Empezando nuestro viaje

1392 Palabras
A la mañana siguiente se levantaron cuando el sol empezaba a salir. Daniel ayudó a Katherine a cambiarse las vendas; después, ella se puso la ropa que él le había comprado el día anterior. La ropa le quedaba mejor de lo que creía. Desayunaron y empezaron a preparar las cosas que llevarían en el viaje. Daniel ya tenía casi todo cargado en el caballo, pero cuando estaban a punto de marchar se escuchó, a lo lejos, el sonido de unos cascos. Daniel le preguntó: —¿Sabes montar a caballo? Katherine había aprendido a montar cuando era solo una niña. Aunque hacía mucho tiempo que no lo hacía, se dijo a sí misma: «Supongo que esas cosas no se olvidan», así que respondió: —¡Sí...! Daniel la ayudó a subir y ella tomó las riendas del caballo. Él se acomodó detrás, se colocó a la espalda un carcaj lleno de flechas y empezó a preparar su arco para disparar al grupo de guardias que comenzaba a acercarse. Katherine hizo que el caballo fuera lo más rápido posible, pero la nieve no ayudaba mucho y no avanzaban tan deprisa como ella hubiera querido. Daniel disparó una flecha al guardia que tenía más cerca, derribándolo de su caballo. Los guardias empezaron a dispararles y una flecha pasó rozando la mejilla de Katherine. Daniel siguió disparando y derribó a otro de los que les habían atacado, pero los guardias los estaban alcanzando y Katherine sentía que el corazón le iba a salirse por la boca del miedo. Continuaron cabalgando hasta llegar a la orilla de un lago completamente congelado. Al verse rodeada y con una única salida —cruzar el lago—, Katherine no lo pensó dos veces y obligó al caballo a internarse en él. No sabía si el hielo aguantaría su peso, pero prefería morir huyendo antes que regresar a aquel infierno en el que había vivido el último mes, encerrada de manera miserable y esperando su muerte. Estaba completamente decidida a no volver jamás a ese lugar y se dijo a sí misma: «Si tengo que morir, seré yo quien escoja el lugar y la forma». El caballo se resistió un poco al principio, pero al final obedeció. Sorprendentemente, el hielo soportó su peso. Katherine lo apremió para que corriera lo más rápido posible. Daniel le gritaba: —¿ESTÁS LOCA? ¿QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO? Pero Katherine hizo caso omiso y siguió cabalgando hasta llegar al otro lado del lago. Los guardias, al ver que el hielo había resistido, se apresuraron a cruzarlo también. Entonces Daniel saltó del caballo como un gato, cayendo de pie. Tomó la espada que llevaba atada a la cintura y la clavó en el hielo varias veces, hasta que este se rompió. Los guardias cayeron al agua helada. Vieron cómo luchaban por salir, pero no se quedaron a observar. Daniel tomó de nuevo las riendas del caballo y se marcharon sin mirar atrás. Daniel se había quedado de piedra cuando Katherine obligó al caballo a cruzar el lago y, aunque su valor lo asombraba, sintió la necesidad de regañarla: —¿Estás loca? ¿En qué estabas pensando al cruzar el lago? Yo podría haberme encargado de esos guardias sin ningún problema. —¡Perdona si pongo en duda tus habilidades! —respondió ella—, pero no iba a quedarme mirando cómo luchabas tú solo. Si no les hubieras ganado, me habrían devuelto a ese maldito calabozo o me habrían cortado el cuello. Prefiero morir intentando escapar que ser atrapada de nuevo. —Sabes, para ser una princesa no te comportas como una. Cualquier princesa en tu situación se habría quedado quieta esperando a que la defendieran. —Pues lamento no ser la princesa típica que esperabas. Esperar a que otros me protegieran no me ha funcionado muy bien, así que esta vez prefiero luchar hasta mi último aliento. Daniel suspiró y se resignó ante sus palabras. —Eso me parece muy bien, porque si quieres sobrevivir en este mundo tendrás que aprender a defenderte sola. Pero no pongas tu vida en riesgo innecesariamente; siempre hay otra solución si lo piensas con cuidado. Katherine asintió. —No pienso volver a ser una damisela en apuros. De ahora en adelante forjaré mi propio camino y haré lo que sea necesario para sobrevivir. No esperaré a que la muerte venga a buscarme. —Haré todo lo posible para ayudarte —dijo Daniel—, pero no vuelvas a ponerte en peligro. Cabalgaron durante todo el día. Solo se detuvieron un rato para dar agua al caballo y comer unas manzanas y un poco de carne seca. Katherine no sabía dónde pasarían la noche; dudaba que pudieran quedarse en algún pueblo cercano, así que preguntó: —¿Dónde pasaremos la noche? —No podemos entrar en ninguna aldea; no es seguro. Lo mejor será quedarnos en los caminos. —¿Nos quedaremos toda la noche a la intemperie? —Cerca de aquí hay una cueva. Nos protegerá del frío. Al llegar al pie de una montaña con varias cuevas, Daniel los condujo a una que parecía más grande que las demás. No era muy profunda, pero serviría como refugio. Bajaron del caballo y empezaron a preparar el campamento. —Ve a buscar un poco de leña —dijo Daniel—. Yo intentaré encontrar algo para cenar, aunque no prometo nada. —¿No te preocupa que nos encuentren si encendemos una fogata? —No creo que nadie sea tan tonto como para venir por aquí de noche. Hay pantanos por todas partes; sería un suicidio. Y no te alejes mucho si no quieres morir. —Pues el camino no me pareció tan peligroso. —Eso es porque yo sé por dónde ir. —¿Y cómo estás tan seguro de que ellos no lo sabrán? —Deja de preocuparte tanto. Si nos encuentran, los mataré. Aunque dudes de mis habilidades, puedo encargarme de ellos sin problema. Ahora ve por la leña antes de que oscurezca. —Dudo que la leña mojada pueda encender. —De eso me encargo yo, su majestad. Katherine fue a buscar leña, algo molesta por el tono de Daniel. Tras encontrar suficiente, la llevó a la cueva y la dejó en el suelo. Dudaba que pudiera arder, pero no dijo nada y se sentó a esperar. Cuando Daniel regresó, ya era casi de noche y venía con las manos vacías. —¿No encontraste nada? —No. Al parecer, cenaremos sopa de patatas otra vez. —Aun así será mejor que la comida del calabozo. —Me alegra que no seas exigente. —He traído la leña, aunque dudo que puedas encenderla. Daniel preparó la fogata, derramó un líquido de una pequeña botella y, usando dos piedras, hizo chispas. Poco a poco la leña comenzó a humear hasta que prendió como si estuviera seca. —¿Qué es ese líquido? —Un aceite que compré a un mercader de Bratis. Es muy inflamable. —Me gustaría ir allí algún día. —Estás de suerte. Nos queda de paso. Cenaron el estofado de patatas y calentaron un trozo de pan al fuego. —Deberíamos dormir pronto —dijo Daniel—. Mañana partiremos al amanecer. Solo traje una manta, así que tendremos que compartirla. —No hace falta. Con la fogata tengo suficiente; úsala tú. —¿En serio? ¿Te incomoda compartirla conmigo? No te preocupes, no muerdo... a menos que me lo pidas. Daniel arqueó una ceja y sonrió con picardía. Katherine se sonrojó de inmediato. —Eres un... idiota —le gritó, enfadada, mientras se envolvía en su capa y le daba la espalda. —Solo bromeaba —rió él—. Me pareció adorable verte sonrojarte. —No le veo la gracia. —Es que me divierte lo inocente que eres. Daniel le pasó la manta. —Tómala. Yo haré guardia. —¿No dormirás? —Aún no es seguro. —Entonces yo haré la segunda guardia. Despiértame. —De acuerdo. Katherine se acomodó y pronto se quedó dormida. Horas después, Daniel la despertó para cambiar de turno. Mientras vigilaba, el rostro de Daniel, iluminado por las llamas, le pareció increíblemente hermoso. Se sorprendió imaginando cómo sería si él la besara. Sacudió la cabeza para apartar esos pensamientos. Al amanecer despertó a Daniel y continuaron su viaje.
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