Aquel día de verano, las cargadas nubes desprendían melancolía. Desde la ventana de su oficina, Mika contemplaba los tejados dormidos que esperaban, con la misma paciencia que él, a que los rayos del sol asomaran y alejaran aquel flotante color gris. Se dio la vuelta y condujo la silla de ruedas hacia el escritorio. Le colocó el freno y se acomodó en su sillón. Tomó la agenda y, con gesto de cansancio, revisó las reuniones que lo esperaban aquella semana. Levantó la mano y revolvió con inquietud sus cabellos. Sentía una zozobra que no podía definir; quizá era el recuerdo de aquella fragancia que lo perseguía en todo momento. Ansiaba sentir las manos de Alejandra recorriendo su cuerpo. Deseaba que lo besara mientras le susurraba palabras de pasión con ese particular acento. Aquellos días ha

