Alondra caminó lentamente fuera de la delegación, el sonido de sus pasos resonó débilmente sobre el pavimento mojado. El amanecer se tornaba gris y lluvioso, parecía reflejar el vacío que sentía en su pecho. Cada gota que caía desde el cielo parecía arrastrar consigo una pizca de esperanza, y con cada paso que daba, el peso de su derrota aumentaba. «Lo siento, señora, pero el protocolo es claro. Tiene que esperar más tiempo antes de que podamos hacer algo más allá de una búsqueda superficial. No hay señales de delito. Así que, por ahora, no podemos proceder», recordó que le había dicho el oficial, con una frialdad que la atravesó como un cuchillo. La mirada distante de los otros agentes, que apenas levantaban la vista de sus escritorios, la había sumido en una angustia más profunda. En

