La tregua solicitada por Alistair Blackwood flotaba en el aire de Stormholt como un aroma venenoso, dulce y peligroso. Mientras Elara y Kaelen se encerraban en la biblioteca con Arthur para diseccionar las posibles trampas ocultas en aquella súplica inesperada, una tensión diferente, más silenciosa pero igualmente profunda, se cernía sobre el resto de la mansión. En la cocina, el corazón de la casa, Maeve supervisaba la preparación del desayuno con su habitual eficiencia, pero sus ojos, esos ojos que habían visto décadas de lealtad y secretos en Stormholt, buscaban inconscientemente a Arthur cada vez que la puerta se abría. Él, por su parte, parecía llevar un peso invisible sobre los hombros, más pesado incluso que la amenaza de los Blackwood. Su mirada, normalmente tan analítica y serena,

