Código de seducción: La batalla del código

1112 Palabras
Sara Me sentía como la niña que se había ganado el boleto dorado para conocer la chocolateria de Willy Wonka con el super, mega fantástico regalo que me estaba dando, porque eso era ¿no? Un premio a mi esfuerzo y a que notó que me gustaban esas cosas. ¡Revisó mis antecedentes y vio lo que me gustaba! Saltaba como si el conejo de pascua me hubiese poseído con tanta felicidad en mi sistema y debo decir que, despues de esos panqueques incomibles, este era el segundo mejor regalo de la vida. Y como guinda del pastel, escuché como mi jefe le hablaba a Emma y la llevaba, según él, a tomar aire. Un ouput funcional, para que tus pulmones siguan creciendo... E. Si, claro. ¿Es que no podía ser más tierno? —Sara, detente... ¿De qué mierdas estas hablando? Esto solo es un trabajo. El jefe te dió acceso a sus código porque requiere de tu retroalimentación, nada más. Pero igual me hace feliz... Pasé la mañana de Nochebuena enredada en el código personal de Robert Klaus. Es que esto de que me invitara a revisar su proyecto de expansión urbana sostenible, un gesto que entendí como su forma más elevada de coqueteo. En lugar de chocolate y abrazos, me daba acceso a su intelecto. Aww... es que me lo como... Como en tu sueño. Me molesta mi conciencia, así que me coloco mis lentes de montura, los audífonos y me sumergo en esa maraña de números y letras que para cualquiera puede ser una fuente inconexa. Y sí, me sumergí en él—en el código, digo—. El código era brillante, complejo y elegante, como era de esperar de Klaus. Pero después de tres horas, mi mente de analista comenzó a detectar las grietas. Imperceptibles, pero grietas al fin y al cabo. Él había sobrestimado la eficiencia de los paneles solares en una de las regiones y había utilizado un algoritmo de distribución de recursos que, si bien era perfectamente lógico, ignoraba la necesidad de parques y espacios verdes. El código maximizaba la densidad habitacional y minimizaba el coste, pero creaba una utopía gris y sombría. Tal y como él, antes de Emma... Me acerqué a su estudio, donde él estaba cerrando una videollamada, mientras movía la sillita de Emma que dormía como la hermosa bebé que es.. —Señor. ¿Tiene un momento para mi feedback sobre el código geoespacial? —Adelante, Sara. Sé concisa —dijo, cerrando la laptop con un chasquido. —El código es impecable, pero tiene fallos de concepto. Fallos de humanidad —disparé, sin rodeos. Ya no tenía tiempo para adornar la verdad y creo que él no lo necesitaba. Klaus levantó la barbilla, su rostro adquiriendo esa expresión pétrea de desafío intelectual que me resultaba demasiado familiar y ahora... atractiva. —Define "fallo de humanidad". Mis métricas optimizan la eficiencia y la habitabilidad del espacio, es perfección pura. —Sus métricas no incluyen la variable calidad de vida emocional. En el sector Epsilon de la simulación, su algoritmo maximiza la densidad de población, pero no deja espacio para parques. Asume que la gente solo necesita un techo y energía. Olvida que necesitan un lugar para que sus hijos, como Emma, corran. El código es brillante, sí, pero es desolador. El silencio se hizo pesado. Había cruzado una línea. No estaba criticando su trabajo; estaba criticando su filosofía de vida. —El espacio verde es un lujo, Sara. Un gasto ineficiente. El código está diseñado para la sostenibilidad económica a largo plazo, no para el bienestar subjetivo. Entonces, ¿para qué pide mi opinión? pensé un tanto frustrada —Pero el bienestar subjetivo es lo que mantiene la sostenibilidad de la sociedad, Señor. Usted mismo es el mejor ejemplo. Intentó vivir solo con lógica, y terminó generando un bebé—y vuelvo a su mentira de error en el código, espero que resulte—. Sus códigos siempre buscanla perfección, pero la perfección sin la variable imperfección es una prisión. Me señalé a mí misma y luego al área de su oficina que ahora invadíamos con mantas y juguetes. —Usted dejó un error en su código, Señor. Ese error creó vida. ¿Y ahora está intentando construir ciudades perfectas que no dejen espacio para los errores, para el juego, para el desorden? ¡Si su código se implementa, sus ciudades serán tan frías como usted antes de que Emma llegara a su vida! No aguanté y se lo lancé todo como una ametralladora. Mi jeje se levantó de su silla, su altura frente a mí ahora era intimidante. —Estás cruzando una frontera, Sara. Estás extrapolando un problema logístico a una crítica personal—masculló entre dientes. Las venas de su cuello hinchadas y las orejas rojas por la molestia que le estaba provocado. —No. Estoy aplicando las lecciones de nuestro experimento —dije, sosteniendo su mirada y con ganas de abrirle esos ojos grises para que viera la realidad—. Usted se está humanizando por la fuerza. Y sus códigos necesitan humanizarse también. El código que supuestamente creó a Emma tenía un error que lo hizo hermoso. No borre la posibilidad de que sus ciudades también puedan serlo, señor. Me quedé esperando la reprimenda, el despido, el grito. Pero Klaus se quedó allí, procesando la información. La discusión había sido intensa, cargada de una pasión que iba más allá del respeto profesional. Era la primera vez que luchábamos por algo que nos importaba profundamente. Finalmente, él se sentó de nuevo, respirando profundamente. —Muestra la línea de código donde propones la asignación de recursos para espacios verdes, Sara. No como un gasto, sino como un activo de salud pública con un retorno de inversión social a largo plazo. Mi corazón dio un vuelco. No me había despedido. No había explotado. Me había pedido que corrigiera su código. ¿Me estaba dando la razón? —Señor, con gusto —dije, acercándome a su laptop y con una sonrisa de oreja a oreja que no podía evitar. Por suerte, mi pequeña Emma seguía en el mundo de los sueños y con su conejito ahora en sus bracitos, ajena a toda la batalla que habíamos librado con su progenitor. Mientras me inclinaba para señalar la pantalla, mi hombro rozó el suyo. Esta vez, ninguno de los dos se apartó. Sentí la tensión eléctrica en el aire. La discusión había terminado en una rendición inesperada: la rendición a la idea de que yo tenía razón, y que él me respetaba lo suficiente como para dejarme entrar y arreglar no solo su vida, sino también su mente.
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