CAPÍTULO ONCE Fuimos a la parte trasera del casino, pasamos el bar, pasamos un escenario vacío, pasamos los baños, hasta que llegamos a un juego de puertas dobles. La entrada estaba marcada como ‘privada’ y en el caso de que alguien no viese la señal, dos guardias impedían que los visitantes entrometidos siguiesen adelante. Se hicieron a un lado para que pudiésemos entrar sin dar ningún otro reconocimiento a nuestro paso. Los otros tres guardias no nos siguieron al interior. Entramos en un lujoso pasillo decorado con estatuas de mármol hábilmente esculpidas, montadas sobre madera oscura, colocadas cuidadosamente en intervalos entre puertas cerradas y pinturas. Me empujó de pasillo en pasillo hasta que llegamos a un solitario ascensor al final de un corredor vacío. No había nada que mar

