CAPITULO 1

4775 Palabras
Hay tres cosas que tengo claras en mi vida. No había amistades verdaderas. La segunda es que lo más importante en mi vida y en la de cualquier persona, era la familia. Y por último, tenía claro que jamás me iba a enamorar. Tenía amigos y creía que estaban a mi lado y me ayudarían siempre que lo necesitara pero la amistad verdadera era mucho más, algo que nadie me había demostrado aun, estaban a mi lado, me escuchaban, pero estarían conmigo cuando no quería estar con nadie, cuando odiase el mundo entero. Cuando me ponía tan triste que solo quería tumbarme en la cama. Nadie soportaba eso. Solo mi familia soportaba mi forma de ser, por eso sabía, que nadie más soportaría eso. Y sabía muy bien que el amor no era para mí, no me gustaban los abrazos, no me gustaban esas cosas que deberían buscarle a las parejas, no me gustaba nada, sabía que no me iba enamorar, quizás era muy joven para saberlo pero lo sabía. Diecinueve años. Tenía diecinueve años, cinco meses y trece días. Y llevo cinco meses y el año anterior entero llorando, porque no tengo nada claro en mi vida. Siempre pensé que con esa edad sabría qué hacer, pero no tenía ni idea de que hacer en mi vida, que estudiar o que hacer en un futuro. Tenía claro que me gustaba. Me gustaba el baile. Me gustaba la moda. Me gustaba comprar ropa. Pero nada de eso me iba a dar una carrera o un futuro porque aunque me gustara, no destacaba como para hacer de eso mi vida entera. Estaba estudiando una carrera porque era lo que sabía que era mejor para mí, no porque fuera una buena decisión, no porque supiera que hacer con mi vida, sino porque amaba estudiar y necesitaba aprender más, necesitaba saber más cosas, no muchas al menos, por ello estudiaba una cosa que me gustaba y que se me daba bien, las letras. Puede que fuera mi madre, que nos hizo leer desde pequeños o la forma en la que no me sentía mal por no tener apego a las personas, por preferir vivir sola, leer y que nadie me molestara. Me costaban demasiado las relaciones con personas que duraran más de dos minutos. Mi debate ahora era saber si especializarme en la literatura española o inglesa, mis profesores exigían que lo hiciera, mi madre simplemente me decía que fluyera y que me especializara en las dos. —Henry quedate quieto—grito mi madre en la video llamada. Me reí. Estaba en mi video llamada semanal con mi madre, mi persona favorita en este mundo. Perdón por mi padre, peor mi madre era lo más importante en la vida de mis siete hermanos y en la mia, mi madre era el pegamento de la familia y eso era algo que nadie podía dudar. — ¿Qué ha hecho ahora? —pregunte con tranquilidad mientras peinaba mi pelo. Mi madre me miro clavando sus ojos castaños en mi mientras colocaba bien el portátil, mi madre era esas bellezas que no llamaban la atención, pelo castaño, y ojos castaños, y a sus casi cincuenta años no tenía arrugas, según ella era la hermosa genética que le dio su madre, según yo, era la obsesión que tenía con el cuidado de su cara y de todo su cuerpo, organizada hasta el fin de los tiempos, siempre lo tenía todo bajo control. —La pregunta es que no ha hecho—hablo mi madre, me gustaría ser como ella, pero todos mis hermanos heredamos la genética de mi padre, ojos azules o verdes y pelo rubio, todos menos mi hermano Henry, que era quien más dolores de cabeza daba a mi madre—Ha decidido que el deporte que va practicar ahora es algo con un patinete y entrena dentro de casa—explico. Mis padres tenían la norma de que teníamos que hacer siempre un deporte y una actividad artística, debíamos trabajar constantemente en nuestro cuerpo y alma. En la pareja mi padre era el cuerpo, un amante del deporte que no paraba de probar cosas nuevas, baloncesto, tenis, golf o lo que fuera. Y mi madre era el alma, leía y escribía como nadie y pintaba, era el talento en persona, siempre hacia nuevas cosas, mantas, tazas, platos o un postre que nos presentaba ilusionada. Era una norma que me llevo a tocar el piano de forma casi profesional y hacer ballet, desde siempre y hasta siempre, quizás no bailaría nunca en Paris pero el baile era mi cosa favorita. —Siempre puedes pedir a papa que le instale una pista en el jardín—bromee y mi madre me miro. Mi padre lo haría, llevaba a mi madre tres veces al año a España para que se comprara todos los libros que quisiera, y le armo una habitación enorme en casa para que lo usara como biblioteca, mi madre solo tenía que formar un deseo y mi padre lo haría realidad. Por eso sé que no me iba a enamorar nunca, el amor de mis padres era tan perfecto que sabía que solo pasaba cada miles de años y nunca iba a vivir algo así, y sin eso, no quería nada. —No, que si hago eso, se confía y seguro me molesta más—hablo quejándose con fuerza—Voy a intentar que vaya a baloncesto con Matheo—concluso mi madre, Matheo era el hermano mellizo de Henry, que era vinieron en un pack de cuatro con Emma y Daniel, pero de los cuatro Henry era quien más loco volvía a mi madre—Pero olvidémonos de tu hermano, ¿Cómo estás? Me ha dicho Eva que llevas mucho sin llamarla—. Ahí estábamos otra vez. Eva era la terapeuta que mis padres pagaban para que me atendiera, mi madre era una madre que opinaba que los psicólogos eran lo mejor del mundo y por eso siempre nos llevaron a terapia. Por mucho que siempre se lo contamos todo a mi madre o entre nosotros, mi madre opinaba que había pensamientos que no se compartirían y tendrían que salir, por eso siempre fuimos a terapia, era algo tan normal que no me daba vergüenza admitir. Si no había llamado a Eva era porque estaba tan estresada con los trabajos que no podía casi ni respirar. Mi orientador me estaba presionando para que eligiera una especialización concreta, no podía tener literatura inglesa e hispánica al mismo tiempo y por eso, no paraba de estudiar para demostrar que si podía con las dos. Además, odiaba hablar con Eva, ella estaba empeñaba en que tenía un trastorno antisocial o que no era para nada amable con los demás, le preocupaba que me cansara de mis amigos o que no mantuviera algo mucho en mi vida, lo mantenía, mantenía cosas en mi vida, solo que necesitaba una lealtad y un cuidado que nadie sabía darme. Me gustaba más la psicóloga infantil, Anastasia, que nunca se preocupó en que controlara y entendiera mis emociones. —He estado muy ocupada, los trabajos me superan—deje claro y mi madre me miro con ternura. —Sé que vuestro padre os ha dicho siempre que las notas son importantes—hablo mi madre y la mire, mi padre era un genio, nunca bajo del nueve en todo el tiempo que estudio, en ni una sola etapa, y eso pasaba a la actualidad, todo lo que tocaba era oro, por eso éramos asquerosamente ricos, porque mi padre no paraba de generar dinero—Pero la tranquilidad es importante, puedes pasar unas asignaturas para el trimestre que viene, tu padre no se va enfadar por pagar más o menos—. Mi madre movió el brazo para quitarle importancia. Mi padre no se iba a enfadar, por mucho que quisiera que sacáramos buenas notas, no era un sargento y siempre que viera intención y estudio, y que fuéramos sinceros, era comprensivo. Pero era yo la que no quería decepcionar a nadie. Mi hermano gemelo, Christopher era la estrella, jugaba al hockey como nadie lo hacía y tenía el sueño de irse a Europa a jugar de forma profesional, y era demasiado inteligente, estaba estudiando medicina, porque quería ser médico y ayudar a las personas. Mi hermano era perfecto. —No te compares con Chris porque juro que voy ahí y te pego—hablo mi madre que me leía como nadie podía hacerlo. Por muchas amigas que tuviera, era mi madre en la persona que más confiaba y a la que se lo contaba todo, porque al final de todo, ella nunca me dejaría de querer. —No me estoy comparando—hable mientras me preparaba un poco de zumo en mi botella, para llevar a clase—Solo pienso que es una tontería que deje de hacer clases que puedo superar, pero si te quedas más tranquila, llamare a Eva—dije y mi madre me miro con los ojos entrecerrados. —Livvie—me llamo mi compañera de piso entrando a mi habitación, Laima entro como un torbellino y miro al ordenador—Perdón tita—se disculpó Laima. Mi madre y la madre de Laima eran amigas, muy buenas amigas y nos criamos juntas, era un año menor que yo pero era mi mejor amiga, su pelo n***o completamente rizado contrastaba muy bien con sus intensos ojos grises, era la mezcla perfecta de explosión y tranquilidad, con sus faldas estampadas y camisas anchas, eran la sombra de la vida espiritual que llevaba. La familia de mi amiga seguía viviendo en Alemania pero Laima se vino aquí porque le parecía una vida universitaria más interesante, por lo que mis padres la vigilaban por sus padres. —Os dejo, porque supongo que tenéis clases que asistir, llamame luego—hablo mi madre—Te quiero mi niña—dijo lanzándome un beso. Sé que ese “llamame luego” era una cosa que hacía mucho mi madre cuando sabía que había algo que decir pero no era el momento correcto de hablarlo por las personas o el lugar. —Yo también te quiero—dije antes de que mi madre cortara la llamada para gritar a alguno de mis hermanos. Me gire para mirar a mi amiga. — ¿No tenías turno en la cafetería hoy? —pregunte mientras cerraba la botella y me levantaba. Mi amiga trabaja todo lo que podía, era de esas personas que amaba buscar trabajos para tener su propio dinero y pagárselo todo, era una de esas cosas que le habían enseñado sus padres, que trabajaban muy duro cada día. A diferencia de mi madre que cuando se casó, se dedicó a la casa, la madre de Laima decidió seguir con su trabajo como maestra y su padre era un abogado importante, los dos trabajaban mucho y sus hijos crecieron viendo eso. —Se ha roto una tubería y se cancela el trabajo hasta nuevo aviso—me explico y la mire—Por eso vengo para acompañarte a clase—añadió con tranquilidad. Mire a mi amiga que llevaba su largo y voluminoso pelo rizado en un moño alto que se agarraba con un gancho por lo que la mitad de este estaba suelto y la otra mitad atado, un caos. Su ropa de segunda mano y relajada contrastaba con mis vaqueros bien puestos y mi sudadera nueva, que compre el fin de semana cuando en un bajón emocional mi madre me dio dinero y me invito a ir de compras. —Solo necesito un segundo y vamos—dije mientras metía las ultimas cosas en mi bolso. — ¿Lo llevas todo? —pregunto haciendo que suspirara. No era despistada, era bastante organizada y tenía una buena memoria, pero esa pregunta era algo que todos repetían en mí alrededor. Había tenido varios ataques de ansiedad en mi vida, todos relacionado con personas, ni uno por miedo a bailar o hablar en público, ni mucho menos por tener que opinar pero la ansiedad aparecía en mí y me pegaba fuerte por no poder soportar a las personas mucho tiempo, y menos en espacios pequeños. —Si—respondí simplemente antes de colgarme el bolso al hombro y mirar a mi amiga—Nos podemos ir—. Salimos las dos de mi habitación y del piso que compartíamos, bajamos en el ascensor mientras mandaba un mensaje a mi hermano Henry para que dejara de molestar a mi madre, quizás no me hacía tanto caso como a mi hermano, pero seguía teniendo un poco de autoridad entre mis hermanos. — ¿Cuál es la nueva ocurrencia de Henry? —me pregunto Laima cuando guarde mi teléfono en mi bolso y salíamos del edificio. Era octubre pero no hacía para nada el frio de Alemania por lo que con mi sudadera era más que suficiente. —Quiere hacer skate—explique y Laima me miro impresionada—Dentro de casa—añadí. — ¿Y qué hay del tenis? —pregunto sorprendida porque ese era el último deporte que Henry practicaba. —Creo que no lo ha dejado, solo quiere volver loca a mi madre un rato—hable. —O sea que activaras el modo hermana mayor y obligaras a que pare—asumió Laima sabiendo que no iba a dejar que mi madre lo pasara mal—O llamaras a los refuerzos—hablo pensando en mi hermano Christopher que como yo, cuidaba a mi madre con todo. —Isabella y Amelia harán algo también—hable mencionando a las gemelas que eran las mayores después de Christopher y de mí. Eran muy inteligentes y capaces de someter a Henry si este se ponía muy pesado. —Sino, solo estáis a un viaje en coche de dos horas para ir a pegarle—me animo. Era la máxima distancia que quería tener de mis padres, puede que muchos esperaran la edad adulta o la universidad para huir de casa, pero yo necesitaba estar cerca de mi madre, era lo mejor de mi vida, quería vivir a su lado si era posible, ella me hacía sentir segura y bien, por lo que dos horas era lo máximo que me permití, no sabía cómo Laima se fue a otro continente. — ¿A quién hay que pegar? —pregunto mi hermano Christopher que se acercó a nosotras con tranquilidad y nos dio un café a cada una. Le mire. Mi hermano y yo nos comunicábamos sin hablar por lo que solo una mirada intente decirle que Henry estaba causando problemas, no algo grabe, pero mi hermano llevaba años jugando a tenis, toda su vida, si lo había dejado, era que algo estaba pasando, algo que teníamos que solucionar rápido. —Henry—hablamos los dos al mismo tiempo. Mi hermano rio. —No habléis a la vez—se quejó Laima—Da miedito—añadió mientras revisaba su café. — ¿Has hablado con mama? —le pregunte. Christopher me miro. —Papa—aclaro y le mire—Esta mañana cuando salía a correr, llamare a mama en después de mi primera clase—. Asentí. —Yo tengo que llamar a papa—le deje claro, porque hacía tres semanas que no llamaba a mi padre, hable con él cuando llamaba a mi madre pero no le llame a él directamente, siempre se me olvidaba que en ocasiones quería un poco de mimos de su hija para sentir que le queríamos tanto como a mama. —Esta estresado, tiene unas reuniones que le tiene cansado—me conto y le mire—Así que si le llamas, habla de todo menos de su trabajo—me aviso. —Eso se lo dejo a Isabella—deje claro. Mi hermana quería ser la que llevara las empresas de mi padre en un futuro, los demás no teníamos interés, por lo que para mi padre lo hacía todo más fácil, no habría peleas por la herencia. — ¿Papa te conto lo de Henry? —pregunte a mi hermano que me miro con curiosidad. —Me ha dicho que hay un problema en casa, pero lleva dos semanas sin cenar en casa por lo que no tiene mucha información, mama solo le cuenta lo de vida o muerte, lo demás es un misterio para él—dejo claro mi hermano. Mi padre trabajaba demasiado, ahora estaba trabajando en un apilamiento norme de su empresa, uno tan grande que podría cambiar su empresa por completo, estaba en proceso de absorber tres empresas y de empezar a hacer cosas en otras áreas. —Henry ha dejado el Tenis—explique. Christopher suspiro con fuerza. —Lo escribo en el grupo—hablo. — ¿Tenéis un grupo sin Henry? —pregunto Laima sorprendida. —No, Henry está en el grupo, pero como nunca contesta, no se va a enterrar—deje claro. Mi hermano era un desastre andante. —Amelia e Isabella harán algo—dejo claro Christopher mientras se lo apuntaba, mi hermano llevaba notas de todo en su vida, creo que tenía notas hasta de las cosas que se comía, y lo dejaba todo guardado en un cuaderno o libreta, y luego lo guardaba en cajas, cajas con cosas de todos los años de su vida, con ideas, notas, opiniones, fotos y todas esas cosas que el necesitaba guardar, quizás no eran importantes, pero él las guardaban. Saque mi móvil para ver el mensaje de Christopher en el grupo. Reí. “Henry debe parar” Tres palabras que iba a poner a mis hermanos en marcha para evitar que Henry no volviera loco a nada. Mire la hora y casi me da un infarto. Tome un poco de mi café y mire a mi hermano, porque como siempre había calculado la cantidad exacta de ingredientes para que yo amara el café. Ahí estaba de nuevo, mi hermano el perfecto. —Vale, os quiero pero me voy corriendo que tengo clase de literatura contemporánea y como llegue tarde, el profesor Collins, me mata—hable antes de tomar un trago grande al café y devolvérselo a mi hermano, le di un corto beso en la mejilla y salí corriendo al edificio de letras. Corrí por la plaza de la universidad hasta llegar al edificio de centra y entre al edificio comenzando a caminar más despacio para que nadie me echara porque estaba corriendo. Llegue a la puerta de mi clase y mire la puerta. Respire con fuerza. — ¿Vas a entrar? —pregunto una voz que me puso al instante de mal humor. Me gire para encontrarme con los ojos negros de Alexander James Taylor quien era la persona que más odiaba en el mundo. Era estudiante de empresariales pero para mi desgracia estaba en la clase de literatura contemporánea como optativa y me torturaba un par de horas a la semana. —Como no, Byrne—hablo usando mi apellido para llamarme. —Mira Alexander—comencé a hablar pero el reloj en la pared marcaba que faltaba un minuto para que empezara la clase—Paso de ti—le dije porque había decidido ignorarlo y entrar en clase sin mirarlo, sin malgastar mi tiempo en hablar con él. Acomode mi pelo en una trenza rápida. Me cuidaba mucho el pelo y había conseguido tenerlo lo suficientemente largo, que me llegara a la cintura, me gustaba mi pelo, mi madre nos hacía peinados elaborados desde que éramos muy pequeñas por lo que me gustaba tenerlo largo e ir a casa a que me peinara. Pero solo mi madre, y mi peluquera. Saque mi Tablet mientras esperaba que el profesor llegara. Note como alguien se sentaba a mi lado. —No está bien que te vayas sin disculparte—hablo Alexander a mi lado. Respire hondo. Alexander James Taylor era la persona más insoportable del mundo. Era un chico alto, rozaría el metro noventa, lo sabía porque era casi de la altura de mi padre que media metro noventa, jugaba en el mismo equipo que mi hermano, era defensas, de esos que metían tantos y eran los que llamaban la atención, por violentos y rudos, era también el capitán y era completamente insoportable, rico hasta decir basta, de una familia que tenía una empresa de hoteles, eran el doble de ricos que mi familia, y eso le hacía creerse el dueño de todo el mundo y de esta universidad, su padre solo había donado dinero para el estadio de hockey, tengo claro que solo por eso era el capitán. —No hablo con idiotas—deje claro mientras miraba a mi tablet. Alexander se acomodó en mi asiento, y pasó su mano por mi pelo con cuidado. —Byrne, creo que hace tiempo que hemos dejado claro que no soy idiota—hablo y sin dudarlo quite su mano de mi asiento. —Mantén las distancias conmigo—le dije y sin dudarlo, agarre mis cosas y me moví dos asientos. —Eres demasiado aburrida—hablo Alexander acomodándose en su asiento. Entre a mis apuntes, en el momento exacto que el profesor entro en la casa, dejo sus cosas en la mesa y miro a la clase. —Vamos a empezar antes de que me arrepienta de haber venido aquí—hablo el profesor y comenzó a explicar cosas que tome todas lo más rápido que pude. En las clases nunca hacia apuntes, escribía todo lo que podía y luego tomaba el tiempo de hacer apuntes. —Bueno, por ello haréis un trabajo de investigación en parejas—hablo el profesor haciendo que dejara de escribir—Antes de que nadie haga preguntas, hago yo las parejas y esto vale un cuarenta por ciento de la nota, por lo que más os vale aplicaros, no quiero un trabajo menor a nueve páginas, quiero una investigación completa del autor que os toque y cuatro de sus obras—. El profesor saco una bolsa de terciopelo negra. —Aquí tengo el nombre de autores que he leído y tengo una crítica de sus obras, así me será más fácil juzgar lo que escribáis—hablo y le mire, era obvio que este profesor no se andaba con tonterías—No quiero que se crea que favorezca a algún alumno por el dinero que su padre invierte en la universidad así que el sorteo será aleatorio—dijo mientras miraba de reojo a Alexander. — ¿Las parejas también las haremos a sorteo para que sea más justo? —pregunto Alexander divertido mientras echaba su cuerpo hacia adelante, era enorme, ocupaba el asiento completo y debía estar de lo más incómodo, mi hermano era más pequeño comparado con él, por eso era centro, era esos jugadores que no debían meter goles y ser ligeros en el hielo, ser rápidos. —Las elegí según los resultados de su último trabajo—explico acomodándose sus gafas, el profesor Collins era un hombre de mediana edad, era mayor que mi madre pero amaría sentarse con ella a hablar, era bajito, con el pelo completamente blanco y arrugas pronunciadas, sus ojos eran marrones o eso recuerdo las pocas veces que estuve cerca de él, no fueron muchas, no necesitaba tutorías porque me mantenía estable con buenas notas en la asignatura—Puse a personas de niveles diferentes juntas, para equilibrar, pero esto no quiere decir que los que tengan medias más bajas deban dejar todo el trabajo a los de las notas más altas—. Suspire. Mire a la clase. Había dos posibilidades, que hubiera sacado una mala nota y eso implicara que me pusieran con alguien de notas buenas y el trabajo fuera sencillo o que mi trabajo sobre la importancia de las distopias en las autoras de ahora, hubiera sido genial y tuviera que ir con alguien de bajo rendimiento. —Diré los nombres, si no dijo vuestro nombre, venir a verme—hablo y esa última parte dejaba un claro mensaje: “no nombre, no trabajo aprobado” y este profesor echaba de clase a quien no aprobara los trabajos, al menos hasta que lo recuperaran—Hunter Hale con Ava Langford—dijo y vi como Ava, una chica de pelo castaño y gafas se llevaba las manos a la cara porque le toco con el portero del equipo de Hockey y amigo de Alexander que sonreía con orgullo, Hunter era amable, me gustaba Hunter, siempre bromeaba con mi hermano, no era desagradable como Alexander—Sterling con John Montgomerry—hablo haciendo gestos con las manos para señalar a los dos chicos, jugados de futbol americano y estudiante de postgrado, gran mezcla—Olivia Byrne—me llamo y le mire con ilusión—iras con Asher Ashford—hablo el profesor para mi alivio. Asher era un chico con el que podía lidiar, no lo conocía pero lo había visto, callado y siempre con tres libros en la mochila, no molestaba y siempre era un alumno promedio, era de Texas y le gustaban los animales, pero no lo suficiente para ser vegano o no usar cosas de piel. —Asher se ha desmatriculado de la clase—hablo alguien haciendo que todo el peso de las palabras del profesor volvieran a mí. —No entiendo porque no me comunican estas cosas—se quejó el profesor mirando su lista—Pues con Alexander Taylor—. Tuve que pestañear varias veces y aguantar con fuerza las ganas de gritar por escuchar ese nombre, note como el chico a varios asientos de mi sonrió con suficiencia, como si le encantara este absurdo plan que el destino había ideado para volverme loca. Espere con paciencia que mi profesor terminara de decir la lista de los nombres, mientras recogía mis cosas con el mayor cuidado y disimulo del mundo y al decir el último, como calcule, sonó el timbre. No espere a que Alexander se acercara a mí para decirme una de sus tonterías y me acerque al profesor. —Necesito que me cambie de pareja—dije haciendo que el hombre me mirara—Nunca le pido nada y no me quejo de los trabajos, pero le suplico que no me haga trabajar con Alexander—. —Juega en el equipo con tu hermano ¿Verdad? —me pregunto y asentí—No es complicado saber que Christopher es tu hermano, mismo apellido irlandés y misma cara—hablo y le mire porque estuviera desviando el tema—Por eso creo que no será complicado que trabajéis juntos, él no te molestara por honor a tu hermano y estoy segura que puedes lidiar con un jugador de hockey sin problema—hablo y le mire—Al final y al cabo vives con un hombre que ama el deporte—. Con cinco en realidad pero no era una respuesta que le iba a dar. —Mis decisiones sobre las parejas son definitivas, señorita Byrne—hablo mientras se marchaba del aula. —Creo que va siendo hora de que tenga tu número de teléfono— hablo Alexander detrás de mí, me gire y le mire con la mirada más asesina que pude, porque pretendía matarle con mis miradas—Ahora somos compañeros—. —Esto solo es una catástrofe del destino—deje claro—Y no pienso darte mi número de teléfono, te daré mi correo—hable mientras sacaba un block de notas y un bolígrafo de mi bolso. — ¿En qué época estamos? —me pregunto cruzándose de brazos. —No me importa lo que opines—deje claro y le mire—Puedes escribirme si quieres por paloma mensajera, pero mi número no te lo daré ni muerta—. —Lo puedo conseguir por mí mismo—hablo con tranquilidad. Escribí con rapidez mi correo en un papel y lo arranque para dárselo. —Pienso bloquearte como me envíes un solo mensaje, y denunciarte por acoso—avise y le mire—Mi tío es abogado—dije pensando en el padre de Laima, que si lo necesitara, vendría a ayudar sin pensarlo. Alexander solo miro la nota y sonrió. —Bolígrafo rosa, solo te falta el papel perfumado y serás completamente como en mis sueños—hablo. Apreté mi bolso. —Entiendo mis pesadillas, si estaba secuestrada en tus sueños—hable pero ya me había cansado de esa conversación por lo que decidí respirar hondo—Me escribes cuando tengas claro en que horarios puedes estudiar—dije antes de irme de ahí con demasiada rabia.
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