**Punto de vista de Alice**
El vuelo a Río fue un puto infierno de horas eternas, pero yo iba tan emocionada que ni el jet lag me jodía. Miraba por la ventanilla del avión privado y veía las luces de la ciudad allá abajo como un mar de estrellas caídas, Copacabana brillando como si me estuviera esperando con los brazos abiertos. Por primera vez en meses sentía que respiraba de verdad: pasarelas, flashes, diseñadores besándome el culo… esto era lo mío, carajo. Lo que siempre quise. Pero tenía un problema pegado al asiento de atrás: Dere. El cabrón iba callado, brazos cruzados, mirando por su ventanilla como si el mundo le debiera algo. Ni una palabra en todo el vuelo. Ni un “¿estás cómoda, princesa?” Nada. Solo esa cara de piedra que me ponía los nervios de punta y el coño inquieto.
Llegamos al hotel en Ipanema y el calor me pegó como una cachetada húmeda. El lobby era puro lujo brasileño: mármol, palmeras, gente guapa hablando portuñol y mirándome como si ya supieran quién era. Yo con mi maleta Louis Vuitton y mi actitud de “aquí mando yo”, y Dere atrás con su mochila negra militar, camiseta ajustada marcando cada puto músculo y esa cara de “no me jodan” que hacía que hasta los botones se apartaran.
Subimos a la suite —dos habitaciones conectadas, porque papá no iba a arriesgarse— y yo tiré el bolso en la cama king size, abrí las cortinas y miré la playa desde el balcón. Dere revisó cada rincón como si esperara una bomba, abrió el minibar, chequeó el baño, todo en silencio.
Yo me crucé de brazos, vestidito corto blanco pegado al cuerpo por el sudor del viaje, y lo miré fijo.
— ¿Vas a quedarte ahí parado todo el día como un poste tatuado o qué, Dere? ¿O ahora también revisas mis tangas para ver si traigo explosivos?
Él cerró la puerta del baño con un clic seco y me miró por primera vez en horas, esos ojos oscuros que me taladraban como si me vieran desnuda.
— Reviso lo que haga falta, Alice. Tu papá paga por eso. Si te molesta, llama y dile que me despida. Pero mientras estés aquí, yo decido qué es seguro y qué no.
Me acerqué dos pasos, tacones resonando en el mármol, y le clavé el dedo en el pecho —duro como piedra, el muy hijo de puta.
— ¿Tú decides? ¿En serio? Mira, soldado, aquí la que decide soy yo. Tú solo sigues órdenes como perrito fiel. Así que relájate un poco, ¿no? Estamos en Río, carajo, no en una zona de guerra. O ¿tienes miedo de que una brasileña te robe el corazón o qué?
Él agarró mi dedo sin apretar, pero con fuerza suficiente para que sintiera su calor, y lo bajó despacio, voz ronca y peligrosa.
— No tengo miedo de brasileñas, Alice. Tengo miedo de que tu ego te meta en un lío que no pueda sacarte. Y créeme, si tengo que cargarte al hombro y sacarte de una fiesta llena de idiotas, lo hago. Con o sin tu permiso.
Solté una risa amarga, pero el pulso se me aceleró como una loca.
— ¿Cargarme al hombro? ¿Tú? ¿Con este vestido? Inténtalo, grandote. A ver si aguantas mis uñas en esa cara de mala leche.
Él soltó mi dedo, pero no se alejó. Se quedó ahí, tan cerca que sentí su aliento en mi cara.
— Tus uñas no me asustan, princesa. Lo que me jode es verte jugar a la intocable cuando los dos sabemos que te mueres porque te toque de una puta vez.
Me quedé helada un segundo, el coño palpitándome como si me hubiera dado una cachetada directa ahí. Pero el orgullo malcriado ganó.
— ¿Tocarme? ¿Tú? Sigue soñando, Dere. Tú eres el que mira. El que se queda afuera mientras otros entran. Así que sigue con tu show de “soy invencible” y déjame hacer mi vida.
Él sonrió por primera vez —una sonrisa torcida, oscura, que me dejó sin aire.
— Tu vida… claro. Pero cuando te canses de jugar con niños ricos y quieras un hombre de verdad, avísame. Estaré en la habitación de al lado. Con la puerta abierta.
Y se fue al cuarto contiguo, dejando la puerta entreabierta como una puta invitación.
La pasarela fue un sueño hecho realidad. Luces, flashes, música que retumbaba en el pecho. Caminé con un vestido de Alta Costura que me hacía sentir diosa, caderas moviéndose al ritmo, mirada desafiante. Pero cada vez que giraba, lo veía: Dere en la primera fila de seguridad, brazos cruzados, ojos fijos en mí como si fuera la única mujer en el mundo. Y joder, me gustó.
Al terminar, bajé del escenario sudada, con la adrenalina a tope, y lo encontré esperándome en el pasillo de camerinos.
— ¿Bien? ¿O crees que debería quedarme más tiempo haciendo esto para impresionar a alguien? —le solté, voz cargada de arrogancia, acercándome tanto que casi lo toco.
Él me miró de arriba abajo, lento, como si me estuviera follando con los ojos.
— Impresionaste, Alice. Pero no a los idiotas de allá afuera. A mí. Y eso es peligroso.
Sonreí, coqueta y malcriada.
— ¿Peligroso? Uy, qué miedo, soldado. ¿Y qué vas a hacer al respecto?
Él se acercó un paso, voz bajita para que solo yo oyera.
— Nada… todavía. Porque tengo órdenes. Pero cuando se me acaben las órdenes, princesa… te juro que no vas a caminar derecho en una semana.
Y se alejó, dejándome jadeando en el pasillo, el coño mojado y la cabeza hecha mierda.
De vuelta en el hotel, me tiré en la cama en bata, mirando el techo. Dere estaba en la habitación de al lado, la puerta entreabierta, el silencio tan pesado que se podía cortar. Y yo… yo ya no sabía si quería seguir provocándolo o rogarle que entrara de una puta vez.
Río acababa de empezar. Y yo estaba jodidamente perdida.