Me despido de la rubia con un abrazo y un dulce beso en los labios que me deja un sabor a miedo porque no sólo se va a las afueras de California, sinó que va a un tratamiento que – según ella – es de rutina pero yo no me confío, no entiendo porque tengo tanta incomodidad con que se vaya, si ella solo es sexo y conveniencia para mí – según sus propias palabas – pongo los ojos en blanco por esa locura que dice y la abrazo de nuevo sin importarme lo que piense o diga. —Dime de nuevo ¿cuando volverás? – sonríe por mi insistencia. —En quince o veinte días Cachorro preguntón – acaricia mi rostro y lo disfruto al máximo, mis manos pican por tocarla y acariciarla. Ella me vuelve adicto al sexo. —¿Me llamarás? – se carcajea. —¡Por supuesto que no! Tu lo harás cuando enloquezcas en

