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Punto de vista de Alice
El sol del atardecer se hundía como una herida abierta sobre el jardín de la mansión, tiñendo el cielo de un naranja sucio que hacía que las palmeras parecieran venas expuestas, listas para sangrar. El aire caldeaba todo, pegajoso y traicionero, y yo salía de la piscina con el bikini rojo ajustándose a mi piel mojada como una segunda piel caprichosa —gotas resbalando por mi espalda, cabello rubio dorado pegado en mechones desordenados sobre los hombros—, dejando un rastro húmedo en el mármol caliente de la terraza trasera.
El agua había sido un respiro falso, fresca al principio, pero ahora solo un recordatorio de lo jodida que estaba: el mensaje anónimo aún quemándome el bolsillo del pareo ("La serpiente muerde cerca"), Cristina y Rebeca arriba cambiando para irse, y esa sombra constante —Dere— que me picaba bajo la piel como una espina que no podía sacar.
Caminé descalza hacia la entrada de la cocina, los pies chapoteando contra el piso, el calor del día royéndome los nervios. Necesitaba helado, algo frío para apagar este fuego interno, antes de que explotara en otro berrinche malcriado.
La cocina era un santuario de acero inoxidable y granito n***o, iluminada por luces LED que zumbaban como moscas enfurecidas. El olor a risotto de setas de la tarde aún flotaba como un fantasma —terroso, cremoso, con un toque de parmesano que me revolvió el estómago vacío—.
Abrí la nevera con un tirón brusco, el frío escapando en una nube que me erizó la piel húmeda. Estiré la mano hacia el sorbete de frutas tropicales —mango, piña, maracuyá, envuelto en ese cartón lujoso que gritaba “Salvaterra”—. Justo cuando iba a cerrarla, una sombra imponente se proyectó sobre el mostrador.
Dere estaba sentado en la isla central como si fuera el rey del puto lugar, con un plato con restos de almuerzo frente a él —carne a la parrilla con verduras asadas que Rosa había dejado—, tenedor en mano y esa calma de estatua que me sacaba de quicio. La luz del atardecer lo bañaba por la ventana, resaltando cada músculo tenso bajo la camiseta negra. Los tatuajes serpenteaban por su brazo como promesas de violencia contenida —esa jodida serpiente que coincidía con el mensaje, con los atacantes, con todo este infierno.
Levanté la vista, el mal genio malcriado estallando como soda agitada, arrogancia pura en mi voz mientras daba un paso adelante, mentón en alto como si el espacio fuera mío y él una intrusión.
—¿Tú aquí? ¿En serio, grandote? ¿No se supone que deberías estar afuera, vigilando como el perro fiel que eres? O mejor, ¿por qué carajo no te ocupas de algo útil en lugar de sentarte a devorar como si esta mansión fuera tu comedor de barrio? ¿O es que proteger a la “princesa” te da hambre de tanto mirarme el culo desde lejos?
Dere no movió un músculo. Mantuvo la postura erguida, rígida como el granito del mostrador, los ojos oscuros fijos en mí sin parpadear, esa arrogancia militar grabada en los huesos, invencible como la academia lo había forjado. Siguió masticando lento, el tenedor pinchando un último trozo de carne como si mis palabras fueran brisa inofensiva. Cuando habló, su voz salió grave y ronca, fría como el sorbete en mi mano.
—¿Interrumpir tu búsqueda de dulces, Salvaterra? Qué honor. No, no vigilo desde “lejos”. Estoy donde hace falta, y si eso incluye comer para no desmayarme protegiendo tu ego inflado, lo hago. ¿Problema? Porque si es por el mensaje de esta mañana, ya lo pasé a Marco; él rastrea el burner. Tú, en cambio, pareces lista para derretirte —literal y figurado. ¿Helado para enfriar ese mal genio, o solo para fingir que no estás temblando?
Fruncí el ceño. El agua goteaba de mi cabello formando charcos en el piso, sorpresa mezclándose con irritación pura. No estaba acostumbrada a que un simple guardaespaldas me leyera así, como si mi corona fuera de cartón mojado.
Di otro paso, invadiendo su espacio con el cartón del sorbete en mano, mi voz elevándose en ese tono caprichoso y desafiante que siempre doblaba voluntades, pero que con él solo rebotaba como balas en blindaje.
—¿Temblando? ¡Ja! Mira quién habla, el muro andante con un tatuaje de serpiente que coincide con las amenazas. ¿Crees que no lo noté? “La serpiente muerde cerca”. ¿Coincidencia, soldado? ¿O es que tu “protección” es solo una excusa para acechar? No soy una niñita para tus chequeos de mierda. Soy Alice Salvaterra. Y si piensas que tu placa militar me impresiona, estás más perdido que Moncada en las deudas de papá. ¿Qué carajo sabes tú que no me dices? ¿O solo estás aquí para comer y mirarme como si fuera un problema que hay que resolver?
Dere dejó el tenedor con un clink metálico contra el plato, limpiándose la boca con el dorso de la mano —movimiento casual pero con esa economía felina que gritaba control absoluto—. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos sin un ápice de intimidación. Su voz ronca salió cortante como una hoja afilada.
—“Problema que hay que resolver”. Qué poético, princesa. Sí, coincido: la serpiente es un símbolo viejo, deudas de tu viejo que se pudren desde hace años, Moncada oliendo como el principal culpable. ¿Mi tatuaje? Es de una misión en el desierto, no una firma de traidor. ¿Dudas de mí? Bien, duda; me da igual. Pero no te equivoques: estoy aquí para protegerte, no para lamerte las botas ni para que me pinches con tu lengua viperina. Si eso significa interrumpir tu almuerzo dulce o vigilarte mientras sales de la piscina como una sirena enfurecida, lo hago sin pestañear. ¿Quieres verdad? Pregúntale a tu padre cuando vuelva de China; él sabe más de serpientes que yo. ¿O prefieres seguir salpicando veneno para sentirte superior?
El silencio cayó pesado, roto solo por el zumbido de la nevera y el tic-tac distante de un reloj en el pasillo. La tensión era espesa, como el aire caldeado. La piel se me erizó no por frío, sino por esa forma en que me desafiaba sin tocarme, como si viera a través de mi arrogancia hasta el miedo crudo debajo.
Por un segundo quise ceder, gritar que tenía razón, que el mensaje me aterrorizaba y su calma me irritaba porque era todo lo que yo no tenía. Pero el mal genio malcriado ganó.
Abrí el sorbete con un crujido plástico, cucharada lista como arma.
—¿Superior? ¡Mírame, Dere! Estoy en mi casa, mojada de mi piscina, y tú eres el intruso comiendo mis sobras. ¿Protegerme? Joder, si supieras lo que es crecer en esta jaula dorada, con papá controlando cada paso y enemigos como Moncada acechando por sus deudas sucias… No necesito tu “verdad” militar; necesito espacio, no un mastín babeante que me dice qué sentir. ¿Y si el mensaje es para mí? ¿Y si la serpiente soy yo por ser la hija del cabrón que los jodió? ¡Dime algo útil o lárgate y déjame comer en paz!
Dere se levantó lento, plato en mano. Dejó el cubierto en el fregadero con un clang que resonó como un desafío. Su complexión imponente llenó la cocina. La chaqueta gris colgaba del hombro, los tatuajes asomando como secretos que me picaban la curiosidad.
No se acercó, pero su voz bajó un tono —autoritaria sin gritar, arrogancia intacta.
—¿Quieres útil? Bien. El mensaje es burner. Marco lo rastrea a un proxy en Europa. Moncada tiene dedos allá, deudas con rusos que no perdonan. No eres la serpiente; eres el cebo. Y si no dejas de provocarme, te uso como distracción para que muerdan primero. ¿Tu padre? Él sabe, pero no suelta porque te protege… como yo. ¿Odias esto? Únete al club; he perdido hermanos por menos. Pero no me pinches más o te juro que te cargo al hombro y te encierro hasta que aprendas. ¿Órdenes, princesa? ¿O sigues con tu helado y finges que no tiemblas?
El sorbete se derritió en mi lengua —dulce, ácido, un contraste jodido con el amargo que me subía—, pero no cedí. Lo señalé con la cuchara goteante.
—¡Temblar! Qué gracioso, soldado. Cárgame si te atreves; veremos si tu “invencible” aguanta mis uñas. Y no me llames princesa. Soy Alice, la que te hace sudar sin tocarte. Lárgate, Dere; ve a vigilar el portón o lo que sea que hagan los muros andantes como tú. Pero si la serpiente muerde… asegúrate de que no sea por tu culpa.
Él soltó una risa baja, ronca —no humor, solo reconocimiento fugaz de la batalla—. Agarró su chaqueta y salió por la puerta trasera sin mirar atrás, su sombra alargándose en el atardecer que caía como un velo pesado.
Me quedé sola, el sorbete derritiéndose en el plato, el corazón latiendo como un tambor de guerra —frustración pura, curiosidad traicionera y esa irritación que no se iba, como si su calma me hubiera robado el aire.
El sol se ocultaba ya, tiñendo la cocina de rojos oscuros, y supe que la calma era solo un engaño. Las serpientes no duermen en la mansión Salvaterra.