CAPÍTULO VEINTIOCHO Entramos y salimos de la habitación en menos de una hora. Ciertamente había un transmisor implantado debajo de la piel del empeine de mi pie izquierdo. Estaba más profundo de lo que esperaba, apenas se podía sentir. Tenía la cabeza más pequeña que una lenteja unida a un alambre delgado como un pelo de poco más de dos centímetros de largo. Cabría pensar que mi cuerpo rechazaría tal cosa. No fue así. Logan y yo nos separamos después de que dejamos el hotel. Tomé un taxi hasta un centro comercial donde gasté el resto del dinero de Logan sin una pizca de arrepentimiento. Él cogió el transmisor, me dijo que tenía algunas cosas de las que ocuparse, como encontrar un coche, hacer llamadas para que le transfiriesen algún dinero. Con todo, tuve un par de horas para matar haci

