**ADRIANA** Mis padres adoptivos estaban junto al piano, en silencio lleno de emoción contenida. Mamá llevaba ese vestido verde que solía guardar para “ocasiones especiales”, aquel que parecía hecho a medida para ella, y papá, con un traje gris perla perfectamente ajustado, no paraba de sonreírme con los ojos húmedos, como si cada lágrima fuera una muestra de la profunda felicidad que sentían por verme. Me acerqué, y en un abrazo, sentí la calidez de su amor incondicional. —No puedo creer que estén aquí… —susurré, con la voz entrecortada por la emoción. —Nos perdíamos esto y dejamos de ser tus padres —dijo papá, con una sonrisa que le temblaba por la intensidad del momento—. Tu felicidad, hija, es nuestro regalo favorito. Entonces lo vi. Mi corazón dio un vuelco. Allí estaba él. Mi pro

