Las fiestas italianas, sobre todo las universitarias eran una maldita locura, no es solo que los jóvenes italianos fuéramos seres demasiado intensos, según nosotros mismo por la gran sangre explosiva que teníamos, sino que también éramos unos adolescentes llenos de hormonas y con muy pocas buenas ideas. La fiesta en cuestión ni era en una discoteca ni en mucho menos en un bar, era en un lugar abandonado en medio de la nada, no voy a negar que por todo roma había demasiados lugares abandonados, sobre todo ruinas antiguas pero esto no eran unas ruinas, sino que un descampado. Me siento culpable por dejar a mis hermanos con los padres de Gemma, me sentía la peor persona del mundo al abandonarlos porque yo me quedara aquí disfrutando y ellos estuvieran ahí. —¿Estas bien?—me preguntó Gemma.

