilidad que pocas veces mostraba, logró tocar una parte de ella porque lo amaba, suspiró profundamente y aunque todavía sentía el nudo en el pecho, dio un pequeño paso hacia él.
— Está bien... — dijo, con voz baja, pero firme — Iré a cenar contigo, pero no porque todo esté bien, sino porque necesito que hablemos, que dejemos las cosas claras. — Albert levantó la vista de inmediato, con un brillo de esperanza en los ojos.
— Sí, claro, lo que tú necesites, solo, gracias por darme esta oportunidad. — le tomó las manos y le dio un beso rápido en la mejilla.
— No es una oportunidad... — respondió ella mientras retiraba suavemente su mano — Es una conversación pendiente. — él tragó saliva y sonrió apenas, con una mezcla de alivio y nerviosismo.
No intentó besarla ni tocarla nuevamente, solo camino por delante de ella hacia su auto y abrió la puerta con cortesía, esperó a que ella subiera e incluso extendió su mano para ayudarla, pero antes de arrancar, Albert giró levemente hacia ella.
— ¿Te molesta si antes damos una vuelta? — preguntó con un tono suave — Solo, caminar un poco, no quiero que esta noche se trate solo de una mesa y comida, quiero estar contigo, aunque sea un rato, como antes. — Elysia dudó un instante, pero luego asintió.
Albert condujo hacia un parque cercano, dejando atrás todo el bullicio apagado de la discoteca al otro lado de la calle, bajaron con calma y mientras caminaban en silencio al principio, por una calle tranquila cerca del parque, con las luces tenues y el sonido de la ciudad a lo lejos, el aire fresco de la noche acariciaba su rostro, y ella mantuvo las manos en los bolsillos de su abrigo, en parte por el frío y en parte por prudencia.
— No quiero desperdiciar esta noche... — dijo Albert de pronto, rompiendo el silencio — No después de cómo te fallé y sé que con flores o palabras no basta, pero quiero intentar que esta vez me entiendas de verdad. — Elysia lo miró de reojo, con una expresión neutral.
— Yo no necesito que me convenzas, Albert, necesito que seas honesto, contigo y conmigo. — él se detuvo un momento, frente a una banca, la miró a los ojos.
— Lo soy y quiero ser mejor, no por miedo a perderte, sino porque sé que te mereces más de lo que te he dado últimamente, sé que he dejado que otras personas influyan demasiado, que no te he defendido como debería y que he dejado que el estrés justifique actitudes que no tienen justificación. — Elysia lo escuchaba en silencio, su corazón latiendo con un ritmo incierto, se sentaron en la banca, Albert entrelazó las manos sobre sus rodillas, sin intentar tomar las de ella.
— ¿Y tú? — preguntó con un suspiro — ¿Todavía quieres esto? — ella bajó la mirada por un momento, pensativa.
— Quiero estar con alguien que me valore en lo bueno y en lo malo, Albert, que me vea, que me escuche, que sepa cuándo callarse y cuándo luchar, y la verdad, no sé si eso lo tenemos aún. — Albert tragó saliva, asintiendo.
— Dame esta noche, no para convencerte, sino para mostrarte que estoy dispuesto a cambiar, si tú me dejas quedarme. — Elysia no respondió de inmediato, solo miró al cielo despejado por un momento, luego se puso de pie, lo miró con suavidad.
— Vamos, pero recuerda lo que dijiste, esta no es una reconciliación, es una conversación pendiente. — Albert se puso de pie también, con una sonrisa leve.
Caminaron hacia su auto en silencio y aunque no sabían lo que vendría después, ambos entendían que esa noche podía ser un punto de inflexión, para bien o para terminar lo que alguna vez fue amor.