David mira a Michael apenas escucha mis palabras y se ríe con sorna. —¿Ésta que se cree? —le pregunta despectivo, y el abogado presente, completamente anonadado atina a negar con la cabeza—. ¡Todo lo que tiene es gracias a mí! —brama golpeándose el pecho como si de un reclamo territorial entre salvajes se tratara, lo que de buenas a primeras suponía una negociación—. Comida, ropa, estudio, coche y casa. ¡Todo gracias a mí! ¡Sin mí no era nadie! ¡No tenía nada! Sin mí, y sin mi contrato estaría muriéndose de hambre. Me repantigo en el asiento, e incrédula ante las frases venenosas que salen de su boca me mantengo en silencio. Analizo a detalle su cara destellando enojo, y disconformidad. Me concentro en observar ese par de ojos color caoba y me repito interiormente que no debo responder a

