Vittoria Cuando dijeron que los iban a sacar primero, no discutí. Rocco fue quien lo anunció, intentando parecer firme, pero en su voz había una grieta que yo ya conocía. El que gritaba más fuerte siempre era el que dudaba más. Nino se limitó a asentir, y Sergio evitó mirarme. Yo levanté la cabeza y miré hacia donde estaban mis primos. —Quiero despedirme —dije. No lo pedí llorando. No lo pedí temblando. Lo dije como si fuera una regla lógica. Rocco bufó. —No es tu cumpleaños —respondió con impaciencia—. No puedes pedir nada. Nino lo miró de reojo. —Déjala —murmuró—. Son niños. Rocco dudó un segundo, y esa duda fue suficiente para mí. Se acercó, me tomó del brazo con brusquedad y me llevó hasta la puerta trasera donde Damiano, Augusto y Marcello estaban atados con bridas similares

