—¡Ya! —susurra David en mi oído, apresurando el paso—. Deja de pelear, que te traerá problemas. Grandes problemas. Rechino los dientes, evitando reírme. —¿Pelear? —le ataco—. Yo no estoy peleando. Sólo pongo en su lugar a la gente que me tiene harta. —¡Estúpida! —sigue retrucando desde la distancia Natasha—, vas a lamentar ésto. —Suéltame —digo al daddy—. Suéltame; me voy a comportar. Te lo juro. —Te voy a soltar cuándo lleguemos a la sala de estar —resuelve sereno, sin detener el andar. —¡Eso, cobarde, corre! ¡Corre y escóndete lo mejor que puedas! —grita victoriosa, la desquiciada ex de Niko—. Porque no habrá Henderson que te salve cuándo te encuentre. —Char —ruega Ámbar, sujetándome el codo—, no la escuches. Ya descargaste tu rabia; no te conviertas en una mujer de la que

