SOMBRAS Y CONFESIONES

1205 Palabras
La sala improvisada estaba en silencio, apenas rota por el goteo constante del techo y la respiración agitada de los sobrevivientes. Clara acomodaba a los pacientes, intentando darles calma, mientras Valeria se mantenía cerca de Damián, vigilando cada sombra que se movía en las paredes. El aire olía a humedad y óxido, pero también a incertidumbre. Valeria sentía que el cazador no había desaparecido, que su presencia seguía flotando en el ambiente como un fantasma. De pronto, un ruido seco resonó en el pasillo. No eran pasos pesados ni cadenas arrastrándose. Era distinto: un golpe metálico, seguido de un murmullo apagado. Valeria se tensó, levantando la barra metálica. Clara se giró, con el rostro endurecido. —¿Otra vez él? —preguntó, con voz quebrada. Pero la silueta que emergió de la oscuridad no era la del cazador. Era alguien más. Una figura encorvada, con ropas desgarradas y un rostro marcado por el cansancio. Llevaba un arma colgada al hombro, pero no la levantó. Sus ojos, hundidos y oscuros, se fijaron en Damián. —Al fin… —murmuró el extraño—. Pensé que nunca los encontraría. Valeria retrocedió un paso, confundida. —¿Quién eres? El hombre sonrió débilmente. —Un sobreviviente… como ustedes. Pero si están aquí, significa que el cazador también lo está. El silencio se volvió más pesado. Clara apretó los dientes, desconfiando. —¿Cómo sabes del cazador? El extraño bajó la mirada. —Porque yo fui uno de los primeros que intentó escapar de él… y fracasé. La tensión se apoderó de la sala. Valeria sintió un escalofrío: no sabían si aquel hombre era un aliado o una amenaza más. Pero antes de que pudiera decidir, Damián se inclinó hacia ella, con el rostro pálido por el dolor. —No confíes demasiado rápido —susurró, apenas audible—. Aquí, cada aparición es una trampa. Valeria lo miró, y por un instante, el mundo se redujo a ellos dos. El caos, el miedo, las sombras… todo desapareció. Solo quedaban sus ojos, ardientes a pesar de la herida, y la certeza de que se necesitaban más que nunca. Ella tomó su mano, apretándola con fuerza. —No voy a dejar que te pierdas —dijo, con lágrimas contenidas—. No importa lo que venga. Damián sonrió débilmente, y en ese instante, la tensión se transformó en algo más. El roce de sus manos, la cercanía de sus cuerpos, el calor compartido en medio del frío del edificio. Era un instante de intimidad robada, un respiro de humanidad en medio de la guerra. Clara los observó de reojo, consciente de lo que estaba ocurriendo, pero no dijo nada. Sabía que ese vínculo era lo único que los mantenía en pie. El extraño carraspeó, rompiendo el momento. —Si quieren sobrevivir, deben moverse. El cazador no se detiene. Y ahora que sabe dónde están… vendrá con más fuerza. Valeria soltó la mano de Damián, pero sus ojos seguían fijos en él. Había algo nuevo entre ellos, algo que no podían negar. El romance no era un lujo, era una chispa que les recordaba que aún estaban vivos. El suspenso volvió a apoderarse de la sala. La aparición del extraño había cambiado todo: ¿era un aliado que conocía al cazador, o una nueva amenaza que los arrastraría aún más al abismo? Valeria apretó la barra metálica, consciente de que el respiro había terminado. El cazador estaba cerca, y ahora, además, tenían que decidir si confiar en aquel hombre… o enfrentarlo también. >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> El extraño permanecía en el umbral, con la respiración agitada y los ojos hundidos. Su voz había traído un atisbo de esperanza, pero el silencio que siguió fue demasiado pesado. Valeria aún sostenía la mano de Damián, sintiendo el calor de su piel, como si ese contacto fuera lo único que la mantenía firme. Clara, desconfiada, se adelantó un paso. —Si realmente eres un sobreviviente, ¿por qué apareces justo ahora? El hombre bajó la mirada, como si cargara un peso invisible. —Porque el cazador no viene solo. Siempre deja rastros… y yo los sigo. Valeria apretó la barra metálica, sin soltar la mano de Damián. Algo en su tono no encajaba. Demasiada calma, demasiada seguridad. De pronto, el extraño levantó el arma que llevaba colgada al hombro. El movimiento fue rápido, brutal. Apuntó directamente a Clara. —El cazador no necesita matarlos… yo puedo hacerlo por él. El disparo resonó como un trueno. Clara se lanzó al suelo, esquivando la bala por centímetros. Los pacientes gritaron, el caos estalló en la sala. Valeria reaccionó instintivamente, empujando a Damián contra la pared para protegerlo. —¡Traidor! —rugió Valeria, levantando la barra metálica. El hombre sonrió con frialdad. —No soy un sobreviviente. Soy el señuelo. El cazador me envió para debilitarlos, para quebrar su confianza. El suspenso se volvió insoportable. Clara rodó hacia un rincón, buscando cobertura, mientras el traidor disparaba de nuevo, rompiendo las paredes descascaradas. Los pacientes se acurrucaban, temblando, atrapados en el fuego cruzado. Valeria se lanzó hacia adelante, golpeando con la barra metálica contra el arma del traidor. El impacto resonó, desviando el disparo. El hombre retrocedió, pero su mirada seguía fija en Damián. —Él es el objetivo. Tú solo eres un obstáculo. Damián, debilitado, levantó su pistola con esfuerzo. Sus manos temblaban, pero sus ojos ardían. —Entonces tendrás que pasar por mí también. El traidor disparó, y la bala rozó el hombro de Damián, arrancándole un grito de dolor. Valeria sintió que el mundo se detenía. Corrió hacia él, sosteniéndolo con fuerza, sus ojos llenos de lágrimas. —¡No! ¡No te voy a perder! El traidor los observó, con una sonrisa torcida. —Mírenlos… aferrándose el uno al otro como si eso los salvara. El cazador tenía razón: el amor es la debilidad más fácil de explotar. Valeria apretó la barra metálica, con el corazón ardiendo. —No es debilidad. Es lo único que nos mantiene vivos. Con un grito de furia, se lanzó contra el traidor. El choque fue brutal: metal contra metal, fuerza contra fuerza. El hombre intentó derribarla, pero Valeria, impulsada por la rabia y el miedo de perder a Damián, golpeó con una precisión feroz. El arma del traidor cayó al suelo, y Clara aprovechó para patearla lejos. El traidor retrocedió, jadeando, con la mirada llena de odio. —No importa si me derrotan. El cazador ya sabe dónde están. Y cuando regrese… no habrá rincón que los salve. Con un movimiento rápido, lanzó una granada de humo al suelo. La sala se llenó de una neblina espesa, cegadora. Cuando el humo se disipó, el traidor había desaparecido, dejando tras de sí solo el eco de su risa. Valeria cayó de rodillas junto a Damián, sosteniéndolo con fuerza. Sus manos temblaban, pero sus ojos estaban fijos en él. —No voy a dejar que te pierdas —susurró, con voz quebrada—. No importa lo que venga. Damián la miró, con el rostro pálido pero los ojos ardientes. —Entonces… no me sueltes nunca. El silencio volvió, pero todos sabían que era apenas una pausa. El cazador estaba cerca, y ahora tenían un nuevo enemigo que los había marcado con traición.
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