Capítulo 1

1853 Palabras
[“La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido" - Leonard Bernstein] La noche se presentaba como una sinfonía de gotas de lluvia, envolviendo el campus universitario en un manto de misterio y nostalgia. Aunque debería haber estado desierto, aquel lugar resonaba con la melodía de “Idea 10” de Alcocer desde la sala de música, una invitación casi etérea en medio de la tormenta. El joven, envuelto en la oscuridad de aquella noche tumultuosa, llevaba consigo el peso de la soledad y la tristeza en su corazón. Creía estar solo, enfrentándose a un torbellino de emociones. La sorpresa inicial al escuchar música en un momento tan inesperado fue cediendo ante una curiosidad intensa, casi febril. La melodía, con su belleza intrincada y a la vez sencilla, parecía entonar un lamento que resonaba en lo más profundo de su ser. Con cada nota que vibraba en su interior, la urgencia de conectar y de comprender quién podría estar tocando tal belleza en la soledad de la noche crecía dentro de él. Un enigma se desplegaba ante sus ojos, y la necesidad imperiosa de desentrañarlo lo empujaba hacia adelante. Con pasos rápidos y el anhelo del encuentro, tomó una respiración profunda, observó el cielo, dejando que la lluvia fresca limpiara sus dudas y, con determinación, se encaminó hacia la sala de música. Cada charco reflejaba las luces ondulantes de las farolas al ritmo de la melodía, como guiándolo en su camino. Al posar su mano sobre la textura fría y detallada de la puerta, el chico sintió cómo su corazón latía al compás de la música que se filtraba por la abertura. La madera tallada parecía cobrar vida bajo su tacto, contándole historias de incontables melodías y secretos susurrados en el silencio del recinto. Cuando estaba a punto de empujar la puerta para revelar el origen de aquel sonido mágico, una voz grave y firme lo sacudió: —¿A dónde cree que va? —preguntó, con un tono que no admitía réplica. El chico giró lentamente, encontrándose con la mirada intensa de un hombre maduro. Su imponente postura y mirada severa no dejaban lugar a dudas sobre su autoridad en aquel lugar. Vestía un traje oscuro que contrastaba con la palidez de su rostro, y en su mano sostenía un cuadernillo que parecía contener partituras y que indicaba su rol en aquel templo de la música. —Yo… yo solo quería escuchar —balbuceó, sintiendo cómo la música en su interior se apagaba ante la intensidad de aquellos ojos que lo escrutaban. —La música va más allá de ser solo escuchada; debe ser sentida, experimentada —contestó el hombre, cambiando su tono al percibir la verdadera pasión en la mirada y la voz temblorosa del joven. Dudoso y algo avergonzado por ser descubierto curioseando, el chico bajó la mirada y deslizó la mano por la puerta, decidido a irse hacia su dormitorio. El hombre levantó una ceja, se apartó, abrió la puerta y con un gesto lo invitó a entrar a la sala de música. Los ojos del joven brillaron con renovada alegría y aquella promesa de un encuentro misterioso latía con fuerza, esperando ser descubierta. La música llenaba cada rincón de la sala, la joven pianista era el foco de aquel universo sonoro. Sus dedos danzaban sobre las teclas con un refinamiento que no contradecía las horas de práctica y dedicación tras cada movimiento, como una danza etérea sobre el brillante y n***o piano de cola, ubicado justo en medio de la habitación. Ambos estaban cautivados por la escena que se revelaba ante ellos. El hombre, quien momentos antes había mostrado una fachada de severidad, no pudo contener una sonrisa al ver la expresión de asombro en el rostro del invitado. —Ella es Alba —murmuró, como si temiera romper el hechizo—. Una de nuestras estudiantes más prometedoras. Alba, ajena a las miradas que la seguían, parecía estar en un mundo aparte, uno donde solo existía la música y su piano. La melodía que interpretaba era compleja y emotiva. Su polerón verde lima, demasiado grande y tan fuera de lugar en aquel entorno, era un recordatorio de que la verdadera pasión no conoce de etiquetas ni formalismos. Finalmente, la pieza llegó a su fin y Alba se detuvo, dejando que el último acorde resonara en el silencio que se había formado. Percibiendo que no estaba sola, se giró hacia la puerta, y sus ojos parecieron encontrarse con los del chico. Por un momento, todo lo demás desapareció y, en ese instante compartido, se formó una conexión invisible entre ellos. El chico, aún bajo el hechizo de aquel contacto, notó algo que lo confundió: un bastón blanco apoyado estoicamente al lado del piano. Su ceño se frunció ligeramente, una sombra de duda cruzó su rostro. Miró al hombre a su lado, buscando alguna señal que le diera una pista, pero este parecía ajeno a su confusión. El hombre, con una sonrisa de orgullo, se acercó a Alba y la felicitó con entusiasmo. —¡Bravo, Alba! Cada día te superas —exclamó con una voz que resonaba en la sala aún impregnada de música. Alba se giró hacia él, su rostro estaba iluminado por una sonrisa genuina. —Gracias, profe. Lamento haberlo molestado, pensé que no habría nadie en el campus hoy y me dejé llevar… —respondió con humildad. —No es nada, Alba. Acabo de volver y, al entrar, reconocí que eras tú. Pero parece que no somos los únicos aquí. Alba abrió más los ojos y percibió otro perfume que no era solo el familiar de su profesor, el que reconocía sin dudar. —¿Hola? El chico observaba la escena, inmóvil en la puerta; su mente giraba en torno al bastón blanco. ¿Sería posible que Alba, con tal soltura y precisión en el piano, no pudiera ver? A pesar de que la idea le parecía absurda e inconcebible, la evidencia estaba allí, apoyada en el instrumento que la pelirroja controlaba con maestría. El hombre notó la mirada confusa del joven y se acercó a él. —Alba es una inspiración para todos nosotros —dijo suavemente, colocando una mano sobre el hombro del chico—. Ella nos demuestra que la música no está relacionada con la vista, sino con la percepción del alma. El joven asintió, su mente se abría hacia una comprensión diferente. La música, después de todo, era un lenguaje universal, uno que trascendía las barreras visuales y conectaba corazones. Con una nueva admiración por Alba, dio un paso adelante. Una mezcla de nerviosismo y asombro lo invadió, se quedó parado un instante con su nombre colgando en el aire entre ellos. —Hola. Soy Emiliano —dijo finalmente, y su voz era apenas un susurro. La indecisión lo asaltó; no sabía si era apropiado extender la mano o acercarse para darle un beso en la mejilla, gestos tan comunes que ahora parecían laberintos de complejidad. El hombre a su lado, el profesor Augusto, le ofreció una sonrisa tranquilizadora, una que decía sin palabras que no había una manera correcta o incorrecta en el saludo. Al notar el titubeo, Alba, con la gracia que solo la experiencia otorga, extendió su mano, encontrando la manga mojada de Emiliano. —Parece que la lluvia te encontró antes que la música —comentó con su voz teñida de una calidez que disipaba cualquier atisbo de frialdad. —Salí a caminar y la tormenta me agarró por sorpresa… —dijo e hizo una mueca graciosa que Alba no pudo ver, pero sí percibir—. Lamento haber interrumpido —se disculpó, mientras tomaba la mano que Alba deslizó desde su manga mojada hacia la suya, sintiendo la firmeza de su apretón. —Nada, no hay interrupciones acá, Emiliano, solo pausas bienvenidas —respondió con una sonrisa brillante y continuó—. Cada pausa es una oportunidad para volver a empezar, ¿no? —Emiliano asintió, inspirado por la sabiduría de sus palabras. —Es una hermosa forma de verlo —dijo, al tiempo que su inseguridad inicial se desvanecía como la lluvia en el exterior. El profesor los observaba con una amplia sonrisa y, con un gesto práctico y cotidiano, miró su reloj. —Es hora de cerrar la sala, chicos —anunció con un suspiro y una voz que llevaba el peso del día—. La música necesita su descanso, al igual que nosotros. Mientras hablaba, sus manos expertas encontraron el bastón de Alba y se lo entregaron con una familiaridad que hablaba de rutinas compartidas. Emiliano todavía batallaba con sus emociones; no podía apartar la mirada de Alba. La luz tenue de las lámparas de la sala le otorgaba un halo casi místico y, por un instante, deseó poder mirar a través de sus ojos, preguntándose si la belleza que ella percibía era la misma que él veía. Inmediatamente, y en un movimiento casi inconsciente, movió la cabeza tratando de deshacerse de esos pensamientos. —¿Ya han comido? —preguntó Augusto, interrumpiendo el silencio que se había formado. —No, yo no —respondió Emiliano—. La verdad es que no tengo hambre. En cambio, Alba soltó una risa que inundó la habitación, eliminando cualquier rastro de fatiga o incertidumbre. —¡Yo estoy muerta de hambre! —gritó con una energía interminable—. Voy a la cocina para calentarme algo. Emiliano vio a Alba dirigirse hacia la puerta con una confianza que él apenas lograba entender. —¿Querés venir conmigo? —preguntó ella, volteando hacia él con una gran sonrisa. El chico asintió, encontrando en la invitación una oportunidad para seguir descubriendo el mundo de Alba. —Claro, ¡me encantaría! —exclamó, y juntos, dejaron la sala de música, con sus secretos y melodías atrás. Augusto les ofreció un “buenas noches” cálido y sincero, su voz llevaba un tono de satisfacción, también por el día que terminaba. Se alejó por el pasillo, sus pasos resonaban con la dignidad de quien ha dedicado su vida a la docencia. La luz tenue del pasillo bañaba su figura, creando sombras suaves que se deslizaban por las paredes adornadas con retratos de maestros del pasado. Al dar algunos pasos más, antes de desaparecer tras la esquina, Augusto se detuvo un momento y se volvió para mirar a Emiliano y Alba. El golpeteo conocido del bastón resonaba en el pasillo junto con los murmullos de su conversación que, aunque inaudibles, eran un testimonio de la conexión que había nacido entre ellos. Una sonrisa se dibujó en su rostro, una sonrisa de quien sabe que la música ha tejido otra hebra en el tapiz de la vida. Con un último vistazo, Augusto continuó su camino hacia el ala de los dormitorios docentes. A pesar de ser un fin de semana festivo y de la calma que reinaba en la universidad, para él, cada sala y cada pasillo resonaban con las notas de posibilidades y sueños que se gestaban en sus aulas. La música nunca dormía; simplemente cerraba los ojos para soñar con el mañana.
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