—No voy a dejar que te comas eso. —Pero tengo muchas ganas de comerlo. —Pero el doctor dijo que no podías excederte y ya llevas dos. —Lorenzo, por favor —sus ojos eran como los de un corderito perdido, en realidad me estaba manipulando y no podía negarle nada a su santa voluntad. —De acuerdo, pero si el doctor te regaña será tu culpa y de nadie más. —Lo prometo. Esa sonrisa picara, esa felicidad cuanto tomo el paquete de botanas entre sus manos y el placer en su rostro cuando mastico, me hizo sonreír. Esa mujer era como un torbellino de emociones y cada vez que estaba con ella, era como si el resto del mundo desapareciera. Como si nada a mi al rededor importara o simplemente fuese un vacío y solo estaba ella. Ya no pensaba en Marena, no como antes, aunque seguía visitando su tu

