El martes comenzó un poco más tranquilo que el día anterior. La escena de Shirley había provocado un estado de ánimo deprimido, ya que todas se preguntaban si Carmela la enviaría a casa. Durante el desayuno se sentaron más o menos en silencio, y sólo se oían algunas palabras apagadas de vez en cuando. —¿Por casualidad alguno de ustedes ha visto mi broche? —Preguntó Gema entre bocados—. Es un broche de oro, engastado con rubíes. Las chicas negaron con la cabeza. —Tal vez lo hayas extraviado. Si quieres, te ayudaré a buscar más tarde —ofreció Melly. —Es muy amable de tu parte. No es tan valioso, pero es una reliquia familiar y sería una pena que desapareciera. Como había hecho el día anterior, Carmela acabó por espantarlas y tomaron el autobús para ir al zoo. A Sophie le tocó un disfr

