LA MASACRE

972 Palabras
El silencio es lo primero que me mata. Luego, los gritos. Estoy en mi habitación cuando escucho el primer golpe en la puerta principal. No es un simple toque. Es un impacto que reverberan las paredes de nuestra casa como si el infierno estuviera pidiendo entrada. Mi corazón late acelerado mientras me levanto de la cama, descalza, envuelta en una bata de seda oscura que mi madre me regaló la semana pasada. —¿Lina? —grita la voz de mi madre desde el pasillo, asustada, ansiosa—. ¿Estás despierta? No tengo tiempo de responder. La puerta principal cede con un estruendo que me obliga a aferrarme al marco de mi habitación. Desde mi posición privilegiada en el segundo piso, veo las sombras. Veo los cuerpos. Veo el caos que comienza a gestarse como una bestia despertando. —¿Quiénes son ustedes? —grita mi padre con voz profunda llena de autoridad, pero también de miedo. Mi padre nunca tiene miedo. O al menos nunca lo demuestra. La respuesta es un sonido que no debería existir. Un gruñido primitivo que hiela la sangre en mis venas. No es completamente humano. Es algo más animal, más salvaje. Son lobos. Salgo corriendo hacia el pasillo, pero mi madre me intercepta, agarrándome por los hombros con una fuerza que no sabía que poseía. —Lina, no bajes. Quédate en tu habitación. Cierra la puerta. —Su voz tiembla, y eso es lo que realmente me asusta. Mi madre es fuerte. Mi madre nunca tiembla. —Mamá, ¿qué está pasando? —Confía en mí. Pero no puedo quedarme aquí. Vuelvo a mi habitación, cierro la puerta, pero no con llave. Nunca con llave. Siempre he sabido en algún lugar profundo de mi ser que las puertas cerradas con llave solo retrasan lo inevitable. Desde la ventana, la lluvia cae sobre el bosque oscuro que rodea nuestra casa. La tormenta que ha estado acercándose toda la noche ahora está aquí, completa, furiosa. Como si el cielo mismo supiera lo que está por ocurrir. Escucho el primer grito. Es mi tía. Después, mi abuelo. Luego, el silencio más terrible de todos. Mi mano temblando busca el teléfono. Números de emergencia. Mis dedos se congelan sobre la pantalla. Llamo. —La policía no viene aquí —murmuro sin saber de dónde viene esa certeza. El sonido de pasos en las escaleras me congela. No son los pasos calmados de mi padre. Estos son más rápidos, más violentos. Los pasos de alguien que busca. La puerta de mi habitación se abre de golpe. Durante un segundo, el terror absoluto me paraliza. Pero la persona que veo no es lo que espero. Es una mujer. Cabello n***o como la medianoche, ojos que cambian de color de manera imposible bajo la luz débil de mi lámpara. Su piel brilla con un sudor que no parece sudor. Parece lluvia. Parece magia. —¿Lina? —pregunta, y su voz es casi amable. Aterradora en su amabilidad. —¿Quién eres? —logro preguntar, retrocediendo hacia la ventana. —Mi nombre no te importará en unos minutos. —Se acerca un paso—. Lo que importa es que tu padre está en el bosque. Que tu madre... bueno, tu madre ya no importa. Eso es lo que me quiebra. Mi mano encuentra la lámpara en la mesita de noche, la lanzo. Ella la esquiva sin esfuerzo, como si supiera exactamente dónde estaría. —¿Eres rápida? —dice con una sonrisa que no toca sus ojos—. Interesante. Tu padre nunca mencionó que fueras rápida. Corro hacia la puerta, pero hay otro ahí. Un hombre. Más grande. Sus ojos son dorados bajo la luz. Completamente dorados. No humanos. —¿Adónde vas, pequeña? —su voz es profunda, burlona. Giro hacia la ventana. Está a tres metros. El jardín está abajo. La lluvia cae en torrentes. Sin pensarlo más, salto. El impacto me quita el aire de los pulmones. Aterrizo mal, me duele el tobillo, pero el adrenalina me mantiene en movimiento. Corro hacia el bosque, mis pies descalzos rasguñan contra las ramas caídas. Detrás de mí, oigo sus pasos. Pero ahora suenan diferentes. Más animales. Los escucho transformarse, sus huesos crujiendo, sus formas cambiando en algo más aterrador. No miro atrás. Corro hasta que mis pulmones arden. Corro hasta que no puedo más. Me dejo caer detrás de un árbol caído, respirando como si acabara de terminar la carrera de mi vida. Porque es exactamente lo que acaba de terminar. Mi vida anterior. Con los dedos temblando, me palpo el bolsillo del pijama. Ahí está. Un pequeño papel que mi padre me dio hace meses con instrucciones: "Si algo sucede, lee esto. Encontrarás lo que necesitas." Lo despliego con cuidado. Las palabras están cifradas, en código. Pero mientras mis ojos las recorren, una frase emerge clara entre la confusión: "Confía en quien menos lo esperes. Busca al alfa que todos temen. Su nombre es Christian." Miro hacia atrás, hacia nuestra casa. Las luces están apagadas ahora. Todo está oscuro. Y en la oscuridad, apenas visible, veo una figura de pie en la ventana de mi habitación. La mujer de cabello n***o. Nos observamos la una a la otra a través de la distancia y la lluvia. Ella levanta una mano, no como un saludo, sino como una advertencia. —Encontraremos a tu padre —grita, su voz corta el viento como si fuera un cuchillo—. Y cuando lo hagamos, vendremos por ti. Me giro y corro más profundamente en el bosque, el papel mojado aplastado contra mi pecho, el nombre de Christian ardiendo en mi mente como una promesa envenenada. Porque ahora sé algo con toda certeza: la masacre de mi familia no fue casual. Fue un mensaje. Y yo, de alguna manera, era el objetivo.
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