— Pásame el agua. — A sus órdenes, señorita — recibo la botella voladora que me ha lanzado Jordan. Hace un calor asfixiante y lo máximo que podemos hacer, ya que no tenemos acceso a la playa, es ponernos en el balcón de mi casa con unas toallas y gafas de sol. Normalmente, en mi casa siempre hay gente, pero en verano se multiplica porque soy la única de mis amigos que tiene un balcón grande y donde da el sol de pleno. — ¡Qué bien se está! Sin hacer nada y pasándonos el día tomando el sol, esto sí que es vida — comenta Lara poniéndose boca arriba en la toalla. — Pues sí. Creo que me tendré que quedar a vivir aquí durante el verano — este va listo. — Sí, claro. Entonces, me pagáis un alquiler. — No, no — mi amigo me apunta con su dedo — Tú me lo debes. ¿O tengo que recordarte que tiene

