Capítulo 2.
Cole Newman.
La muerte es subjetiva, existen miles de formas de ver la muerte, podría decir que quiero morir para descansar en paz, podría decir que quiero vivir y no tocar la muerte, o incluso podría decir que la vida le envía regalos a la muerte porque está enamorada de ella, pero me parece absurdo ¿Cómo es que «vida» puede estar enamorado de «muerte»? No tiene mucho sentido, o quizás sí, pero no entra en mi cabeza esa explicación.
Siento que vivir, respirar, tener que levantarte cada día, es una obligación, no algo que haces porque lo deseas, y estoy cansado de ello, el mundo está lleno de prejuicios y yo cumplo con cada cosa mala que la gente piense, no soy lo que ellos esperan, no puedo ser más de lo que esperan, pero si puedo ser menos de lo que creen. No recuerdo cuando fue la última que fui feliz, ni la última vez que solté una carcajada sincera, he estado viviendo a base de maltratos a mi alrededor, desearía que parara, pero ya es tarde para eso.
Me levantó de la cama y lo primero que hago es ver a mi gato Pancho, lo llame así porque es panzón y no tenía ganas de pensar en un nombre para él, así que ese es su nombre y a él le gusta, estoy seguro de que ama su jodido nombre. Me acercó a él para acariciar su barriga y me río, es adorable, lo tengo escondido en mi habitación desde hace unos días, mis padres nunca me dejarían tener un gato, los odian y yo los amo demasiado. Abro la puerta, miró a los lados antes de salir y bajo las escaleras con prisa.
—¿A dónde crees que vas? —me pregunta mamá con el ceño fruncido, lleva un suéter de colores, un pantalón largo y el cabello amarrado, mis antiguos amigos decían que se parecía a mí, sobre todo sus ojos azules.
—Voy a buscar mi comida, necesito comer, no pienso morir de hambre —escupo molesto, agarró el plato que está en la mesa y paso por su lado en silencio.
—Newman debes comer en la mesa.
—Realmente no.
—No te estoy preguntando, es una orden.
—Madre —digo irritado—. ¿Te recuerdo que no sigo tus órdenes desde hace años? Si hiciera todo lo que dices ya estuviera muerto.
—¡Deja de decir idioteces! —grita soltando la bolsa de ropa que sucia que tiene en la mano, las lágrimas bajan por su rostro y corro hacía arriba, su mano intenta agarrar la mía y lo último que escucho es un sollozó acompañado de una frase que detesto—. Yo no tengo la culpa.
Claro que la tiene, por supuesto que tiene la culpa. Todos en esta casa tienen la culpa de lo que pasó, aunque nadie diga nada, aunque hayan continuado con sus vidas, todos tenemos la culpa.
Desde que tengo diez años me cuesta respirar, siento que me ahogo, incluso si estoy acostado siento que me ahogó, es una extraña sensación, es desagradable y me dan ganas de quedarme de pie por el resto de mi vida.
A mi mente viene el rostro de la chica que conocí ayer y sonrío, su cara es delicada, ella lo es. Tiene el cabello largo hasta la cintura, es rubia, de ojos verdes, tez blanca y cuerpo pequeño, su cuerpo se ve frágil, parece que si alguien la aprieta con fuerza se rompe. Me pregunto cómo las personas hacen para abrazar a alguien como ella.
Saco un poco de comida para el gato y se la pongo en su plato, hace unos años me enteré que mis abuelos por parte de mis padres (ambos) habían muerto, no se supo nada de su testamento hasta poco después, dónde especificaban que su herencia era para mí, este año empecé a disponer de ese dinero, me hice rico sin pensarlo, sin trabajar un solo día, supongo que es mi recompensa por la madre y el padre que me tocó. Dan, estuvo furioso, se enojó tanto con sus padres que mandó a cromarlos, lo lamente por mis abuelos, ellos no merecían eso, eran la únicas personas que me querían de esta estúpida familia.
Mi madre sube las escaleras y toca la puerta, decido ignorarla y cojo un suéter gris para ponérmelo, descubro que es algo importante cuando toca la puerta con insistencia, pero aún así la ignoro, he encendido un porro, el olor debe pegar afuera, e imagino que quiere hablar sobre ello, pero yo no.
—Newman abre la maldita puerta.
—Vete.
—Dan esta aquí —farfulla, abro la puerta y la jalo del brazo, mira al gato y me mira a mí, tiró el porro por la ventana y coloco al gato detrás de mí, no quiero que lo vea demasiado.
—¿Qué hace un gato aquí?
—Es mío.
—Dan llegó, debo bajar, quédate aquí ¿vale? No salgas hasta que te diga, no quiero que te haga daño, necesito salir de esto.
—¿El olor llega abajo? —pregunto sintiendo la culpa sobre mis hombros.
—No lo sé, cariño.
—Dime la verdad ¿llega el olor abajo?
—Sí.
Chasqueo la lengua y la miró, está temblando y aún así quiere bajar para ayudarme, detesto a mi madre por algunas razones, pero la quiero por otras. Mi padre la golpea, nunca me ha tocado a mí, siempre me sujeta por la camisa pero no pasa de ahí, ella se lleva la peor parte, y si hago algo, es aún peor, por eso deje de enfrentarlo a cierta edad, para que ella no sufriera más de lo que ya sufre.
—Bajaré yo, hablaré con él para que se vaya por hoy y me ocuparé del olor, quiero que te encierres en tu habitación, no salgas madre, no estoy listo para ver esto de nuevo.
—Es mi responsabilidad, el nos ama, debo hablar con el, es mi esposo hijo.
—¿Crees que nos ama? —le pregunto entrecerrando los ojos.
—Nos adora —asegura ella al borde de lágrimas, no todas las personas se comportan igual, pero mamá lleva creyendo años que este hombre la ama, que haría todo por ella, mi madre piensa que Dan la golpea para enseñarle, pero no es así, el se enoja por todo, siempre quiere destruir todo lo que hay en casa, nunca le gusta la comida que mamá prepara y pocas veces la deja salir. Cuando yo hago algo mal, ella lo paga, cuando yo hago algo, el viene y empieza a gritarme, vivir en esta casa es una jodida locura, nunca sabes cuándo todo se irá a la mierda.
Antes habían días buenos, días en los que Dan estaba sobrio y no ocurría nada, pero desde que empezó a ingerir cocaína, no ha parado de beber, y no hay días buenos, solo días mejores que otros.
Espero que mi madre salga y le abro la ventana al gato para que salga por ahí, no quiero que se quede en casa hoy, lo bueno es que siempre vuelve. Decido ponerle perfume a la habitación y a mi ropa, me como una menta y corro escaleras abajo para enfrentarlo de una vez.
Su mirada se pone sobre mí y se ríe.
—¿Bebes para olvidar tus mierdas?
—Bebo para olvidar que eres mi hijo —dice mirando su botella vacía, tiene la ropa sucia, sus ojos han dejado de parecer sus ojos, aunque en realidad, tiene los ojos más negros que he conocido jamás.
—¿Insinúas que debo empezar a beber para olvidar que eres mi padre?
—Supongo —susurra—. ¿Y la zorra de tu madre?
—Te compraré dos cajas de alcohol, pero no quiero que vengas hasta mañana, tendrás que pasar todo el día de hoy afuera.
Los negocios sirven con él, parece que mientras más intentas enseñarle los lados buenos de tu vida, el más se ríe, es como si odiara que a la gente le vaya bien, decide aceptar y mira la habitación, lo cojo por el brazo para llevarlo conmigo y lo empujó hasta afuera.
—Iremos los dos, no te pienso dejar solo con mi madre.
—Estuviste fumando, desde aquí puedo olerlo, deberías dejar de fumar, puede matarte.
Escucharlo decir eso me hace recordar a mi padre, al verdadero, no a este idiota. No siempre fue así, cuando tenía unos dos años se portaba genial, me leía cuentos, no bebía, amaba a mamá y siempre estaba con nosotros, creí que toda nuestra vida sería así, feliz, pero no. Años después comenzó a beber, a beber y a beber, todo se volvió una mierda después que golpeó a mamá por primera vez.
«Una vez que comienzan, ya no pueden parar» fue lo que dijo ella una noche lluviosa, no lo he olvidado, tampoco he olvidado las veces que se dijo a si misma que ese hombre la amaba.
Llevo a mi padre a una licorería y le compro dos cajas de cerveza, después lo dejo ahí, y me subo al auto, no puedo evitar quedarme viendo cómo pelea con el cantinero, como se mueve en la silla incómodo y como sus ojos están en el cuerpo de todas las mujeres del lugar. A veces nos veo como familia y me pregunto si tenemos solución.
Llego a casa y encuentro a mi madre con mi gato, se lo arrancó de las manos y frunzo el entrecejo.
—No lo toques, quería decirte que conseguí un apartamento, voy a irme de aquí.
—¿Estás bromeando? —dice temblando.
—No, puedes venir conmigo, o puedes quedarte aquí, no te obligaré.
—Debo quedarme con mi esposo, cariño. Tu padre nos ama, me dijo que pronto conseguiría un trabajo, de seguro lo está buscando todavía.
—Mamá, ese hombre no te ama, ni a ti ni a mí.
—Lo hace, nos ama.
—No —sonrío—. El te violó una vez, eso no es amor.
—¡Tu no sabes lo difícil que es criar hijos, solo estaba desesperado por tu mal comportamiento!
Retrocedo y la miró. ¿Mi mal comportamiento? Espero que eso sea una broma, espero que se ría, que diga cualquier cosa, pero no lo hace, porque está hablando enserio, ella cree que Dan la ama, que va a cambiar, todavía piensa eso y me molesta, aprieto al gato contra mí e intento calmarme.
—¿Y tú si? Me he criado solo, vendré en unos días para recoger mis cosas, espero que no te moleste.
Me doy media vuelta para irme y respiró aire fresco, necesitaba salir de esa casa, esperé que ella cambiará, esperé que ella quisiera irse conmigo, pero no quiere, no lo acepta, y yo no puedo seguir viviendo ahí.
Miró la calle y camino, el auto que compre lo deje en casa, después compraría otro, mi madre podría necesitar ese en cualquier momento. Escuchó a unas señoras hablar de mí y me remuevo incómodo, está es la parte que más odio de andar por la calle, que todos me miren.
“—Oh, está usando un zarcillo ¿será gay?”
“—No lo sé María, pero sus tatuajes son horribles, debería ir a la cárcel, estoy segura de que es un criminal”
Abro mi bolso y tomó los audífonos para no escuchar a esas señoras sin vida social, o quizás con mucha vida social. Estoy acostumbrado a los comentarios como esos, siempre los hacen, nunca dejan de hacerlos, pero no me molestan del todo, mis zarcillos no son algo muy personal, solo me gustan, como me gusta comer helado o como me gusta salir de fiesta, así es como me gustan.
La entrada de la nueva universidad en la que estoy me da la bienvenida, nos mudamos esta semana a Vancouver, mamá pensó que irnos de Chicago, ayudaría a que mi padre quisiera cambiar, pero no fue así. Ya hemos estado aquí, de pequeño solía venir, hace dos años también vinimos para una fiesta, no fue algo que me gustará, pero al menos salía de Chicago.
Llegó hasta la oficina de la secretaria y me quitó un audífono.
—Necesito mi horario —la mujer detrás del escritorio no se mueve, tampoco me contesta, al contrario, me mira como si necesitará algo de mí y suspiró frustrado—. Por favor.
La mujer me entrega el horario y bufa.
—Si vas a estudiar aquí, te recomiendo que empieces a aprenderte las normas de cortesía, chico.
¿Chico? ¿Chico? ¿Pero que clase de secretaria es esa?.
Me inclino hacia delante y terminó por irme, este lugar va a volverme loco, veo a algunos alumnos con sus amigos y miró un teléfono que me gustaría tener. Que envidia, si fuera mío, no estuviera en el suelo. Pensándolo bien, creo que iré a comprarlo hoy. Mi mejor amigo sigue en Chicago, le mandé dinero que para que comprará un pasaje de avión, según él, vendrá después de transferirse a la universidad y fingiremos que todo está resuelto.
Desde hace unos años empezó una relación con Jane, una chica que estudia y vive aquí, nunca pensé que la cosa fuera tan enserio, pero llegaron a verse por video llamada en diversas ocasiones, tenían citas y hablaban mucho, y cuando digo que hablaban mucho, es porque realmente lo hacían. No podía llamar a mi amigo, porque siempre estaba hablando con ella, cuando le dije que me mudaría aquí, se asustó, porque sabía que yo me lo llevaría conmigo, y eso significaba que estaría con Jane, estuvo en crisis unos días hasta que se le pasó.
Miro mi horario y me voy a la clase de ciencias, escojo el asiento más alejado de la multitud, de todos los días que tendré aquí este ha sido mi favorito, nadie ha hablado de mí, nadie se ha acercado y podría morir en p…
Cuando pensé que todo iba bien, algo sucedió o mejor dicho alguien apareció.
La chica de la máquina expendedora está aquí.
—Hola —me dice acercándose—. Estaré a tu lado durante todo el año —menciona con entusiasmo, la repaso con la mirada y me maldigo por sentarme aquí, no quería estar con nadie, quería estar con Neragan cuando llegará.
—Quiero que te sientes en otro lugar.
—No lo haré —sonríe—. La mayoría de los chicos aquí quieren follar, y estoy cuidando de mí misma, por eso me siento contigo.
—¿Crees que yo no quiero follarte?
—Cole —me tensó y la interrumpo.
—Dime Newman.
—Bien Newman, tus ojos dicen que me odias porque te avergoncé, así que estoy a salvó aquí, tu me odias y yo no tanto. Estamos a mano.
—He follado con muchas tías y no todas me caían precisamente bien —le aclaró.
—Vale, de todas formas me quedaré aquí.
Abre el libro en la página que está en la pizarra y deja de hablarme, discutir con ella parece ser una misión imposible, así que me toca lidiar con ella por todo un año, jamás pensé verla aquí, la miró de reojo y a veces me sorprende lo tranquila que se ve sentada en esa silla. Me inclino hacía delante para agarrar el lápiz que se me cayó y una caja de cigarrillos caen al suelo, todos me miran, el profesor también me mira y me tensó.
¿En qué mierda me metí?
Mis r************* :
Ins-ta-gram: Zehyna6.
Fa-cebook: Zehyna Pérez