Capítulo 18

4983 Palabras
Fue la primera vez que tuvo uno de sus arranques. La sensación era de quemazón en los dedos, tensión en los hombros y fuego cocinando sus tripas. La ira lo dominó, lo encegueció a tal extremo que sus manos apretaron al ser vivo y no pararon aunque sonara un débil pío y su hermoso canto iba disminuyendo. Katsuki presionó hasta sentir alivio, cuando abrió su mano por fin la sala quedó en silencio. Su alivio fue seguido por la angustia y el dolor. Vio el pájaro verde tieso y tuvo remordimientos. —Lo siento… Yo no quería… solo quería que se callara pero no pude detenerme —fue como confesó su crimen a su abuela mostrándole el cadáver en sus manos. La abuela lo agarró de la muñeca, con fuerza bruta lo arrastró por las escaleras hasta subir al ático y arrojarlo dentro. Katsuki suplicó entre sollozos qué se portaría bien y preguntó: "Dime que todavía me quieres?" La abuela con frialdad respondió "Dispénsame por no amar a una aberración". El estruendo de la puerta del ático azotandose lo regresó al presente como si fuera una bala disparada en la cien. Katsuki continuó solo en el campo, rodeado de la penumbra, tras su espalda en lo alto de la colina. Las luces de gas de la iglesia seguían encendidas tan distantes para bañarlo con su cálida luz. Los grillos sonaban alrededor grabando el cántico de ese canario, algunos mosquitos picaron sus brazos pero no lo sentía, ni siquiera percibía el olor de las uvas. Aún sus puños calientes temblaban por la agresividad y los nudillos ardían por la piel rota a causa de los puñetazos pero no quería sentir nada porque lo único que sentiría sería la culpa y el arrepentimiento seguido de impotencia qué lo llevaría a frustrarse y después a enojarse de nuevo. Katsuki sabía que no importaba qué quisiera ser un "buen niño" al final terminaría siendo una aberración como había dicho su abuela. —Tenías razón abuela, ¿quién podrá amar a alguien como yo? —Katsuki sintió los efectos placebos del alcohol y olvidó su soledad. El rubio miró al cielo oscuro buscando en vano a la luna en su fase de penumbra y pensó en aquel conejo de la luna de quien hablaba cuando estaba muy borracho. En aquel estado inconveniente creyó que un día subiría a la luna y cuando encontrara al conejo ya no estaría solo. Una de la mañana. Dormitorio. Después de darse una ducha, Katsuki se arrastró a su habitación. Era desafortunado qué una botella de chardonnay no lo emborrachaba, aún seguía en sus cincos sentidos, quizás con la lucidez disminuida pero el efecto no era tan significativo para olvidar de percibir sus emociones volubles, el escalofrío a la oscuridad y el profundo dolor de la soledad. . Era miserable, lo peor de no estar borracho era que estaba consciente de que todo era su culpa. Katsuki llegó a su habitación esperando encontrarse con la penumbra y el sofoco de la realidad. La realidad de que a nadie le importaban las "aberraciones" en este mundo y que su destino fatídico era ser abandonado. Por esa razón al abrir la puerta no esperaba ser recibido con una luz cálida y menos unos ojos verdes que lo esperaban. —Deku, ¿sigues despierto? —Katsuki se apoyó en la perilla de la puerta y lo contempló por un momento. Izuku vestía su pijama de rayas verdes, estaba sentado en su cama con un libro entre las manos, sus piernas se extendían a lo largo y su espalda se apoyaba en la cabecera. —Llegaste tarde —comentó Izuku con un tono dulce —Creí que habías ido al pueblo sin avisarme. Katsuki se mantuvo debajo del marco de la puerta y se preguntó por qué tanta preocupación. ¿Por qué le importaba tanto sus movimientos? ¿Un criado debería estar feliz por la ausencia de su amo y no al revés? Enseguida analizó su mirada para encontrar una razón coherente y notó que el tono de sus ojos verdes eran más bonitos de lo que creía. Su color no era verde pálido como la gente común, si no que era un verde esmeralda muy intenso que parecía engrandecer sus ojos. Al pasar los segundos, percibió lo fuerte de su mirada porque comenzó a cien en ella como si fuera una laguna profunda. Izuku sostenía la mirada sin temor al contacto con una "bestia". Sus ojos verdes temblaron ante el deseo. Katsuki se enfadó por su mirada que parecía atravesar su cráneo e Izuku continuó penetrandolo. Sus miradas se contemplaron un segundo más antes del parpadeo. Ambos mostraron sus defectos. Katsuki poseía la ira en sus ojos e Izuku la lujuria en los suyos. A ambos el cuerpo les hormigueaba con el pecado pero nadie dijo lo evidente, qué tenían una conexión intensa entre ellos como si se hubieran conocido desde siempre entonces parpadearon y sus miradas se distanciaron. —¿Me estabas esperando? —Katsuki preguntó amargo al pasar hacia el interior de la habitación, aunque él sabía que su criado por voluntad propia lo esperaba en el portón del viñedo en sus salidas, no sería raro que también esperará su llegada después de sus castigos. —No claro que no —Izuku nego con timidez, sin embargo sus ojos no perdieron a Katsuki en ningún momento. —Solo leía —dijo controlándose al ver como iba quitándose la camisa. La tela blanca subió dejando la vista de sus abdominales, luego mostró la curva de sus pectorales, sus pezones claros y por fin la tela se esfumó dejando a escasos centímetros el torso desnudo frente a él. El calor pintó las mejillas de Izuku. Katsuki se sentó en la cama y se quitó los zapatos arrojandolos en cualquier lado. Izuku presionó las orillas de la pasta dura de su libro para detener ese impulso de arrodillarse a besar esos pies, abrir esos muslos y meter su cabeza entre las piernas hasta alcanzar el bulto qué se le notaba en sus pantalones. Izuku presionó la boca y junto las piernas para apaciguar su lujuria, aun así no evitó imaginarse estar de rodillas frente a él mientras su boca se metía ese pene para chupar todos sus jugos con desesperación. Hace unas horas Shinso lo hizo pensar en la posibilidad de abandonarlo pero en cuanto vio a Katsuki entrar por la puerta se dio cuenta que era imposible. Quería verlo todos los días. Admirar su cuerpo como a pedazos de carne en un exhibidor, un día ver los músculos de sus brazos qué podrían ahorcarte, otro día perderse en sus poderosas piernas, el siguiente en su espalda ancha y su cintura estrecha, y al final soñar con el movimiento. de su pelvis empujando su pene dentro de suyo. Todo en Katsuki era erótico qué no podía dejar esa sensación de libido y regocijo. Por otro lado, Katsuki percibió como Izuku lo devoraba con la mirada que sintió esa penetración muy directa en su persona. Aquella mirada verde era animal que la malinterpretó como si lo estuviera desafiando en lugar de entender que le estaba rogando que lo hiciera suyo. Katsuki se irritó por su actitud rebelde y la ira volvió a pulsar su torrente sanguíneo. . Mientras tanto, Izuku con la lujuria dominando sus latidos, imaginó trepar por las piernas de Katsuki y empujarlo a la cama, tocar sus vistosos pectorales y mamar de su pecho. No importaba si tuviera que forcejear con el rubio, quería actuar como una hembra en celo, atraerlo con su aroma, besarlo en la boca, olfatear su cuello y conquistarlo por todas partes hasta hacer qué Katsuki depositará su semilla en su interior y saciar sus impulsos. reproductivos. Katsuki tuvo ganas de sacar lo último de su violencia contra su carne dulce, imaginó tirarlo al piso, subirse en él y abofetear sus mejillas hasta que sintiera placer de verlas rojas entonces seguiría con su cuello mordiéndolo, estirando su cabello y azotando su pequeño cuerpo contra. el piso hasta hacerlo llorar y sacar sus impulsos iracundos. La tensión entre ellos creció de manera insalubre. Pero en lugar de que ambos sucumbieron a las compulsiones que los carcomían, se detuvieron a pensar en una oración que a ambos les habían dicho y los identificaba: "Eres una aberración". Entonces ninguno se movió para cometer un crimen contra el otro. Se quedaron con la tensión palpitando sus cuerpos como si estuvieran encadenados a sus propios traumas, miedos y culpas. Ambos parecían niños castigados dentro de su propia habitación, sentados a la orilla de sus camas, mirándose frente a frente, en un silencio incómodo y sin nada que hacer. La lámpara de gas ilumina la belleza de sus rostros distintos. Katsuki con sus facciones filosas y finas. Izuku con sus facciones suaves y curvas. Las camas estaban separadas por un metro de distancia. Era tan poco el espacio que si uno decidiera dar unos cuantos pasos fuera de la cama estaría en los brazos del otro, quizás peleándose, revolcándose o matándose… — ¿Qué lees? El rubio oprimió su ira y tuvo la necesidad de romper ese silencio qué lo estaba incomodando. —Los miserables, Kacchan. Izuku respondió de inmediato, sintiendo que romper el silencio en lugar de disminuir la incomodidad solo la aumentaba. Katsuki se pasó una mano en el cabello, de nuevo apareció ese tic nervioso. Izuku observó sus nudillos rotos y presionó el libro de pastas negras con el título en letra dorada. —¿Estás bien? Tus manos se ven… —Lee —interrumpió Katsuki. No tenía ganas de hablar del incidente en el granero. Quería que su mente se despejará. — ¿Eh? ¿Qué dijiste? —Izuku pensó que había oído mal. Katsuki nunca había propuesto una actividad que pudiera compartir y sus latidos aumentaron. — ¿Quieres que lea en voz alta? ¿Qué yo lees para ti? ¿Quieres escucharme? —dijo sorprendido y nervioso. La tensión poco a poco disminuyó entre ellos al darse cuenta de su pésima habilidad de comunicación. —¡Lee, Deku! —ordenó impaciente. —Tal vez estás muy cansado, quizás deberías ir a dormir, Kacchan —Izuku se preocupó por su propuesta fuera de lugar, sobrepensó las cosas como siempre y trató de encontrar una explicación al asunto. Quizás Kacchan ha bebido de más y luego podría sentirse irritado sabiendo que hicimos algo juntos aunque él me propuso ser amigos esta mañana pero luego me trató como un patán, así que tal vez la propuesta fue un impulso y ahora se está forzando a ser amigable para no retractarse por puro orgullo, razón por la que podría enfadarse más pero… —¡Qué estás sordo, dije que leyeras! —Katsuki se desesperó, el hecho de que Izuku no obedeciera de inmediato solo lo avergonzaba más por su petición. ¿Estás seguro de que quieres que te lea? —Izuku volvió a repetir con esa dulzura qué Katsuki se sintió expuesto. -¡Si! ¡Quiero que me leas, Deku! ¡No lo hagas más raro! —Katsuki reprendió luego lo amenazó. —Lee o te voy abofetear. ¿Por qué tenías que preguntar otra vez, inútil? ¡Me obliga a gritarte! ¡¿Qué tienes en la cabeza para no entender lo que digo?! Izuku pensó en resistir y recibir ese bofetón seguramente terminaría con una erección pero se sacudió el erotismo de la cabeza y levantó el libro a la altura de su pecho y empezó a leer donde se quedó. —Una única idea dulce le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que no conocía su nombre pero conocía su alma, ¿Quién sabe si no pensaba en él, como él pensaba en ella? Algunas veces, en las horas inexplicables que tiene todo el corazón que ama, sin tener más que razones de dolor, y sintiendo no obstante un oscuro estremecimiento de alegría, se decía: «¡Son sus pensamientos que vienen a mí!» Luego añadía: «¡Tal vez mis pensamientos le llegan a ella! Katsuki miró interesado como la boca de Izuku se abría y cerraba mientras su melodiosa voz llenaba la habitación. Volvió a recordar el beso qué le había dado, el recuerdo ya era muy nítido y podía describir la sensación de su boca pegada a la suya, la humedad de su lengua y como al ser empujado por su criado se había quedado un puente de saliva como si su boca hubiera querido aferrarse a la dulzura. Saber que Izuku lo sabía y no le había mencionado le dio una razón clara para abofetear sus mejillas y dañar sus pecas, sin embargo, estaba agotado física y mentalmente. La ira, el remordimiento, la tristeza había un cúmulo de sentimientos intensos que no comprendía, lo único que entendía es que esos sentimientos lo hacían ser "malo" y no podía parar de lastimar a otros. Se acomodó en la cama y cerró los ojos. Permitió que la dulce voz de Izuku lo arrullara y entrará en su interior a apagar la ira qué lo devoraba como un monstruo. Por un momento se sintió acompañado y la calma lo abrazó. Por su parte, Izuku sintió miedo de equivocarse en la lectura, se concentró tanto que olvidó su lujuria y por un momento se sintió bien consigo mismo. No sentí dolor por la traición de Todoroki y menos se sintió desgraciado por ser un hombre que gustaba de otros hombres. La tensión se terminó y ambos se sintieron extrañamente cómodos. Sus pensamientos perturbados se convirtieron en transparentes. No había ningún mal deseo que pervirtiera aquel momento. Sin notarlo habían anulado el uno al otro sus compulsiones y dejaron un sentimiento cálido, pacífico y hermoso. Izuku leyó hasta que pasó una hora y sus párpados descendieron poco a poco hasta caer dormido con el libro en la mano. Katsuki al no escucharlo abrió sus ojos. Se acomodó para dormir hacía el lado que daba a la cama de Izuku y no pudo evitar contemplarlo. Izuku se quedó dormido con los pies fuera y el cuerpo semi sentado y echado hacia atrás. Katsuki lo siguió mirando hasta que chasqueó la boca porque no le gustaba la simetría qué tenía. Sin pensar en nada se levantó para arreglar el asunto. Primero le quitó el libro de las manos con cuidado para no despertarlo, después tomó sus pies y le desabrochó los zapatos. Entonces lo acomodó dentro de las cobijas con su cabeza sobre una almohada para que tuviera un buen sueño. El rubio no se percató de sus atenciones y como una lectura lo había hecho olvidarse de su día de mierda. De inmediato se acostó en su cama y respiró ese olor raro en la cobija pero no le dio importancia porque estaba agotada. Apagó la lámpara y cerró los ojos. La dulce voz de Izuku siguió resonando en su cerebro hasta llevarsela a los sueños… Cinco meses atrás... La mirada de Katsuki se mantuvo pérdida en dirección al jardín, el rojo de sus ojos con un matiz de muerto contemplado hacia abajo la vida de las copas de los árboles meciéndose, los arbustos susurrando y una bella pared de rosales blancos y rojos iluminados por faroles. de luz eléctrica. Se encontró de pie en el balcón del segundo piso de su mansión. Se veía como un príncipe olvidado, con el cuello abierto sin ninguna corbata y el frac n***o de botones dorados abierto en par y ondeando de manera salvaje; su cabello rubio se movía a la dirección que el viento guiara. Y sus codos se apoyan sobre la baranda de concreto blanca. Su aura era reflexiva. Hoy era su última noche libre. Mañana estaría en un reformatorio. No tenía muchas cosas que lamentar, había golpeado a ese militar azotando su cabeza contra una acera y debía cumplir su castigo. Creía que todo lo tenía claro no obstante al empezar la música alegre de piano, los choques de copas y las risas en el majestuoso salón del primer piso su cabeza se llena de protestas. Callado, sus párpados cayeron pesados y lúgubres, sus hombros se tensaron como siempre y sus labios se mantuvieron serios. Era 14 de febrero de 1890, aquella noche era fría, el césped había sido recién cortado por la servidumbre que nunca acostumbró a tener, los rosales rojos y blancos estaban a punto de abrirse, frescos y recién regados. Una pareja de luciérnagas comenzó a juguetear entre los rosales, volaban en círculos de arriba a abajo como una especie de cortejo, parecían pinceles de luz dorada que iban dibujando su amor a la vez que iban desapareciendo la oscuridad. Katsuki suspiro a esa cálida unión, el tono cereza de sus ojos se notó apagado como un bermellón. Su vista, en la cual no hallabas aura de rudeza estaba persiguiendo en vano a los insectos brillantes como si pudiera apoderarse de su luz para él mismo. Una ráfaga acarició con un ulular sus orejas a la vez que la algarabía del primer piso destruyó su silencio. —Hijos de puta —Katsuki susurró y sus uñas se clavaron en el balcón. Al contrario de la quietud del segundo piso, abajo en el primer piso había una fiesta, las lámparas de araña brillaban intensas a la par de la espuma del champagne y los dientes blancos de los asistentes que sonreían cada vez que Mitsuki y Masaru Bakugou se cruzaban. con ellos. Sus padres llevaban un año socializado en París y el salón siempre estaba lleno de visitas de otras familias aristócratas, de amistades extranjeras y de negocios. Personajes que Katsuki no le interesaba conocer y siempre se fugaba a cualquier lugar. La mansión de los Bakugou era color hueso, estilo barroco con diseños exagerados en la fachada, una fuente delantera y un jardín extenso. En el interior había un estudio, una gran biblioteca, cuartos de visitas bien decorados, un pasillo de retratos contando su descendencia noble, el comedor de caoba y un gran salón dorado para fiestas. Los Bakugou eran condes pero en la tercera república los títulos nobiliarios fueron prohibidos, ahora eran considerados unos millonarios de alta alcurnia y todos querían rodearse con Madame Mitsuki y Monseiur Masaru y disfrutar de sus historias exóticas de viajes aunque pocos conocían a su hijo. Luces, conversaciones, risas, el disfrute del alcohol y la compañía se llevaba a cabo con ardor mientras arriba Katsuki se encontraba como si fuera un hombre despreciable al que se le aparta. Esta era la segunda vez que vivía con sus padres. La primera había sido un bebé en brazos de su madre para después ser olvidado en la residencia de una abuela muy estricta con cuatro años. Aquella noche era la última en libertad por la mañana debía partir a Borgoña e ingresar al reformatorio como en su sentencia dictaba. Tenía la esperanza de que a sus padres les importaría su situación pero lo habían dejado toda su vida que esperar un poco de atención era pecar de ingenuo. En lugar de eso habían dado una fiesta siguiendo su ocupada agenda social. Katsuki continuó observando las luciérnagas y de nuevo suspendido más agotado. Sintió un hueco en su pecho. Hubiera deseado recordar que tenía un hogar cálido donde regresar, llevarse momentos que recordar, como esas veces donde te avergüenzas que tu madre te abrace, o pensar en olor de la hierba de aquel día en que tu padre te llevó de excursión. Pero nada de esos cliché existían, en sus recuerdos se hallaba un ático que olía a madera rancia, angosto, oscuro como un hoyo de rata. Katsuki contempló las luciérnagas que se coqueteaban entre sí para aparecer y tuvo ganas de buscar compañía, quiso bajar por el balcón con una cuerda, robar un carruaje para huir a algún bar, encontrar una señorita de doble moral a quien seducir, levantarle las enaguas y liberar su energía varonil sin embargo no logró ni siquiera idear su plan cuando su madre apareció por la puerta. —¡Apaga las luces y ve a dormir! —La condesa Mitsuki ordenó severa con las manos en la cadera —Mañana tu padre te llevara a Borgoña. Partirás al amanecer. —¿Iré con mi padre? —Katsuki miró al piso y respondió con respeto, en aquella época era impensable hablar de tú a los padres, no se decía mamá ni papá. — ¿Por qué no me lleva el chófer? ¿Qué es está arrepentido de atención de parte de ustedes? El chico que se veía como un príncipe olvidado hizo una mueca pero no le dirigió la mirada a la mujer y permaneció distante, de espaldas, afuera en el balcón contemplando las luciérnagas que por fin habían encontrado su pareja. Una parte de él, la más ingenua e infantil esperaba que dijera "Porque eres nuestro hijo y nos importas". La ilusión cayó muy pronto. — ¿Quieres que te lleve el chófer para que platique con las criadas que vas a estar en un reformatorio? —dijo la mujer rubia que había impuesto sus genes sobre su marido teniendo un hijo parecido a ella —No crees que cogerte a tu institutriz recién casada, pelear semi desnudo en las calles de París, deshonrar a un militar y salir en los periódicos es ¿Suficiente humillación y vergüenza para nuestra familia? Ahora también quieres estar en boca de los criados y que el chisme de tu encarcelamiento se extienda con nuestros conocidos. —¡Oh, discúlpame madre! Olvide que lo más importante en esta familia es la reputación —La mirada de Katsuki enfureció —Creó que lo único que de verdad te importa es que no hablen de ti como la peor madre de París. —¡Cualquier madre se avergonzaría de tu conducta! —regañó de nuevo y arrugó el ceño porque su hijo estaba de espaldas. —¡Y mírame cuando te habló, mocoso! La mujer vestida de escarlata, con una larga falda recta con un polisón que abultaba la tela por detrás dejando una figura de florero entró a su habitación, jaló duro el brazo de su hijo y lo giró para notar un ligero ceño fruncido. —Entiendelo es mejor que todos piensen que vas a un largo viaje en alguna provincia. No querrás que te señalen como un criminal cuando regreses. Katsuki chasqueó la boca y se soltó del agarré. —Esta es tu oportunidad de oro, ¿no es así, madre? —Su voz sonó venenosa ya la vez rota —Siempre has querido mantenerme lejos como si yo fuera esa basura que escondes debajo de la alfombra. Felicidades, no tienes que verme por un año. Katsuki se mordió el labio, no quería verse como alguien que se hacía la víctima, preferiría no mostrar su sensibilidad. Aceptaba que su mal comportamiento era su culpa; no quiso admitir que si llevaba una vida lujuriosa era solo para calmar la ira inexplicable en su interior, a veces ni disfrutaba el sexo como el placer de frotar los cuerpos y dejarse caer en el orgasmo. Era la dominación la cual disfrutaba, el dejar una marca en la piel de otro y provocar gemidos, sollozos y gritos que le reiteraba que no estaba solo en ese maldito mundo, que al menos una noche alguien pensaba en él. Y guarda su secreto. Su madre lo único que hubiera entendido es que era un pervertido sin compostura. —La abuela te jodió con su muerte ¿verdad? —continuo esta vez con desdén —Debio dolerte el útero el dejar tu vida exótica de viajes y fiestas para regresar por tu hijo al cual ni recordabas, vieja bruja... —¡Cállate! —La rubia dio un feroz bofetón y su mano se marcó roja en la blanca piel de su hijo. Katsuki sintió el ardor de la caricia de su madre y se preguntó si eso lo hacía sentir feliz o no. —¡No actúes como un idiota! —regañó la mujer y arrrugó su vestido de la indignación —Tu padre y yo te dimos todo, techo, lujos, educación, buena ropa, juguetes, todo lo que quisieras niño malcriado y así es como nos pagas. ¡Metiéndote con esa ramera de maestra manchando nuestro apellido! Katsuki se quedó callado pero la ira burbujeó su estómago. Sus dientes rechinaron y su ceño se marcó. ¿Por qué ella parecía una madre buena y sacrificada con sus argumentos de mierda y él un hijo malvado y malagradecido? Él se sintió como una botella rota de vino al que no conservan y tiran por defectuosa. Sabía que la gente no tenía hijos porque quería, era más una obligación del matrimonio y él solo era la tarea mal hecha de sus padres. —Te gusta que me vaya, ¿verdad? —dijo con un tono triste, era alguien tan voluble que sus emociones bajaban y subían sin control, presionó sus nudillos y miró fijamente el piso dejando que sus mechones rubios y afilados ocultaran la pena en sus ojos —Eres asquerosamente rica pudiste sobornar al juez para que me dejara libre, evitar esa cárcel y permanecer junto a ustedes pero no lo hiciste. No lo pensaste ni un segundo, le dijiste al juez que haría lo más conveniente. Y te deshiciste de mí sin pelear. Preferiste enviarme a esa estúpida cárcel con tanta frialdad que yo... —Katsuki se calló. Sus emociones se removía en su pecho y percibió un escalofrío. —Creo que sería más simple decir que no me quieres. La rubia no negó ni afirmó sus palabras. Simplemente alisó su vestido escarlata y se acomodó el tocado de su cabello. —No es una cárcel es un reformatorio, Katsuki. —rectificó con algo de indiferencia. Katsuki la miró. Su madre en el exterior tenía un perfil bonito, suave y elegante, con su vestido conservador casi parecía una buena madre como dictaba la sociedad pero su trato distaba mucho de su imagen. —Tal vez una mano dura es lo que necesitas. —comentó Mitsuki al ir cerrando su puerta —Espero que te endereces y regresas como un caballero cuando eso pase entonces hablaremos. La puerta se cerró tranquila y solo quedo el fastidioso ruido ahogado de la fiesta y el choque de las copas llenas de champagne. Katsuki bajó el rostro de nuevo, sus ojos rojos ocultos por su flequillo rubio empezaron a brillar por las lágrimas trabadas pero en lugar de soltar su tristeza la guardó. La ira sustituyó sus sentimientos de dolor y provocó rechinar los dientes y ardió en sus manos. El corazón reconoció que si mañana moría a nadie le lloraría. Estaba completamente solo. La ira sopló su fuego en su interior y explotó. Con un grito contenido en la garganta empezó a arrojar las sillas, lámparas, cuadros, floreros, libros y todo lo que pudo lanzar contra el papel tapiz color rojo hasta desgarrarlo de la pared. Sus rabietas fueron ahogadas por la música de piano en el salón mientras Katsuki sentía como las yemas de sus dedos se quemaban con destrozarlo todo. Las ráfagas violentas lo dominaron y tuvieron deseos de bajar a la fiesta y voltear el piano y arruinar la diversión. Antes de enloquecer abrió un cajón donde escondía su precioso chardonnay y se empinó la botella entera. El liquido amarillento de sabor a uvas claras pasó por su garganta y resbaló por las comisuras hasta chorrear en su camisa blanca. Cuando se la acabó tomó otra botella y cayó de espaldas a su cama con hipo y unas mejillas sonrojadas por el alcohol y bebió hasta que sus sentidos se entumecieron. Al amanecer partió al reformatorio con una terrible resaca. Desde su carruaje vio como la ciudad de las luces desaparecía hasta también abandonarlo. Los campos verdes empezaron a aparecer, el rubio se recargó en la ventana y con el dolor de la resaca siguió observando las uvas colorear su nuevo mundo como una pintura engañosa. El carruaje paró. —Vaya que hermosa vista de los viñedos ¿No te parece hijo? —Habló su padre acomodándose los anteojos y abriendo la puerta del carruaje —creo que te envidió un poco, pasar un año en el campo hace bien a la salud y va ser muy tranquilizador para tu peculiar carácter. Katsuki suspir con fastidio, su padre era tan distraído y parecía vivir en una burbuja que al final su bienestar le importaba muy poco. —Maldita sea, no voy a un campamento de verano, padre. ¡Es una jodida cárcel! Katsuki bajó de manera brusca y una mirada ofuscada, su padre lo despidió ingenuo con un ademán como si lo hubiera dejado en un resort. Katsuki al cruzar el gran portón de hierro del reformatorio y leer la placa soldada en ambas puertas: "Hay salvación en el arrepentimiento". Decidió intentar enderezarse como su madre había dicho pero desde los primeros momentos supo que ese lugar era un mundo podrido y abono para aflorar su compulsivo estado mental. El guarda que registraba a los reclusos buscando drogas lo hizo apoyar sus manos en la pared. Estando desnudo gruñó cuando el guardia poniéndose detrás de manera dominante apretó sus caderas y bajó su mano lenta por sus glúteos para ingresar dos dedos con otras intenciones. —Gatito tienes un cuerpo de muerte —le susurró en la oreja. Katsuki chasqueó la boca y ladeó la cabeza para alejarse con una expresión asesina. —Voy a cagarte los dedos si no los sacas ahora, maldito marica —amenazó como un villano y recibió un azote contra la pared logrando que el guardia se detuviera. —Creete el macho si quieres pero igual terminarás violado aquí adentro —dijo rencoroso. —Gracias por el aviso, sodoma —Katsuki se burló sarcástico y no le quedó alternativa que tirar por la borda el querer enderezarse.
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