Mika se levantó con la cálida luz del sol arropando su corazón. Se abrió paso entre los sillones naranja que rociaban de alegría el tono melaza de las mesas y las paredes del comedor. Divisó a Kaisa y a Ville al fondo, pero no vio con ellos a Alejandra. Antes de acercarse, fue a por una bandeja y, con ella en su regazo, contempló el amplio repertorio de platos fríos y calientes. Se sirvió de todo un poco, colocó una jarra con café caliente sobre la bandeja y se dirigió a donde estaban sus colegas. Le puso el freno a la silla de ruedas y, tras saludarlos, preguntó: —¿Y Alejandra? —Creo que le costó dormirse, y esta mañana descansaba tan profundo que me dio lástima despertarla. Le enviaré un mensaje para que se apresure. —No, déjala descansar. Pero en cuanto terminó de decirlo, una turba

