Los eunucos llegaron al palacio de Ezra. La concubina aún no estaba durmiendo y en su lugar se encontraba recitando el libro sagrado del Islam. Ezra aceptó sin reproche ir hasta la mansión de Badar, aún sin saber nada sobre lo que pasaba. —¿De qué se trata? —preguntó al eunuco—. Las palabras de Ezra quedaron en el aire, pues el eunuco no le respondió nada. Era como hablarle a una pared. Ezra entró al palacio de la concubina imperial Alid y se sorprendió al ver reunidas a la mayoría de concubinas, ya que ella no tenía la menor idea de lo que ocurría al interior de esa habitación. —La asistente Azzar se presenta —dijo en saludo El rey le dirigió una mueca que Ezra no pudo entender. Todos en aquella sala lucían tristes y enojados con la asistente. —¡Confiesa tu crimen! —el rey dema

