Mi diario:
Ayer fue el día. No quise contártelo ayer debido a la agonía que estaba sintiendo. Aunque, tranquilo, aún lo recuerdo todo con una claridad que resulta dolorosa, como si no hubieran pasado ni cinco minutos de ello.
Habíamos quedado en su casa. Iván iba a pasar la tarde fuera, según me aseguró Carolina. “Va a ver a su madre, no volverá hasta la noche”. Y yo, sin pensarlo dos veces, fui con una cesta con frutas de mi huerta para “intercambiar algunas”, la misma excusa de siempre.
Cuando llegué, entré y allí estaba ella, esperándome en la cocina con el café recién hecho. Martina estaba en el colegio, y Mateo también, así que teníamos toda la tarde por delante.
No perdimos el tiempo. Nos besamos nada más cerrar la puerta de la calle. Luego seguimos besándonos en el pasillo, contra la pared. Parecíamos dos adolescentes hambrientas después de años de prohibición, en vez de dos adultas que se ven siempre que pueden. Y luego, sin dejar de besarnos, subimos las escaleras hacia el dormitorio.
No oímos la puerta de la calle, no oímos sus pasos, ni oímos nada hasta que la voz de Iván nos heló la sangre.
—¡¿Pero qué mierda es esta?!
Nos separamos inmediatamente, temblando de miedo, a la par que de excitación Allí estaba él, en el marco de la puerta del dormitorio, con la cara desencajada. No era horror lo que vi en sus ojos. No era incredulidad. Era rabia. Rabia pura, animal, de esas que no razonan.
—Iván, yo… —intentó decir Carolina, pero él levantó una mano y ella se calló.
—Cállate, maldita zorra —escupió—. Cállate o te mato.
Yo intenté moverme, intenté decir algo, pero él me agarró del brazo con una fuerza y una fiereza que me hicieron gritar.
—¡Tú! —me dijo, acercando su cara a la mía—. Sal de mi casa ahora mismo y no vuelvas a poner un pie aquí, o te juro que acabo contigo.
No hizo falta que me lo dijera dos veces. Cogí mi ropa y mis zapatos, y bajé las escaleras corriendo, tropezando con mis propios pies. Me vestí rápidamente en la entrada, y salí por la puerta sin mirar atrás. Desde la calle, oí algunos golpes. Y escuché gritos.
No voy a escribir lo que oí, pues no soy capaz de hacerlo. Solo diré que los alaridos de Carolina se convirtieron en llantos, y los llantos en gemidos, y los gemidos en silencio. Y yo, cobarde, me quedé allí, pegada a la fachada de su casa, llorando en silencio mientras él la golpeaba sin descanso ni piedad.
Pensé en llamar a la policía, pero mis dedos no respondían; estaba en shock. Y luego, cuando pensé en Mateo, en lo que pasaría si me implicaban, si mi padre se enteraba, si el pueblo entero sabía que su hija era la amante de Carolina, su propia prima, y que su marido la había descubierto, me eché para atrás. Así que me fui.
Me fui conduciendo con las manos temblorosas, llorando tanto que apenas veía la carretera. Llegué a mi casa, entré, y me encerré en el baño a vomitar mientras Javier, en su estudio, ignoraba lo que acababa de pasar.