En su oficina, Antón intentaba enfocarse en los informes que le habían entregado tras su reunión con el presidente, pero su mente divagaba, dispersa y rebelde. Su regreso a la Casa Blanca no había sido impulsado por las razones habituales. No lo convocaron por su desempeño en la misión de Cultura, sino para relegarlo a un nuevo encargo relacionado con terrorismo. Un giro inesperado y, para él, un territorio tedioso e incómodo. No porque careciera de preparación, sino porque en esa área, la diplomacia debía aplicarse con una precisión milimétrica, en situaciones donde las decisiones no podían postergarse ni someterse a interminables debates políticos. Las crisis emergían sin previo aviso, demandando respuestas inmediatas, estrategias meticulosas y un nivel de concentración que, en su estad

