Próximo Hogar

1553 Palabras
Tres años ya habían pasado desde que Sebastián y yo éramos novios. Y no podía estar más enamorada de lo que ya estaba. El timbre del teléfono sonó. Fui a los baños para que las puertas ahogaran la estridente música del club y pudiera escuchar. —¡Hola amor! —contesté al ver el nombre de Sebastián en la pantalla. —Amor… voy saliendo del trabajo. ¿En que antro están? —En Love, en la zona VIP. La reserva está a mi nombre. —Está bien, llego en media hora, ¿de acuerdo? Te amo. —Yo también. Bye. Colgué pero antes de salir volvió a sonar mi celular. —¿Qué ocurre Vero? —No me mates, por favor. Ya voy para allá. Reí y negué con la cabeza, aunque ella no me pudiera ver. —No te preocupes, apenas vamos empezando. —¿Quiénes están ya? —Tu novio ya llegó. También Damián, Laura, Diego y sus amigos. Solo faltas tú. Sebastián acaba de salir de trabajar, ya viene para acá también. —Perdóname July, me metí al circuito e iba a vuelta de rueda. —No te preocupes, ya apúrale que Emilio se está volviendo insoportable. Salí y me uní a mis amigos, Diego me abrazó sacándome todo el aire. Todos me volvieron a desear feliz cumpleaños y después de un rato de música y bebidas fui a la terraza para tomar un poco de aire fresco. Me sorprendió ver el cielo despejado, se veían más estrellas de lo normal y eso me encantaba. Pasé unos minutos ahí, sintiéndome tan feliz y en paz. Estaba a punto de entrar de nuevo al club cuando escuché el motor de un auto debajo en la calle, sonreí al asomarme y distinguir el Mustang n***o de Sebastián. Corrí de regreso y bajé las escaleras mientras él entraba. A pesar de la alegría de saber que ya había llegado me inquietó que pareciera como si estuviera escrutando el lugar, desesperado. Me detuve y esperé al filo de la escalera hasta que me encontró. Por un instante distinguí preocupación en sus verdes ojos antes de que la escondiera por completo, se arregló el Rolex que le había regalado la última navidad con la mano derecha y después se frotó el cuello, se acercó como si me temiera. —Hola amor —dijo mientras me tomaba de la cintura y me acercaba a él. —Hola… —contesté a media voz. Detrás de él Verónica apareció en la puerta con una expresión de furia y dolor. Algo ocultaban los dos, la mirada que Verónica lanzaba expresaba sin duda que las cosas iban mal. Sebastián me tomó del mentón y me obligó a mirarlo, en sus ojos no vi ese brillo que tanto me hipnotizaba. —Feliz cumpleaños —dijo acercando sus labios a mí. No pude responder, mi mente se había quedado en blanco, su besó era el más suave y dulce que nunca en la vida me había dado. Un frío escalofriante me recorrió la columna vertebral durante el resto de la noche. Me desperté de nuevo con aquel escalofrío en mi espalda. Resignada me levanté y me vestí con ropa casual y me encaminé al edificio para trabajar. Todos los proyectos de CYGNUS se construían conforme a un tipo de diseño. La primera impresión que mostraban era el de un lugar frío e imponente, debido a que todo el exterior era de cristal. En conjunto era espectacular, todo era… formidable. Dejé el carro en el estacionamiento exterior que serviría para las visitas, el estacionamiento para residentes estaría en un piso subterráneo. Al entrar en el lobby estaba la arquitecta a cargo del proyecto. Era un poco regordeta y de baja estatura. Me saludó con una sonrisa agradable y extendió un casco de protección hacia mí. —Señorita Scotti, la estaba esperando. —Muchas gracias arquitecta —le contesté ajustándome el casco y correspondiendo su sonrisa me senté frente a ella en el escritorio de granito blanco que serviría de recepción. —Dígame Ana, por favor. ¿Le parece bien si revisamos el avance? —Perfecto. ¿En dónde están los demás? —me pareció raro ver el lugar solitario. —¡Ah! Están trabajando en el exterior—sacó una copia de los planos. Me incliné hacia ella y hablé con un tono de confidencialidad. —Ana, por favor—le dije mirándole a los ojos—, quiero la máxima discreción acerca de mi estancia y trabajo aquí. —Por supuesto, nadie más sabe de su visita —me contestó sin titubeos. Y después de eso pasé mi atención a los planos. Ana comenzó a explicarme como se iba desarrollando la edificación y al mismo tiempo señalaba con los dedos las diferentes anotaciones que tenía. El plano del exterior mostraba una construcción cuadrada de estilo minimalista con diez mil metros cuadrados distribuido en diez niveles, no había concreto en las paredes. Era pura estructura y cristales. Pasamos a otro plano que mostraba el estacionamiento de los residentes, ya estaba terminado. El siguiente mostraba la planta baja, el restaurante y el gimnasio que iba a tener ya estaban equipados y las oficinas donde iban a instalarse los concierges y el servicio doméstico también estaban listas. No tardaría en llegar todo el equipo que se iba a utilizar en la recepción: computadoras, teléfonos, sillones y decoración en general. Solo faltaba configurar los detectores digitales de los dos elevadores de doble puerta, uno para los residentes y otro para el personal. El siguiente plano mostraba las oficinas de CYGNUS para el Pacífico, que estaban en el mezanine. Los planos de los niveles restantes eran de los departamentos. Había dos por cada nivel, excepto por el pent-house. Cada uno tenía la entrada directa con el elevador, sala, cocina, comedor, un baño y medio, dos recamaras y una terraza con sala de jacuzzi. Había problemas con los fijadores de los cristales y eso era lo que Ana y yo resolvíamos. —Está bien Ana, me gustaría darme una vuelta —dije una vez que terminamos. —Por supuesto, ¿desea que le acompañe? La mayoría del personal, como sabe, tiene prohibido hablar con alguien externo y le podría ayudar por cualquier duda que tenga. —No se preocupe. Prefiero ir por mi cuenta, no quiero entretenerla de su trabajo. Cualquier cosa yo me acerco a usted. —Claro que sí. Caminé a las escaleras de emergencia y agradecí la sensatez de mi cerebro para obligarme a usar zapatos planos. Primero entré a las oficinas, lo único que hacía falta era equiparlas. Llegué directo a la que sería mía en poco tiempo y sonreí hacía el ventanal, el océano se extendía majestuoso hasta el horizonte pero no me entretuve mucho y seguí subiendo los niveles. Al llegar al último piso me sorprendí. Lo había imaginado y diseñado yo misma pero me impresioné por el lugar que se convertiría en mi nuevo hogar. Me quité el casco y salí a la terraza para recargarme en el barandal de cristal. Una suave brisa me acarició en la cara y cerré los ojos, sentía una paz que prometía una mejor vida. De pronto unas voces me sacaron de mi ensimismamiento, se acercaban por donde había entrado, acorralándome. Entré de regreso al departamento y subí a las escaleras que llevaban a las habitaciones donde podría ocultarme rezando para que no se les ocurriera seguirme. En el último escalón me torcí el tobillo y traté de sujetarme al barandal, pero el vidrio estaba flojo y cayó haciéndose añicos al tocar el suelo, justo cuando ellos entraron. Era una chica no mayor que yo con el cabello rubio sujetado en una coleta, de tras de ella había dos muchachos de la misma edad: uno era delgado, con el cabello corto y lentes de armazón fino. No pude evaluar al otro ya que sus ojos casi negros me habían atrapado. Mientras sus compañeros revisaban el problema él solo me veía con confusión, sorpresa y al final furia. Respiré hondo y con mi actitud de soberbia ensayada de años bajé, me hice pasar por una turista y me dirigí a la chica rubia. Sus cinco centímetros menos de mi metro con sesenta y cinco me facilitaron al interpretar mi actuación. —¿Qué es lo que se construye aquí? —Departamentos —contestó ella confundida. —Y este edificio está restringido —terció el chico de lentes—, ¿quién te dejó pasar? Suspiré y me di la vuelta dando otro vistazo a la terraza. —Solo estoy considerando en comprar uno aquí. Alguien me tomó de la muñeca y me arrastró a la salida, logré zafarme con poco esfuerzo. Con mi actitud más arrogante encaré al chico de los ojos negros pero él no se intimidó ni un poco. —De verdad que chiquillas como tú me fastidian—siseó y estaba segura de haber sido la única que lo había escuchado. De un momento a otro sentí como mi palma impactó su mejilla izquierda dejándolo con el rostro volteado. Me impresioné de mi reacción, yo nunca había sido una persona violenta. No supe que otra cosa hacer así que corrí a las escaleras aún con el tobillo punzando, pero el sonido de unos pasos firmes, constates y rápidos me perseguían muy de cerca.
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