Siento una mano sobre mi hombro y me sobresalto en el acto. Me giro y mi mirada recae sobre el hombre de los ojos más hermosos que haya visto en toda mi vida. —Kansas —susurro; y sin tan siquiera pensarlo, me lanzo a sus brazos. Él me recibe y me aprieta fuerte contra su cuerpo mientras que lo único que yo atino a hacer es llorar. Me quedo aferrada por un buen rato con mi cabeza sobre su pecho, al tiempo en que sus manos acarician mi espalda y mis cabellos. —Ya no sé qué hacer. Te juro que ya no sé qué hacer —confieso entre lágrimas, cual niña triste; y siento su pecho expandirse y contraerse mientras suelta una pesada respiración. —Tranquila… —musita sobre mi oído; y eso me hace llorar más— yo estoy aquí…, contigo… —Kansas… —Para lo que necesites… —Solo necesito que me sigas abraza

