KALI El pitido constante perfora mis oídos como si quisiera incrustarse en mi cabeza. El olor estéril de los desinfectantes inunda mis fosas nasales, y mi cuerpo reposa sobre una superficie que debería sentirse cómoda, pero no lo es. Un peso presiona mi pecho, mientras una mano, cálida y firme, sostiene la mía. Intento moverme, pero el dolor que sigue cada movimiento es tan agudo que apenas puedo reprimir un gemido. Los recuerdos caen sobre mí con la fuerza de una ola: el secuestro, el sacrificio que Call estaba dispuesto a hacer, el disparo, el desespero en los ojos de mi padre. Todo pasa frente a mis ojos en una secuencia rápida y dolorosa, como si estuviera reviviendo un sueño febril. Abro los ojos de golpe. —¡Ey! —una voz grave, rota por el cansancio, me devuelve a la realidad—. Tod

