Valentina La lluvia había dejado la ciudad con ese brillo sucio que Palermo fingía no tener, como si el asfalto también supiera mentir. Desde mi posición, dentro del auto estacionado a media cuadra del edificio, las luces de los faroles se estiraban sobre la calle como venas abiertas. Marco Ferraro entraba y salía de lugares distintos cada día, como si la paranoia fuera un hábito heredado, pero su patrón era claro: siempre volvía a su oficina antes de caer la noche, siempre revisaba dos veces el retrovisor, y siempre caminaba con la espalda recta, como si se negara a mostrarle debilidad incluso al aire. Lo vigilaba desde hacía horas. No porque me gustara, sino porque Gennaro había decidido que Marco era el siguiente paso, y yo necesitaba seguir con mi papel. Un aliado de Nicola er

