15/03/2003

913 Palabras
Querido diario: Hoy ha sido un día de esos que se quedan grabados en la memoria, no por lo que pasa delante de todos, sino por lo que ocurre en los márgenes, en las rendijas que la gente mayor no sabe mirar. Mis padres me han dejado pasar la tarde en casa de Carolina para “estudiar”. Entrecomillo lo de estudiar porque, aunque llevamos los libros y los cuadernos, hace semanas que no logro concentrarme cuando estoy a solas con ella. Y ella tampoco. Lo sé porque hoy, nada más abrirme la puerta, me miró de esa forma que solo yo reconozco: un segundo más larga de lo normal, con una sonrisa que no le enseñaba a su madre, que estaba detrás asomándose a la entrada, sino a mí. —¡Qué bien que hayas venido! —dijo Carolina con voz alegre, de niña buena—. Así repasamos el examen de naturales. Su madre, mi tía Elena, nos sonrió desde la cocina con esa ternura que le sale del alma. —Me alegra mucho veros tan unidas. Las primas tienen que ser como hermanas —dijo, secándose las manos en un trapo—. Subid, subid, que yo os llevaré luego la merienda. “Como hermanas”. Eso dijo. Y tuve que morderme la lengua para no soltar una risa nerviosa. Carolina, en cambio, mantuvo el tipo perfectamente. Me cogió de la mano (el gesto más inocente del mundo para una madre) y me arrastró escaleras arriba. Una vez dentro de su habitación, con la puerta cerrada, pero sin pestillo (nunca con pestillo, porque sería sospechoso), el aire cambió. Durante los primeros diez minutos, de verdad intentamos estudiar. Carolina tenía el libro abierto por la página de los ecosistemas, y yo fingía leer sobre las relaciones entre especies mientras la veía por el rabillo del ojo. El pelo le caía sobre un lado de la cara, y movía los labios en silencio repasando conceptos. —No estás leyendo nada —dijo de repente, sin levantar la vista. —Sí que lo hago —mentí. —Mientes fatal. Llevas un minuto entero mirando la misma frase. Entonces, alzó los ojos y me sonrió. No fue la sonrisa de una prima buena, fue como la de aquella noche, la de la promesa, la que me parte el alma cada vez que la veo porque me recuerda que la quiero de una forma que no debería. —¿Has pensado en lo que hablamos el otro día? —me preguntó cerrando el libro con suavidad. Asentí sin decir nada. Habíamos hablado de todo, aunque sabía que se refería al tema de los novios. Ella tiene a uno desde enero, un chico del pueblo que se llama Iván y que es tan soso como un filete de pollo hervido. Yo, para no desentonar, empecé a salir hace tres semanas con Carlos, que es el típico chico que juega al fútbol y se cree interesante porque sabe contar chistes malos. Ambos nos sirven para lo mismo: para que nadie pregunte. Para que nuestras madres estén tranquilas. Para que en el instituto nadie mire dos veces hacia nosotras. —A Carlos le gustas mucho —dijo Carolina, con un tono que no sé si fue dado por los celos o simple constatación. —A Iván le gustas tú —respondí yo. —Iván me aburre. —Carlos da vergüenza ajena. Entonces, nos reímos por lo bajo, con la mano tapándonos la boca como cuando éramos pequeñas, y nos quedábamos despiertas incluso después de que nuestros padres apagaran la luz. Entonces pasó. Carolina se levantó de la silla y se sentó en el borde de la cama, justo a mi lado. No llegamos a tocarnos, pero estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su brazo sin necesidad de rozarlo. —¿Te acuerdas de lo que me prometiste? —susurró. —Todas las noches —musité yo. Y ahí estábamos, otra vez, con el secreto colgando entre las dos como una telaraña que ninguna se atreve a barrer. En la planta de abajo, su madre ponía la mesa para la merienda. En nuestros teléfonos, seguramente Carlos e Iván escribían mensajes sin importancia. Y nosotras, ahí, fingiendo que repasábamos naturales cuando en realidad lo único que repasábamos eran las ganas de volver a aquella noche. No pasó nada más. No podía pasar. Su madre podía subir en cualquier momento. Pero cuando Carolina apoyó su cabeza en mi hombro, aunque fuera solo un segundo, sentí que todo mi cuerpo se llenaba de algo parecido a la electricidad. —Deberíamos seguir estudiando —dijo ella sin moverse. —Deberíamos —confirmé yo también en estado de quietud. Con la tontería, no nos dimos cuenta de que mi tía había subido con un plato de galletas y dos zumos. Nos vio juntas en la cama, con los libros abiertos en páginas aleatorias, pero sólo sonrió. —Qué bonito es veros así —comentó—. El amor entre primas es algo muy especial. En ese momento, yo sonreí, y Carolina también, pues las dos sabíamos que mi tía no tenía ni la más remota idea de a qué tipo de amor se refería realmente. PD: Carlos me escribió un mensaje esta noche preguntándome que qué tal el estudio. Le dije que bien, que repasamos mucho. Mentira. Hablamos de todo menos de ecosistemas. Y, por primera vez en semanas, no me sentí vacía, aunque fuera sólo durante un rato.
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