Lía:
Era jueves tranquilo por la noche y me encontraba sola, acostada en mi cómodo sillón mientras veía una historia de Bridgertone. A pesar de que Adrien no vivía conmigo, si pasaba aquí un 80% de las veces, pero ahora se encontraba con el resto del grupo en una discoteca. Clarisa, Magda, Erick, Adrien y yo nos dedicabámos al mismo mundo, unos con más regularidad que otros, pero nos conocíamos porque los cinco éramos sugar babys. Los amaba a todos, pero era la que menos convivía y asistía a los planes, me gustaba más estar sola.
Suspiré pesadamente al mirar atenta la escena de la reina Charlotte con el rey George.
—¡George, me interpondré entre los cielos y la tierra; yo te diré donde estás! Pero dime si me amas.
—¡Sí, te amo! Desde el mo...
Las palabras del rey se quebraron denotando el mar de emociones que reinaban en su corazón.
—Desde que te vi a punto de saltar el muro. Te amo desesperadamente, no puedo respirar cuando no estás. Te amo Charlotte; mi corazón dice tu nombre.
Rápidamente limpíe una lágrima que se había escapado por la emoción, definitivamente amaba los romances de época y una parte de mi corazón seguía creyendo en aquellos amores, tan intensos como los libros.
No creía en los "felices por siempre" más bien me aferraba a historias como la de la reina Charlotte y el rey George... Amarse a pesar de las dificultades y circunstancias. Seguía creyendo en el amor, por la manera en la que yo amaba a los que me rodeaban. Sabía que si yo lo sentía, los demás también podían.
El resto de la noche me la pasé terminando por tercer ocasión aquella mini serie que se había robado mi corazón; aventé la orilla de pizza al plato vacío que estaba frente a mí y me recargué en el respaldo suave de mi sillón. La ventana se encontraba semiabierta, dejando entrar el frío otoñal, envolviéndome en un ambiente totalmente acogedor que me arrullaba al ritmo del viento y poco a poco fui cerrando los ojos dejándome caer a los dominios de Morfeo.
Mi teléfono comenzó a vibrar como loco debajo de mí, haciéndome despertar al instante. Con dificultad tenté por toda la superficie blanda, buscando mi móvil, pero sin éxito, hasta que lo saqué debajo de mí, lo estaba aplastando.
Cerré los ojos enseguida pues el brillo me deslumbró al instante, era un número sin registrar y desconocido.
Dude un poco en contestar pero finalmente lo hice.
—¿Sí, hola?— hablé dudosa, con voz adormilada.
¿Quién demonios marcaba a esta hora?
—Hola, preciosa.
Mis ojos se abrieron de par en par, al reconocer al instante su voz.
—¿Señor Cantori que es lo que quiere?— pregunté rápidamente.
Mi oración se había escuchado mucho más agresiva de lo que había previsto.—¿De dónde sacó mi número?
—¿Siempre tienes que ser tan maleducada?—gruñó molesto.— Si pudiera, créeme que ya te hubiera dado un par de nalgadas en ese precioso culo tuyo para que aprendas buenos modales.
Un pequeño escalofrío me recorrió la nuca al imaginarme aquel escenario.
Un escenario tan excitante, sucio y sobre todo prohibido.
—Si soy sincera, no creo que sea correcto que haga ese tipo de comentarios, ¿A caso yo tengo que recordarle el compromiso con su esposa?— volví a insistir nerviosa.—¿Cuál es el motivo de su llamada a esta hora tan imprudente?
Por un segundo deseé que no hubiera un impedimento para explorar nuestra piel, deseé con todo el corazón que me tomara como él quisiera. Aunque fueran solo deseos, la simple idea comenzaba a quemarme desde dentro.
—Estoy jodido, Lía... Sumamente jodido.—rio nuevamente.
Su voz a pesar de ser igual de profunda, se hallaba algo torpe y juguetona delatando que estaba borracho.
Alessandro río amargamente y casi pude visualizarlo negando con la cabeza.
No sabía qué decirle o como actuar, apenas y éramos conocidos. ¿Cómo actuar como su amiga cuando nuestra incipiente relación era tan tensa?
Estaba estática escuchando su respiración fuerte al otro lado.
—¿Está borracho? No debe de conducir en ese estado, es sumamente peligroso para usted y los demás.— lo regañé sin saber que otra cosa decirle.
—Toda la razón preciosa, no sé ni cómo llegué aquí contigo.— habló arrastrando las palabras .—Solo puse la primer dirección y ya no fui pero me regresó aquí.
No podía entenderle bien, su cerebro no lograba conectar las palabras por lo que no se expresaba de manera correcta.
—¿Dónde se encuentra?— cuestione temerosa de conocer la respuesta.
Definitivamente no se encontraba aquí. No podía.
—¿Dónde te acabo de decir que estoy, boba? Ábreme que me estoy congelando.
Esa oración fue suficiente para hacerme entrar en pánico. Me levanté rápidamente del sillón y me asomé por la ventana ya abierta, pude divisar la camioneta que me había dejado por la tarde, estaba estacionada enfrente de mi casa.
Estaba aquí, Alessandro estaba borracho afuera de mi casa a las 2 am.
¿De verdad pensaba que lo dejaría pasar como si fuéramos dos viejos amigos que hacen pijamada?
—No, no lo puedo dejar pasar.— expresé de manera seria.
—¿Por qué no? Tú misma me dijiste que no puedo conducir borracho ¿Quieres que arriesgue mi vida? Eres una niña mala, mala y grosera.— artículo de manera dramática
Rodé los ojos ante su argumento, me estaba manipulando.
—No se preocupe, puedo pedirle un taxi si es lo que necesita.— dije con el argumento que me daría la victoria.
Mi yo interior me dio una palmadita en la espalda por mi astucia. No quería dejarlo pasar porque no sabía lo podría suceder, estaba borracho y fuera de juicio.
—Por favor... No quiero lidiar con mi esposa y Russell ahora, solo dame asilo esta noche, no quiero pasarla solo.— su voz se escuchaba entrecortada.
¿Problemas en el paraíso con su esposa?
Alessandro no parecía ser un hombre con problemas de bebida, parecía más bien alguien que ahogaba sus penas con el peor amigo, el alcohol.
Mi corazón se estrujó un poco compadeciéndose con él.
—Además me debes un favor y pienso cobrármelo justo ahora.— expresó juguetonamente.
Hice una mueca extrañada.
—No sé en qué momento me hizo un favor.— respondí sincera sin poder recordar a lo que se refería.
—Te defendí del cabrón del restaurante, eso fue un favor.
—Para empezar eso siquiera fue un favor, no le pedí ayuda. Y en segunda, aunque lo hubiera hecho; justo de eso se tratan los favores, de hacer una buena acción desinteresadamente.
No, definitivamente no lo dejaría pasar. Aún borracho y tratando de ser "amigable" conservaba sus delirios de grandeza y que todo giraba en torno a él.
—Sigue sin decirme de dónde sacó mi número.— insistí cambiando de tema.
—Corazón, soy uno de los hombres más poderosos del continente ¿Crees que algo tan sencillo como tu número de teléfono es difícil de rastrear para mí? Non prendermi per il culo (no me jodas)
—¡Oh, marcire, Cantori!
(¡Oh, pudrete, Cantori!)
—Joder.— lo escuché susurrar por lo bajo.—Maldición, maldición, maldición.
—¿Qué sucede?— pregunté.
—Deje las llaves en mi saco.
—Y eso es... ¿Malo?
—Considerando que mi saco está adentro de mi camioneta que está cerrada con seguro, si Lía, es malo.
Golpeé mi frente con la palma de mi mano. Esto me parecía demasiado "conveniente" para ser verdad, aunque no quisiera lidiar con esto ahora, tampoco quería ser una desalmada mujer que lo deja borracho a su suerte en la calle, tampoco lo delataría con su amigo, pues no quería molestar a un hombre mayor a altas horas de la madrugada y solo para preocuparlo.
Perfecto, Lía... Ahora lidiarás con un problema que no es tuyo.
Puse los ojos en blanco para mí misma tratando de calmar mi subconsciente.
Hazle este favor, seguramente él haría lo mismo por ti si la situación fuera al revés.
¡Ja! Todos sabíamos que esa suposición era una vil mentira.
Terminé la llamada y lancé el teléfono al sillón, ahogué un gritito de frustración.
Estaba borracho, obviamente yo no cedería a nada y esperaba de corazón que él no intentara nada, o habría definitivamente muchos problemas.
Quería que la tensión que era palpable entre nosotros desde que nos conocimos fuera solo imaginación mía, que incluso los pequeños roses que habían ocurrido en la tarde solo fueran invención mía, porque si realmente esa tención existía ahora, sería un ambiente demasiado incómodo y difícil de controlar.
Bajé rápidamente por las escaleras, mis pies estaban descalzos haciéndome sentir la fría madera a cada paso que daba.
Me acerqué a la puerta de madera y tomé una gran bocanada de aire antes de abrirla. El frío de madruga se coló por mi hogar rápidamente, haciendo mi cuerpo temblar.
Alessandro estaba recargado en el pilar de la entrada, tenía el mismo traje con el que lo había visto por la tarde pero sin su saco, su ropa estaba desacomodada y su camisa blanca desfajada, tenía cuatro botones abiertos dejando al descubierto su pecho desnudo cubierto por una ligera capa de bello, haciéndolo ver solamente mucho más atractivo; bajo su clavícula tenía un tatuaje de caligrafía con la palabra "Cloud".
Me sorprendí un poco, no creí que fuera un hombre de tatuajes aunque se le veía realmente bien, le daba un toque peligroso.
Su mirada, aunque algo perdida, seguía siendo tan intensa como siempre, a lo que le devolví el contacto visual. Miré lentamente hacia arriba, pudiendo dar ese "toque de inocencia" que tanto le molestaba.
—Buenas noches, Lía.— contestó casi gruñendo.
—"Noches" no es la palabra correcta.— dije negando con la cabeza mientras reía, dejando las miraditas atrás.
Dejó de sostenerse del pilar y se tambaleó al instante. No podía ni sostenerse a él mismo.
—Pase, o nos congelaremos aquí mismo.— hablé haciéndome a un lado, para dejarlo pasar.
Lía, de esto probablemente te arrepentirás en la mañana...
Aunque no tanto como él, cuando se despierte en tu casa. Reí para mí misma y cachete a mi subconsciente, ese era problema de mañana.
¿Qué tenía que hacer, llevarlo a dormir, a la sala para platicar?
¿Qué demonios teníamos que hacer?
Abajo se encontraba el comedor, la cocina, la sala principal y un baño completo de visitas. En el piso de arriba dos habitaciones, una enorme sala "personal" que era donde yo estaba casi siempre, y finalmente el ático que me servía de estudio. La casa era realmente grande para mí sola, sino por decir eso enorme.
—Le daría un tour, pero no creo que esté en condiciones.— reí sin saber que más decirle, me sentía incómoda, fuera de lugar en mi propia casa.—¿Necesita algo?
—Muero de hambre, necesito, necesito comer.— dijo golpeando su cuerpo levemente contra la pared al recargarse de manera brusca.
Pasé su brazo por mis hombros para que se sostuviera y tuviera más soporte.
—Vamos a la cocina entonces.— contesté regalándole una sonrisa, que devolvió distraído.
Debido a la cercanía, su rostro estaba a centímetros del mío, dejándome observar sus oscuros ojos que reflejaban sus oscuros pensamientos. El aroma a colonia varonil con alcohol se mezclaba haciéndome sentir mareada.
—Eres tan jodidamente pequeñita.— habló riendo mientras que con su mano libre dio un pequeño toque en mi nariz haciendo que la arrugara.
—No soy muy "pequeñita", solo usted mide un metro con noventa y tantos.— dije riendo mientras caminábamos con dirección a la cocina.
Era un poco difícil dirigirlo debido a la diferencia de tamaño, pero gracias a Dios no se encontraba completamente fuera de sí, por lo que él cargaba con casi todo su peso. Yo le servía más de guía.
Me alegraba que no estuviera en una actitud difícil de tratar, esperaba por el bien de ambos que se mantuviera así de tranquilo.
Chocamos en distintas ocasiones porque Alessandro no iba atento al camino, solo estaba embobado viéndome mientras susurraba palabras como "hermosa", "divina" "la mujer más jodidamente caliente que jamás vi". Ignoré todos y cada uno de sus piropos, sabía que sobrio es algo que jamás diría. Parecía completamente embelesado a mí.
Esto en el fondo me gustaba.
Con mucho trabajo lo senté en uno de los taburetes blancos de la cocina.
—No se caiga por favor.— pedí soltándolo.
Al verificar que se podía mantener solo me alejé de él.
Lo había sentado frente a la estufa para poder mantenerlo vigilado en todo momento. La enorme mesa de mármol se situaba en medio de la cocina y consistía en una parrilla de inducción eléctrica de cinco quemadores en una esquina, al centro un florero vacío y el resto de la isla estaba libre para comer o preparar alimentos. Había escogido este diseño porque así podías mantener una conversación frente a frente con la otra persona mientras cocinabas. Era realmente cómodo.
Me acerqué a la alacena y saqué dos paquetes de ramen instantáneo.
—Disculpe el cliché de la comida pero no se me ocurre que cocinar a estás horas.— dije mientras ponía el agua a hervir para cocinar la pasta.
—Eres guapa, sexy y eres graciosa ¿Cuál es tu maldito defecto, Lía? Además de tus modales, claro.— habló en voz alta recargando su frente en la fría mesa, como buscando alivio.—Oh, yo sé cuál es.— habló conestándose así mismo.
—¿Cuál?— pregunté ansiosa de conocer la respuesta.
—Tu puto trabajo, es tan horrible que seas prostituta.
Iba con lo mismo una y otra vez. No sabía por qué se aferraba a la idea de que era prostituta, era consiente que mi trabajo no era lo más normal ni moral, pero tampoco era prostituta. Y aunque así fuera, no sería su problema ni tendría que importarle.
—No soy prostituta, nunca me acuesto ni me he acostado con mis clientes.— aclaré siendo lo más paciente que podía, no quería pelear con un borracho.—Que le digo, una de las ventajas de ser bonita es que los hombres pagan miles de dólares para que salgas con ellos y que crean que tienen un mínimo chance contigo.
Alessandro mordió sus carnosos labios mirándome de arriba a abajo.
—Y yo sé cuál es su defecto, señor Cantori.
—¿Así?— preguntó alzando una ceja mientras me tomó desprevenida y su mano atravesó la isla hasta mi lado y acarició mi mano, sus manos eran rasposas como las de cualquier buen hombre, lo que me volvió a sorprender ¿Qué tipo de trabajo podía hacer para tener esa textura en las manos? El tacto no me molestaba por lo que lo deje seguir un poco más.
Puse mis palmas sobre la mesa e hice la cabeza y el torso hacia adelante, acortando un poco la distancia de la barra que nos separaba.
—Su defecto es su increíble bipolaridad. La primera vez que nos vimos fue porque me secuestro en su oficina, me insulta, pide consejos, vuelve a insultarme sin poder dejar de decirme prostituta, me muestra interés y ahora aparece borracho en mi casa a las 2 de la mañana pidiendo refugio ¿Qué es lo que pretende?
Lo miraba fijamente, tratando de captar todos sus gestos y grabarlos en mi memoria, buscar algún indicio sobre lo que pensaba y realmente no me importaba aprovecharme de su estado para sacarle toda la información posible respecto a lo que su mente maquinaba sobre mí.
—Dulzura cuando digo que eres una jodida maleducada, lo pienso de verdad. No soporto como actúas de manera tan altanera e irrespetuosa conmigo, como disfrutas el llevarme la contraría...
Su mirada era más oscura y profunda que antes, su respiración se había tornado ligeramente más rápida.
Y tenía toda la razón, me gustaba sacarlo de sus casillas, ver la frustración en su mirada al ver qué no hacía lo que quería y no podía hacer nada al respecto.
—Juegas conmigo porque mientras me retas, tus miradas lujuriosas gritan que me deseas, mientras actúas de manera descarada y coqueta puedo ver tus ojos burlones atentos a cada pequeña reacción que tengo. Cuando digo que te quiero follar, créeme que lo deseo con cada maldita célula que hay en mi cuerpo.
Mi boca se abrió levemente con su pequeña revelación, sabía que era el alcohol hablando por el, pese a eso cada palabra que salía de sus labios resonaba en mi mente y causaba estragos en mi cuerpo.
¿Por qué los más dulces pecados son aquellos que conllevan más penitencia?
¿Por qué tenía que ser casado?
—Te odio, Lía... Y quiero desquitar ese insistente odio follándote aquí y ahora.
Con la yema de su dedo pulgar acaricio mis labios mientras me veía a los ojos provocándome un escalofrío.
No lo digas, no lo digas, no lo digas.
—También lo odio, Señor.— dije en un hilo de voz, sintiendo como la emoción recorría mi cuerpo al mil por hora.
Acaricié su mano que seguía sobre mi rostro. —Lástima que ese odio se mantendrá en lo profundo de nuestros corazones.— aparté su mano con un manotazo, mientras reía juguetona.
No lo hacía para burlarme, más bien para liberal la tención que existía en el ambiente. No quería que por la mañana fuera tan incómodo.
Por más que deseara a Alessandro no me convertiría en la tercera en su relación , me negaba a ser ese tipo de mujer; además de que estaba borracho e inconsciente de sus acciones. Jamás haría algo así.
Me atrevía a jugar con mis palabras de aquel modo porque conocía bien mis límites y el hecho de que mañana probablemente no se acordaría de la mitad de mis palabras me hacía sentir mucho más osada.
—Ascoltami bene, Lía (escúchame bien, Lía) Te prometo que en algún momento te tendré abajo de mi cuerpo rogando por más, sentirás como cada centímetro de tu piel arderá rogando por mi atención y créeme que pasará, nunca rompo mis promesas.
La seriedad y decisión con la que sus palabras habían sido expulsadas me habían hecho ahogar un gemido; mi mente proyectaba cualquier escenario obsceno en el que estuviéramos involucrados los dos, necesitaba con urgencia cambiar de tema o explotaría.
—Y yo le prometo que este ramen le encantará.— dije rápidamente observando que el agua ya estaba empezando a hervir.
Bajé del banco de un salto y tomé un trapo para no quemarme al tomar la pequeña olla con agua.
—Jamás he comido de eso.— hizo una mueca viendo el envase de unicel en el que venía empaquetado.
—Es picante y caliente, le ayudará con su borrachera. Esto es lo que comemos Adrien y yo después de una noche de fiesta.
—Tú también eres caliente, podrías ayudarme a bajarme la borrachera.
Ignoré su comentario mientras servía con cuidado el agua sobre la pasta para que se cociera.
— ¿Cuál fue la última promesa que hizo señor? Además de la de ahorita.— indagué.
Dijo que sus promesas no las rompía y si era cierto, no podía ir por ahí prometiendo cualquier cosa.
—Le prometí a Margaret que no la volvería a tocar.— soltó seco apretando su mano en un puño.
Pare todos mis movimientos y lo observé atentamente ¿No volver a tocar a su esposa? De ahí radicaba su estado.
—¿Y por eso pelearon, porque no quiere tener más intimidad con ella?—tape nuevamente la comida y me senté frente a él esperando que me contase lo que había pasado.
Me sentía como una maldita chismosa pero la curiosidad me mataba.
—Peleamos porque trató de que la embarazara aun sabiendo que no quiero hijos, me emborrachó para que no me diera cuenta de que había roto los putos condones. Es una asquerosa traicionera.— en su voz ceño se veía reflejado el repudio con el que escupía cada palabra.
Yo palidecí al escuchar sus palabras ¿Que tipo de mujer era capaz de hacer algo así? Obligar a tu pareja a hacer algo que no quieres y emborracharlo para lograr tu cometido era algo sumamente vil y repudiable. Guardé silencio un par de segundos tratando de no decir nada que alimentara el odio que ya habitaba en su alma.
—Es algo simplemente horrible e inmoral, lamento que esté pasando por una situación así de grave.— dije acercando el vaso de unicel hacia él.—Usted está en todo el derecho de sentirse enojado y sobre todo traicionado.— pensé un poco antes de seguir.—Pero deje salir ese dolor que siente de manera más sana, ahorita está bien que quiera ahogar sus penas con el alcohol... ¿No le gusta dónde se encuentra ahora? Convierta su dolor en un impulso para avanzar.
Me sonrió de manera tierna y asintió con la cabeza.
—Gracias por recibirme, Lía. No sé qué es lo que estaría haciendo si no hubiera venido aquí.
—Yo tampoco lo sé, pero coma, ponerse borracho con el estómago vacío es una pésima idea.
Dije extendiéndole un par de palillos chinos de metal. Quitó la tapa plástica y comenzó a prácticamente devorar su comida sin cuidado de quemarse.
¿Quién era Alessandro realmente? Entre más convivía con él, en lugar de obtener respuestas tenía más dudas. Su actitud era sumamente volátil y me obligaba a cambiar de emociones tan rápido como él lo hacía.
A pesar de su inmenso poder económico, sentía que bajo esa fachada de hombre recto de alta sociedad había un hombre reprimido.
—¿Y qué piensa hacer para solucionar esto?— pregunté inclinando el contenedor a mis labios, tomando caldillo, sintiendo el delicioso picor atravesando mi garganta.
—No puedo dejarlo pasar como un simple error, voy a divorciarme.— sentenció de manera segura.—Claro que no puedo hacerlo hasta después de mi aniversario, ahí se rompe nuestro pacto matrimonial.