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Eran las cuatro y media de la tarde cuando Esteban entró a la sede, y al mismo tiempo estudio de Los Cuarenta. Caminado por el hall de la recepción, admiró, como siempre lo hacía, la amplitud y el modernismo del lugar, el cual era dueño de toda la tecnología necesaria para cumplir las funciones de estudio de grabación de sonido, con una capacidad para un poco más de cincuenta músicos. Un par de pasos antes de llegar a la puerta que comunicaba con la zona de ensayos, se topó de frente con Adriana.
–Hola, churro ¿Cómo vas? –lo saludó ella, quien salía de la oficina del estudio.
–Hola, ahí vamos… ¿tú qué? –dijo Esteban, admirando el cabello rojizo, casi que de color naranja, de la niña de dieciséis años.
–Yo, bien, pero no entiendo por qué últimamente andas como tan bajo de nota…
Ni por toda la plata del mundo le contaría a ella lo que estaba pasando con su Monina.
–No, nada en especial.
–¿En serio? Tú no eres así… –dijo ella mientras Esteban apreciaba sus grandes ojos ambarinos, su nariz recta y su boca con unos labios que le llamarían la atención a cualquier hombre.
–Son épocas, no siempre tenemos que andar por ahí toteados de la risa.
–Yo sé, yo sé, pero es que ya llevas varios días así.
Esteban recordó las épocas, veintidós meses atrás, cuando había estado cuadrado con ella por escasos quince días.
–¿En serio? No pensé que tanto.
–Sí –dijo ella cogiéndole el brazo con su mano derecha –, más de dos semanas.
Esteban recordó que todo se había acabado gracias a que ella lo había traicionado con un muchacho gringo que estaba de intercambio estudiantil en Bogotá.
–Pero que no se note que estás llevando las cuentas… –dijo Esteban, moviendo su brazo y librándose de la mano de ella.
–Uy, pero no seas así –dijo Adriana, abriendo los ojos como si hubiera visto un fantasma.
–¿Pero por qué me tienes que agarrar el brazo? ¿Es que no te acuerdas de que tengo novia?
–Sí, claro, pero… –Adriana arrugó la boca, miró hacia el piso y luego dijo –: olvídalo, te veo abajo –y enseguida caminó hasta la puerta que daba hacia el estudio y desapareció detrás de ésta.
El interior del estudio estaba construido en forma de tribuna de estadio, formando una curva que había sido cubierta por una alfombra amarilla que le daba, no solo mayor comodidad, sino una sensación de mayor amplitud. En su parte baja, se encontraba el área en donde se ensayaba, y en dónde también permanecían los instrumentos musicales más grandes como el piano, el arpa, la marimba, la batería, y algunos otros más. Todas las paredes y el techo estaban cubiertos por espuma acústica de color gris, la cual permitía su total insonorización. Ya la mayoría de miembros de la banda estaban allí, dispersos en pequeños grupos a la espera de iniciar el ensayo. Se trataba de un grupo de jóvenes de ambos sexos, cuyas edades oscilaban entre los catorce y los diecinueve años, todos ellos expertos en la interpretación de uno, dos y hasta tres instrumentos musicales, así como en el perfecto manejo de la voz.
Esteban saludó, sin detenerse en su caminar, a varios de sus compañeros antes de irse a sentar en la butaca de la batería, su instrumento preferido. Lo había empezado a practicar a los ocho años en las clases que había recibido en la sede del conservatorio de la Universidad Nacional. Aunque su intención, y la de su mamá, había sido la de inscribirlo en el curso de flauta, éste ya se encontraba sin cupos disponibles, y por lo tanto la batería fue la segundo opción más atractiva en ese momento. Una vez acomodado, agarró las baquetas y empezó a tocar, primero los platillos de manera bastante suave pero rítmica, para luego continuar con el bombo, los tombs y la caja. Era lo que siempre hacía para ir calentando manos, brazos y muñecas. En ese momento ingresó Arturo al salón, un muchacho de unos diecinueve años, con el pelo oscuro que le llegaba a los hombros, vestido totalmente de n***o y con una cara que mostraba una enorme sonrisa. Todos los músicos se quedaron en silencio y voltearon a mirarlo. Se trataba de uno de los más antiguos miembros del grupo, y que en ese momento ejercía la función de director musical.
–Hola señores… y señoritas –dijo Arturo, desde la parte alta del estudio –. ¿Listos para arrancar hoy? –agregó en tono alegre–. Recuerden que este fin de semana nos presentamos en la Plaza de Toros.
–Oye, –dijo una muchacha rubia de pelo corto y gafas, que sostenía su violín en una mano y en la otra una botella de gaseosa–, ¿al fin vamos a arrancar con lo de Alfredo de la Fé o con Pink Floyd?
–Pues no sé, Melissa, miremos qué tan fuertes estamos con el tema de Alfredo a ver si aguanta, si no… yo creo que sería mejor con lo de Héctor Lavoe, se me hace que es un poquito riesgoso arrancar con lo de Pink Floyd.
– Arturo, ¿más o menos qué clase de público estamos esperando para éste concierto? –preguntó un muchacho de aproximadamente dieciséis años, de pelo crespo y oscuro, ojos verdes y rostro atractivo, vestido de jeans y camisa gris.
–Va a estar mezcladito, Andrés. La gente está esperando salsa pero me dicen que hay mucho rockero que va a asistir, yo creo que por lo que pasó hace mes y medio en el Coliseo, parece que quedaron bastante entusiasmados.
–Es que la tandita de rock fue severa ese día, y además Esteban se fajó con esa batería –dijo Andrés mientras sacaba un micrófono de una caja negra que se encontraba a sus pies. Esteban lo miró y le sonrió en agradecimiento a sus palabras.
–Bueno –dijo Arturo, bajando por los escalones del salón–, arranquemos con "Quítate Tú"–, a ver si ponemos a Melissa a que nos muestre lo que sabe.
–De una Mr. Director, no problem –dijo Melissa, con un suave acento norteamericano, mientras todos los miembros del grupo cogían sus respectivos instrumentos y se acomodaban en sus respectivos puestos.
Con el liderato de los instrumentos de viento, seguido por el ritmo de las congas, arrancó el ensayo de esa tarde. Como en éste género musical se utilizaba muy poco la batería, para esta interpretación en particular Esteban pasó a hacer parte de los coros, la cual solía ser su segunda función a cumplir dentro del grupo.
En medio de todo, Esteban agradecía el poder ocuparse en algo que le alejara la mente del problema de su novia. Hasta el momento, solo un par de compañeros de Los Cuarenta estaban enterados del s*******o de Mónica, y éstos habían prometido no contárselo a nadie.
Los Cuarenta era una agrupación que, como su nombre lo indica, estaba conformada por exactamente cuarenta músicos, todos ellos con edades comprendidas entre los catorce y los diecinueve años. La condición para pertenecer al grupo era la de ser casi que experto en el manejo de por lo menos dos instrumentos, además de tener una voz lo suficientemente educada para la interpretación de diferentes estilos de música. El grupo se había formado a principios de 1977 gracias a la iniciativa de un profesor que dictaba clases de música de manera particular, y también en varios colegios de la ciudad. El profesor se había puesto en la tarea de reunir a lo más destacado de sus alumnos, con la idea de crear una agrupación que tuviera la capacidad de interpretar diferentes géneros musicales, tanto nacionales como extranjeros. Después de un poco más de un año de arduo trabajo, había viajado a Viena, Austria, a realizar un doctorado en una de las más prestigiosas escuelas musicales de ese país, aprovechando que se había ganado una beca que solo era otorgada a los docentes de música más destacados de los cinco continentes. Debido a su partida, el grupo estuvo a punto de desaparecer, pero gracias a la unión de sus miembros y al apoyo moral y económico de sus padres, se había logrado continuar, y así evitar que cada músico agarrara su propio camino. Arturo, uno de los miembros de más edad, y además muy destacado en la ejecución del piano, las congas y el saxofón, había tomado la dirección a partir de ese momento, y su conocimiento y personalidad lo habían llevado a ser aceptado unánimemente por el resto de sus compañeros.
La filosofía de la banda, desde el momento de su fundación, era la de interpretar covers de la manera más fidedigna posible de las canciones y melodías más famosas y conocidas de los géneros rock, pop, disco, salsa y tropical. Basados en esa idea, la agrupación había logrado acercarse de manera impresionante a su objetivo, y tanto la prensa como los asistentes a sus presentaciones afirmaban que en la mayoría de sus interpretaciones era casi que imposible diferenciar entre los intérpretes originales y la interpretación que de su música hacían Los Cuarenta.
Habían empezado con pequeñas presentaciones en colegios, universidades, empresas, y algunos bares que tuviesen la capacidad de acomodar a todos sus integrantes. Con el tiempo, y gracias a su destacado trabajo, ya habían logrado hacer un par de conciertos en escenarios con mayor capacidad, y con los frutos de sus conciertos, habían logrado alquilar y acondicionar el estudio que habían convertido en su sede y sitio de reuniones y ensayos. En éste momento, el grupo estaba compuesto por veintiún mujeres y diecinueve hombres, y contaba con un grupo de apoyo de diez personas que se ocupaban de las partes técnica y logística.
Ese día, al final del ensayo, siendo las seis y media de la tarde, Andrés, uno de los cantantes más destacados del grupo y buen amigo de Esteban, guardó su micrófono y se acercó a donde éste se encontraba. Se sentó junto a él y en tono discreto le preguntó: ¿Cómo va todo? ¿Qué se ha sabido de Mónica?
–Nada, hermano, lo mismo, ayer me llamó Marcela, la hermana…
– ¿Sí?, ¿y qué le dijo o qué?
–Pues que parece que el papá ya tiene la plata para pagar el rescate.
–Menos mal, es que cien palos es mucho billete.
–Sí, ahora lo que están esperando es que los tipos llamen para cuadrar a ver dónde les dejan la plata.
–Pero bueno, al menos ya casi se soluciona eso.
–Pues esperemos que sí, es que ya van más de tres semanas. Confiando en Dios, como dice mi papá, pronto la tendremos de regreso.
–Sí, Dios quiera. Pero qué embarrada que se haya perdido lo de la audición.
–Sí, claro, pero qué se le va a hacer… –Esteban arrugó los labios.
– ¿Y será que cuando la suelten va a seguir con ganas de entrar al grupo?
–Pues vaya uno a saber… después de todo esto… quien sabe cómo regrese…
–Claro…, no se sabe… –dijo Andrés.
– ¿Y usted si la ve aquí tocando piano? –preguntó Esteban.
–Yo sí, la cosa es que le va a tocar esperar a que haya alguien que renuncie y que haya una nueva audición.
–Claro, pero por ahí dicen que si a Arturo le sale lo de Nueva York, se estaría yendo como en dos meses.
–Y también tocaría mirar a ver quién se queda dirigiendo esto –dijo Andrés.
–Pues ya todo está como más sólido, no es como cuando se fue Juan para Austria.
–Afortunadamente; además, ya se está empezando a ver la plata, sobre todo para pagar el arriendo de esto –dijo Andrés mirando a su alrededor.
Esteban se paró de la butaca.
–Pero es clave tener este estudio, si no imagínese ensayando en el garaje de su casa.
–Ahí no cabe ni siquiera la batería.
–O por allá en el jardín de Patricia –dijo Esteban.
–Nooo, sale el papá y nos da plomo –dijo Andrés mientras reía.
– ¿Y cómo va eso?, ¿si hay caso por ahí?
–Qué le digo yo… se está haciendo la difícil, es que el ex todavía anda por ahí rondando.
–Mmmm, complicado, ¿Y ese man todavía corre carros?
Andrés se paró de su silla.
–Creo que sí, ese es un hijo de p**i, usted sabe que correr cuesta un billete largo.
–Pues le tocó a usted vender la bicicleta y dar la cuota inicial de un R4 –bromeó Esteban.
–Claro, facilísimo, más bien un Bm de una vez.
–Nooo, en un Bm fue que se llevaron a Mónica.
– ¿En serio?, me imagino que robado –dijo Andrés.
–Seguramente, y que disque le habían quitado la silla del pasajero para acostarla ahí y que no la viera nadie.
–Es que esos tipos son súper mañosos.
–Exacto, ojalá pusieran su inteligencia pero para hacer el bien –dijo Esteban.
–Pues me cuenta, ojalá todo salga bien, me voy porque si no me dejan sin comida.
–Bueno hombre, se cuida, nos vemos el jueves.
–Aquí estaremos –dijo Andrés antes de empezar a subir las escaleras que llevaban a la salida del estudio.