Una semana después.
Sábado.
Desde hace algunos días, no había vuelto a cruzarme con Héctor en la compañía ni en la discoteca.
La incomodidad seguía, ya que no deseaba entablar una conversación con él porque mi enojo continuaba, tanto hacia él como hacia mí misma, por haberme involucrado con un hombre que tenía pareja.
Estaba claro que si lo hubiera sabido, no me hubiera interesado por Héctor de ninguna manera, pero como él me había mentido diciéndome que no tenía novia, le había creído.
Gustavo: — ¿Me puedes pasar ese vaso de ahí? — preguntó señalando un vaso que estaba cerca de mi lado izquierdo.
— ¿Este?
Gustavo: — Sí, por favor
— Ten
Gustavo: — Hoy no hay tanta gente como siempre en la discoteca
— No, quizás es porque es época de exámenes
Gustavo: — Tienes razón
— Por cierto, ¿cómo vas con la oposición para entrar a la Guardia Civil?
Gustavo: — Bien, cada día me estoy preparando. La mayoría de las pruebas las paso sin problemas, pero me está costando un poco la de natación
— Haz lo mejor que puedas y esfuérzate por pasar esa prueba, ya verás que tendrás su recompensa más adelante
Gustavo: — Gracias. ¿A ti cómo te va en la compañía donde trabajas?
— Bueno… Bien
Gustavo: — Por tu cara supongo que no muy bien
— Es que estoy en una situación un poco complicada
Gustavo: — ¿Y eso?
— Es una larga historia
Gustavo: — Bueno, cuando quieras hablar de ello puedes contármelo y trataré de ayudarte si quieres
— Gracias, eres muy amable — dije y sonrió. Al instante, vi que alguien entró a la discoteca. ¿Y de quién se trataba?
Así es, era Héctor.
Gustavo: — Mira, ahí viene tu novio…
— No inventes…
Héctor: — Hola — saludó y yo lo ignoré por completo.
Gustavo: — Hola, ¿te sirvo algo?
Héctor: — Bueno, preferiría que la señorita me sirviera, si no es problema
— Sí, es un problema — comenté mientras limpiaba un vaso de espaldas a Héctor. No quería verle a los ojos.
Gustavo: — Pues ya escuchaste, amigo, ella no te quiere servir
Héctor: — Por favor, Elizabeth, escúchame — pidió y Gustavo se acercó a mí.
Gustavo: — ¿Te has peleado con él?
— Pues sí. Yo no le quiero servir ni tampoco hablar, hazlo tú
Héctor: — Elizabeth…
— ¿Le podrías decir que no me hable?
Gustavo: — Amigo, dice que no quiere hablar contigo
Héctor: — Con la única que quiero hablar es contigo, Elizabeth
Sabía que había cometido ese error de haberme involucrado con un hombre casado, pero intentaba avanzar y tratar de arreglarlo de la mejor manera posible. Solamente, necesitaba tiempo para reflexionar y evitar decisiones apresuradas.
Al fin y al cabo, comprendía que Héctor era mi compañero de trabajo y uno de mis jefes. Así que la mejor opción, en mi opinión, era abordar la situación con calma, dialogar cuando tuviera la mente en paz y poner fin a eso que a penas estaba empezando entre él y yo de la manera más adecuada.
Héctor: — ¿Podemos hablar? — insistió y me acerqué a él.
Gustavo: — Si queréis, id a la sala de arriba para que tengáis más privacidad, yo me encargaré de servir
— No hace falta
Gustavo: — Sí, hazlo. No te preocupes
En consecuencia, decidí ir con Héctor a la sala de la primera planta con la intención de hablar tranquilamente y sin interrupciones.
Así que, aprovechando de que no había mucha gente en la sala, buscamos un espacio vacío para nosotros.
— Bien, ¿qué quieres decirme? ¿Que eres un mujeriego?
Héctor: — Claro que no, solo deja que te lo explique — mencionó mientras me cruzaba de brazos frente a él.
— ¿Qué quieres decirme?
Héctor: — Sé que esto te parece raro
— Y mucho
Héctor: — Lo sé y lo siento, de verdad
— Héctor… ¿Por qué lo hiciste? Solo quiero saber la verdad. ¿Me estás utilizando? ¿Es eso?
Héctor: — No, por Dios
Suspiré y me senté en una silla. Él se quedó de pie frente a mí, y noté en su cara bastante frustración.
Héctor: — Sé que cometí un error al no contártelo, pero tenía mis razones
— ¿Y cuáles son esas razones?
Héctor: — Porque necesitaba salir y alejarme de todo
— ¿Y para lograr eso, buscaste a otra persona?
Héctor: — Ya te lo he dicho, con Matilde no me llevo bien, no la amo, y estoy cansado de eso — dijo y sus palabras resonaban con autenticidad.
— No quiero estar con ella
— Entonces, ¿por qué no te divorcias?
Héctor: — Estoy en proceso de hacerlo. Además, no es tan fácil como piensas
— ¿Por qué?
Héctor: — Mi suegro es el director general. Él me dio este trabajo y me conoce desde los veinte años. Entonces, quise devolverle toda esa amabilidad casándome con su hija
— Entonces, ¿estás con ella solo para agradecerle a tu suegro por darte el trabajo?
Héctor: — Sí
— ¿Quieres decir que nunca amaste a Matilde?
Héctor: — A ver… No puedo negar que la amé, pero las discusiones de los últimos dos años cambiaron todo
— ¿Y por qué esas discusiones?
Héctor: — Principalmente por malentendidos y diferencias en algunos aspectos
— ¿Y aun con eso no te atreves a dejar a Matilde?
Héctor: — No quiero decepcionar a Jorge al decirle que terminaré con su hija, ya que me ayudó cuando lo necesitaba y sé que si se lo digo, lo voy a decepcionar
— Pero si no sientes nada por ella, es lo que deberías hacer. En mi opinión, tu relación con Jorge no debería afectar tu relación con Matilde. Parece que por agradarle a Jorge, te quedas con Matilde, y eso no está bien
Héctor: — Lo sé. Sinceramente, estoy harto, no la soporto más
Al decirlo, le creí. Se veía agotado mentalmente, aunque no entendía del todo su decisión de no dejar a Matilde para no herir los sentimientos de su suegro, Jorge.
— ¿Y por tus problemas es que vas a la discoteca?
Héctor: — Sí, para despejarme de la mierda de vida que tengo
— Tampoco es para tanto
Héctor: — Al menos hasta que tú llegaste dejó de serlo — mencionó y sonrió levemente.
— Elizabeth, por ti es que voy casi todos los fines de semana a la disco.
Me excuso con Matilde y le digo que me he quedado trabajando hasta tarde o que hay mucho tráfico, pero es que si no no podría ir a verte
— ¿Supongo que eres consciente de que le estás engañando?
Héctor: — Sí, pero no me importa. Sé que no tengo sentimientos por ella, así que no la estoy traicionando
— ¿Y si ella se entera?
Héctor: — Sé que puede pasar, pero es lo que quiero.
Es más, ella y yo vivíamos juntos, pero ya me he buscado un piso para mí solo, aunque cuando mi suegro viene a visitar a su hija, hacemos como que vivimos juntos y lo fingimos todo porque no siento nada por ella
— ¿Y ella está igual que tú? ¿No te ama?
Héctor: — Estoy seguro de que no porque no quiere mejorar la relación aunque yo se lo dijera
— Está claro que tu relación con ella no va como debería
Héctor: — Exacto
— Sabes, no quiero entrometerme en este asunto porque quieras o no, estás casado y yo no quiero intervenir mientras estés comprometido porque puede resultar mal
Héctor: — Lo sé… Fui idiota al involucrarte en esto, pero seguí con esto porque realmente me interesabas
— Héctor, es que no quiero problemas…
Héctor: — Sí, lo entiendo. ¿Al menos podemos seguir siendo amigos? No quisiera quedar mal después de todo lo vivido. Disfruto estar contigo y no quiero perder eso
— Sí, podemos ser amigos, aunque las cosas ya no serán como antes — dije lanzando un suspiro.
Héctor: — Está bien. Seremos solo amigos
— Por suerte, esto apenas comenzaba, y creo que es el momento adecuado para ponerle fin
Héctor: — Claro
— Gracias por todo
Héctor: — A ti, gracias por escucharme. Si me necesitas, ya sabes dónde encontrarme
Me puse de pie y me dirigí hacia las escaleras para bajar a la discoteca.
La actitud que estaba tomando Héctor al resistirse al divorcio solo para no herir los sentimientos de su suegro me pareció exagerada. Aunque Jorge amara a su hija, Matilde, debía comprender que Héctor tenía derecho a separarse de ella sin que eso le generara odio o tristeza.
No obstante, no podía quedarme de brazos cruzados esperando a que Héctor tomara una decisión. Tenía que seguir con mi vida y si él decidía buscarme y continuar lo que empezábamos a tener, dejaría que sucediera, pero mientras eso no pasara, no haría nada. En pocas palabras, no quería problemas y si podía evitarlos, mejor.