Aquel sábado, el sol entraba por las ventanas abiertas de par en par y retozaba sobre las vistosas sillas de la oficina de Mika. Exasperado, había interrumpido la enorme cantidad de trabajo que tenía y hablaba con su madre por teléfono. Le prometía no perderse la cena que Minna había organizado aquella misma noche con motivo de su compromiso. No entendía cuál era la prisa por celebrar, pero si había buscado refuerzos para que acudiera, considerando que él era el único invitado, se imaginaba lo peor. Solo esperaba que ahora que estaba interesado en alguien, su hermana no incluyera, como acostumbraba, a una de sus amigas para que hiciera pareja con él. Apretó los labios con fastidio. A veces aquella pelirroja podía ser un gran incordio. Dio por terminados sus asuntos y decidió irse a casa

