El Vértigo de lo Incalculable

1415 Palabras
Robert Klaus Von Richten Estaba revisando la hoja de cálculo que Sara había dejado con los horarios de alimentación de E. Mi mente debía estar absorta en la data, pero mis ojos seguían desviándose hacia el brillo dorado de un adorno que ella había colocado, desordenadamente, en ese abeto. No aguanté, me levanté y acerqué al árbol. Olía a pino real, no a una fragancia sintética programada. «Idiota, es absolutamente real, como Sara y Emma...» Respiré profundo y tomé el adorno que había llamado mi atención: una estrella simple, hecha de paja trenzada. No tenía valor monetario, pero estaba ahí, en mi casa. Como Sara... Cerré el puño alrededor del objeto. La necesidad de Sara no era una necesidad de mantenerla como mi asistente o analista en mi oficina, para que transmitira eficiencia o su logística. Era algo que se alojaba en un espacio vacío de mi existencia que yo siempre había creído inactivo o inexistente. La Necesidad... Sí, la necesitaba para E, para el orden, para la estabilidad. ¿O era el Deseo?...Deseaba verla sonreír, deseaba ese desorden funcional que ella había traído a mi mundo de fórmulas y algoritmos, deseaba la calidez que irradiaba. Pero esta noche, bajo el resplandor de las luces irregulares, sentí algo más. Algo que no podía ser codificado, cuantificado o incluso verbalizado sin sonar completamente absurdo. Un recuerdo fugaz... La risa de Sara al rechazar mi propuesta de matrimonio. No fue burlona; fue alegre y libre. Sí, se había reído de mí, pero también me había ofrecido una verdad que nadie más se había atrevido a darme. Y esa verdad era que yo estaba actuando por lógica fría, sin considerar la complejidad del sistema humano. Ella no quería un contrato; quería una conexión. Me di cuenta de que mi corazón latía con una cadencia inestable. No por un fallo de ritmo, sino por una sobrecarga. Me senté frente al árbol y tomé mi tableta, entré al archivo de Sara y digité, por primera vez en mi vida, con dedos temblorosos. Base de datos inestables. Definición de Amor: Para mí, el amor siempre había sido la adhesión absoluta a una idea, la pasión por una fórmula irrefutable. Había amado el orden, la perfección y el poder. Pero ahora... El amor era el miedo repentino a que esa risa, ese calor, esa presencia, simplemente se fueran. El amor era ese pinchazo de celos irracionales cuando E, y no yo, recibía su atención total. El amor era la necesidad desesperada de proteger no solo el bienestar físico de Sara, sino también su felicidad, su libertad, incluso si esa libertad significaba que ella me rechazara y me... No. No Nos dejara. El vértigo me golpeó con la fuerza de un error fatal de sistema. Era una emoción primitiva, desordenada, no funcional. Era la comprensión de que no quería a Sara solo porque era la asistente perfecta; la quería porque era Sara, la única persona que había logrado perforar mi armadura de lógica matemática. Para mis ojos, era la anomalía más hermosa de todas. El científico en mí intentó analizarlo, asignarle un nombre, una etiqueta: Síndrome de Apego Afectivo Exponencial. Fue la primera idea que anoté y luego borré porque para el hombre—el hombre que había emergido débilmente gracias al Error E—simplemente reconoció lo que jamás pensó que existiría para él: Amor. Un sentimiento que nunca había conocido, un dato incalculable. Una variable que tenía el poder de destruirme o de construir mi vida desde cero, en un desorden perfectamente asimétrico. Y por primera vez en mi vida, no quería ser el dueño del control. Quería dejarme llevar por la hermosa, incierta y aterradora función del sentimiento. Me quedé allí, solo, con el corazón acelerado, sosteniendo esa insignificante estrella de paja. Había fallado en la ecuación del matrimonio, pero había descubierto la respuesta a la ecuación de la felicidad. Mi respiración se regularizó con el tiempo, pero la cadencia de mi corazón no lo hizo. Permanecía en ese estado de alerta, de sobrecarga placentera, como si hubiera overclockeado mi propio sistema interno. Dejé la tableta a un lado; por primera vez, el input de datos era irrelevante. El silencio de la casa era pesado, roto solo por el parpadeo de las luces y el leve soplido del sistema de ventilación. Era un silencio diferente al que yo había cultivado por años, un silencio que ahora se sentía... vacío. Un vacío que solo la risa de Sara o el balbuceo de E podían llenar. Me levanté de nuevo, la estrella de paja aún apretada en mi mano. No podía volver a la hoja de cálculo ni a la soledad de mi dormitorio. Mis pies me llevaron, instintivamente, hacia el Núcleo de Logística de E, o más bien, un hecho menor que no introduje, la habitación contígua a la mía. Me detuve frente a la puerta cerrada. La lógica me gritaba que volviera, que diera espacio, que no perturbara la paz. Pero la nueva variable, la Función Amor, exigía una validación. Necesitaba la prueba de que esa calidez seguía existiendo al otro lado, que no era una ilusión térmica generada por el árbol. Acerqué la mano a la manilla, pero me detuve. No podía simplemente entrar. ¿Qué diría? "Sara, acabo de darme cuenta de que te amo. Por favor, vuelve a reírte de mí, pero esta vez, permíteme ser un poco menos frío en mi formulación" Absurdo. En lugar de entrar, me incliné y pegué la oreja a la madera pulida. Escuché un susurro suave. El sonido no era la fórmula perfecta de una nana musical, ni el llanto estridente de una necesidad insatisfecha. Era la voz de Sara. —Sí, mi pequeña Emma. Ya sabes, tu padre... es un hombre de números. Pero incluso un algoritmo puede tener un bug hermoso, ¿verdad? Y tú eres nuestro bug más adorable. Una sonrisa involuntaria y estúpida cruzó mi rostro. ¡Me había llamado un bug hermoso! Pero no con desprecio, sino con una ternura que deshacía mi armadura capa por capa. El reconocimiento era mutuo, aunque ella no supiera la magnitud de mi reciente descubrimiento. Me enderecé. No. El amor no era solo una emoción a analizar. Era una fuerza de acción. Había que actuar. Regresé a la sala con un propósito claro. Encendí mi computadora y busqué un archivo que llevaba microsegundos inactivo: Pondría en acción el Anteproyecto Matrimonial 2.0.—era un plan de respaldo, pero nunca esperé la respuesta jocosa de Sara, por lo que me perdí intentando recuperar mi. No sé qué, pero algo. Mi cerebro estaba en blanco—. El acuerdo original había sido una formulación legal y logística, carente de alma. El nuevo no podía ser así. Borré todo el texto predefinido: las cláusulas de seguridad financiera, las condiciones de convivencia, las estipulaciones sobre la herencia de mi compañía. Todo fuera. Mis dedos volaron sobre el teclado, impulsados no por la lógica, sino por esa nueva y vertiginosa fuerza... Anteproyecto Matrimonial (Revisión Sara): Objetivo principal: La creación de un entorno de máxima felicidad y libertad para Sara. Cláusula de Conexión (El "Sí"): No será un contrato. Será una promesa diaria de honestidad, respeto y la aceptación incondicional del desorden funcional que ella trae a mi vida. Distribución de Recursos: 100% de mi dedicación y mi tiempo, sin fórmulas ni horarios estrictos. Logística (La Provisión): Provisión incondicional de café fuerte, tiempo para su escritura y la libertad de colocar adornos asimétricos en cada árbol de Navidad futuro. Definición de Términos (Mi Voto): Prometo aprender el lenguaje del corazón, incluso si mis primeros intentos suenan como el debug de un sistema. Guardé el archivo. No lo imprimiría. Este no era un documento para la firma. Era un guion para una nueva, y totalmente improvisada, propuesta. Una que no podía esperar a la mañana de Navidad. Volví a la puerta de su habitación, esta vez sin dudar. La manilla estaba fría y metálica, el umbral entre mi vieja vida y la incierta, pero emocionante, función que se avecinaba. La giré lentamente. La luz de la luna filtrándose por la ventana iluminaba la escena. Sara estaba sentada en el suelo, con E dormida sobre su pecho, envuelta en una manta de lana. El cabello de Sara estaba suelto, cayendo en cascada. Estaba mirando hacia la ventana, absorta. Parecía un cuadro... una Madre y su bebé que ni la más avanzada IA habría podido generar con tanta calidez.
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