El frío de las sabanas me envuelve, acunándome para que continúe con mi reconfortante sueño, e impulsándome al mismo tiempo a abrir los ojos y buscar algo de exquisito calor. Estiro una mano, deslizándola por la cama, y lo único que encuentro es una almohada. Estoy sola en una habitación… en alguna habitación. De alguna manera terminé acostada, sobre mi abdomen, pero no me pregunten dónde. Debí quedarme dormida, profundamente. Lo digo no solo por la sensación de pesadez que me tiene invadida, sino también porque la luz de la luna se cuela tenuemente por la ventana indicando que la noche se alza sobre la ciudad. Esa última parte sonó súper romántica, ¿cierto? Como en un libro de los ochenta donde el narrador dice: “La noche se alza sobre la ciudad iluminando las hermosas fachadas y

