NARRA CAMILA
La náusea me pegó otra vez, pero esta vez no era por el bebé. Era por los nervios, por lo que estaba a punto de pasar. Adrián seguía ahí, todo tranquilo, Inmutable.
Tragué saliva, respiré hondo, y le di la mano al señor Montero. Firme, sin temblar. O al menos eso creí.
—Un gusto conocerlo, señor Montero —dije con una voz que sonó mucho más fuerte de lo que pretendía.
—Tome asiento, por favor. ¿Está bien?
Asentí, y me senté frente a ellos. Adrián volvió a su silla y Beltrán se acomodó a su lado.
—Sí, gracias por preguntar. Se agradece, sobre todo viniendo de usted.
—Siempre es un gusto apoyar a quienes están por dar el salto al éxito profesional —dijo Montero, con una sonrisa apenas visible.
Beltrán retomó el hilo de la conversación como si nada.
—Bueno, si les parece, seguimos donde quedamos ayer…
Pero Adrián lo interrumpió, con ese tono tan suyo, seguro, como si mandara en todo. Porque sí, lo hacía.
—Prefiero tomar la palabra ahora, si no te importa.
Iván le pasó una carpeta. Yo sentí que el estómago se me encogía.
—Cuentame sobre tus estudios. ¿Tienes experiencia en manejo de proyectos?
Me quedé en blanco. En serio. No me salía nada.
—Eh… bueno, sí. Fui líder de una campaña de marketing online —empecé, a lo torpe.
Los dos me miraban esperando más. Rebusqué rápido en mi cabeza.
—Era para un restaurante que venía medio flojo de clientes. Quería levantar las ventas.
Se miraron entre ellos. Me sudaban las palmas.
—¿Y funcionó?
—Sí. De hecho, subieron las ventas un 40% el mes siguiente.
Adrián asintió.
—¿Cuál dirías que es tu mayor debilidad?
—Trabajar demasiado —dije con una risita nerviosa. —Me frustra cuando los proyectos se atrasan. Me gusta que las cosas salgan a tiempo, aunque sé que a veces no depende de uno.
Él dejó los papeles sobre la mesa y se cruzó de brazos.
—En este rol hay que saber equilibrar: firmeza para liderar, pero también saber relajarse y reírse con el equipo, aunque todo se esté cayendo a pedazos. ¿Puedes con eso?
Tragué saliva otra vez. Vi cómo la comisura de su boca se levantaba apenas. Sabía que me estaba probando. Disfrutaba verme nerviosa.
—Sí, claro. Puedo con eso —dije con la cara seria. —Puedo darle referencias, si quiere.
Se paró sin más.
—No hace falta —dijo, caminando hacia la puerta para abrirla.
Me paré también. Mantuve la cabeza en alto aunque por dentro quería salir corriendo como una cobarde.
—Te avisaremos pronto, de un modo u otro.
—Gracias por la oportunidad, señor Montero, señor Beltrán.
No miré para atrás ni una sola vez mientras caminaba al ascensor. Si lo hacía, seguro me pondría peor.
Moví la cabeza como si así pudiera sacarme su imagen de encima. Me repetía que esta era la última vez que lo vería. Tenía que serlo.
Cuando subí al coche, me cayó la tristeza de golpe: ese trabajo no era mío. Y sin ese ingreso, el mes que viene estaría en la calle. Ni casa, ni cama, ni nada.
Me puse la mano sobre la panza. Juro que haría lo que fuera por este bebé. Lo que fuera. Si tenía que dejar la universidad, buscar un cuartito en renta con baño compartido o incluso bailar en un bar por dinero, lo haría. Pero mi hijo no iba a pasar hambre. Nunca.
Llegué al departamento y me puse de una a buscar trabajo otra vez. Si se podía algo tranquilo, en oficina, qué bien. Pero si no… ya vería cómo sobrevivir.
Entonces sonó el celular. Era Renata, escribiendo en el grupo con Vera:
—¿Cómo te fue?
Me quedé viendo la pantalla unos segundos, luego escribí, sin pensar demasiado:
—Ya sé quién es el papá del bebé… Adrián Montero. Aunque no lo creas.
El teléfono no tardó ni dos segundos en sonar. Era Renata, llamando en pánico.
—¡¿Adrián Montero?! —gritó como si se le fuera la vida en eso.
—Bájale, que me vas a dejar sorda —le dije.
—¡Pero es que es él! No me extraña que me sonara el nombre. Ese hombre salió en la portada de Forbes, Camila.
Silencio. Luego bajó el tono.
—¿Se lo dijiste?
Negué con la cabeza aunque no me viera.
—No. Y no pienso hacerlo, así que ni empieces.
Renata se puso seria. Su tono cambió al de abogada.
—Ni se me ocurriría. Ese tipo vale una fortuna. Y créeme, su familia debe tener protocolos listos para cuando una mujer dice que está embarazada de él. Podrían destruirte la vida sin despeinarse.
Me dio un vuelco el estómago. No había pensado en eso. Lo más probable era que no me creyera, o peor, que me demandara. Pero aun así, sentí alivio. Mejor no haber conseguido el puesto. Podía pasar el embarazo tranquila, sin que nadie me mirara raro.
—Igual, no creo volver a cruzármelo. No tengo dónde caerme muerta, pero hay peores cosas.
Renata se ablandó.
—Voy a ver si mi papá sabe de algo. No es que paguen mucho, pero algo es algo.
—Lo que sea, me sirve.
Nos quedamos calladas. La tensión se fue apagando.
—¿Quieres que me pase esta noche?
—No, estoy bien. Como siempre.
—Te quiero, Cami. Cuídate. El estrés no le hace bien al bebé.
Colgué y me dije que tenía razón. Así que me preparé un baño de espuma y me metí a relajarme.
El agua caliente, el aroma a canela… por fin sentí el cuerpo flojo.
Pero justo cuando ya estaba empezando a soltar todo, el celular volvió a sonar. Lo iba a silenciar, pensando que era Vera, pero vi un número desconocido.
Contesté con cautela.
—¿Bueno?
—Buenas tardes, ¿la señorita Reyes? Le habla Iván Beltrán, de Montero.
Ya sabía lo que venía. El rechazo. Y estaba lista. Mejor así.
—Queremos ofrecerle el puesto como directora de proyectos en el departamento de marketing.
Me quedé muda.
—¿Señorita Reyes?
Sacudí la cabeza.
—Sí, sí, perdón. Solo que no esperaba esto tan pronto.
—Nos impresionaron mucho sus trabajos. El salario inicial es de ochenta mil dólares anuales, con posibilidad de aumento cada seis meses.
Se me resbaló el teléfono. Por poco no cae a la tina, pero rebotó en el borde y fue a dar al suelo.
Vi los ojos de Adrián en mi mente. Ese salario… no podía decir que no.
Agarré el celular otra vez, la otra mano sobre mi panza.
—Claro que si, me gustaría unirme a su equipo de trabajo