El sonido del timbre en la puerta quebró el silencio de la noche. Alondra, sentada en la mesa, sintiendo los ojos pesados de tanto llorar, había estado repasando una y otra vez los lugares que ha recorrido, los rostros de las personas a las que le ha preguntado si ha visto a su hija y a la niñera, sin encontrar una mínima pista, estaba perdida en sus propios pensamientos. La sombra de la desesperación se cernía sobre ella, y a pesar de que había recorrido casi toda la ciudad en busca de pistas sobre el paradero de su hija y de Lisa, no había logrado nada concreto. Nada que la acercara a la verdad. Un golpe más fuerte en la puerta la hizo saltar de su silla, y como reacción el corazón comenzó a latirle con rapidez. No esperaba a nadie. Nadie más que los secuestradores o alguien que pudiera

