EPISODIO 6

1156 Palabras
LESTAD EL VAMPIRO Lestad tiene la apariencia de un hombre joven: su tez es pálida como la luna, sus ojos dorados reflejan una sabiduría ancestral, sus manos son delgadas con dedos largos y elegantes, y su cabello es n***o como la noche, largo y liso, cayendo sobre sus hombros con una gracia sobrenatural. Aunque parece frágil, hay en su porte una fuerza contenida y silenciosa que impone respeto. Sus ojos, en especial, hablan de siglos vividos, de secretos guardados y heridas que no sangran. Pocos lo creerían, pero Lestad tiene ya 460 años. Ha olvidado por completo los días en que fue humano. Su naturaleza vampírica lo ha consumido por completo, aunque conserva algo único en su especie: un alma. Lestad es el único vampiro con alma, y ese rasgo lo hace aún más peligroso... y más trágico. Hace más de dos siglos, Lestad fue maldecido por una poderosa sacerdotisa. En un acto de locura o crueldad, asesinó a su familia humana: sus padres y sus hermanos. La sacerdotisa, testigo de su atrocidad, usó su último poder para lanzarle una maldición: sería atormentado eternamente por los recuerdos de las muertes que causó. Pero la maldición no surtió el efecto esperado. Lestad, sin remordimiento alguno, continuó alimentándose del sufrimiento, del hambre de sangre y del poder. La frustración de la sacerdotisa fue tal que terminó suicidándose, devastada al ver que su castigo no tocaba el corazón del vampiro. Mucho tiempo después, en una de sus innumerables aventuras en busca de placer, oro y sangre, Lestad llegó a París, uno de los reinos del continente de Adamah. Allí, en el bullicioso mercado del reino, entre frutas exóticas, vendedores gritando precios y niños corriendo entre puestos, la vio: una joven de cabello dorado como el sol, ojos azules como el océano y piel trigueña que brillaba con luz propia. Su belleza lo deslumbró. En ese instante, Lestad sintió algo imposible: su corazón, muerto desde hacía siglos, pareció latir con fuerza. Fue un golpe tan intenso que pensó que se le saldría del pecho. No entendía qué ocurría. En 460 años jamás había sentido ese tipo de emoción. Se acercó a ella. El perfume de su piel quedó impregnado en su ser, y desde aquel día no pudo dejar de observarla desde las sombras. Lestad, el vampiro sin remordimientos, estaba enamorado. ¿Cómo podía un ser de la oscuridad amar a una sacerdotisa? ¿Era posible el amor solo por el hecho de tener alma? El destino, sin embargo, era irónico. Esa joven era Jenny, la reencarnación de la misma sacerdotisa que lo había maldecido dos siglos atrás. Su venganza no fue la muerte ni el tormento... fue algo más cruel: hacer que el vampiro amara a alguien que no lo correspondería jamás. Jenny también sentía algo profundo por él, aunque se negaba a aceptarlo. Su miedo era mayor: entregarse a un vampiro significaba alejarse de la luz, de sus creencias, de sí misma. Temía amar y perderse. Así, la maldición se completó en silencio. Después de todo, no hay castigo más doloroso que amar en soledad. EN BUSCA DE LA LUZ Días después, algo inquietante comenzó a ocurrir en París. Por las noches, un quejido desgarrador se escuchaba por todo el pueblo. Era la voz triste y desesperada de una mujer, llorando sin consuelo. Las familias no podían dormir. El aire estaba impregnado de angustia. Desesperados, los aldeanos acudieron a Jenny, la sacerdotisa, implorando su ayuda. Esa misma noche, Jenny fue al centro del pueblo. Cerró los ojos, recitó un antiguo conjuro y abrió su visión espiritual. Frente a ella apareció el espíritu de una mujer joven. Su cuerpo etéreo estaba cubierto de sangre, los golpes en su rostro eran visibles incluso en la muerte. Aunque sus labios se movían, ningún sonido salía de su boca. Jenny, sin embargo, la entendió. Se acercó con suavidad y dijo con firmeza: —Entiendo, amiga. Haré justicia por ti. No sigas atormentando a este pueblo, te lo prometo. La mujer espectral sonrió, y su imagen se desvaneció con el viento. Jenny caminó por las calles guiada por una certeza invisible. No tardó en llegar a una pequeña y descuidada casa. Golpeó la puerta con decisión. Un joven, sucio y desaliñado, abrió con sorpresa. Sin dudar, Jenny tomó una cuerda y ató sus muñecas. —¡Pueblo de París! —gritó—. Este hombre es el culpable de los lamentos que han escuchado. Mató a su esposa, creyendo erróneamente que le era infiel con su hermano. La asesinó a golpes en un arranque de celos y rabia. Enciérrenlo, y el espíritu de la joven descansará. La multitud, conmovida y furiosa, lo llevó a prisión. Jenny misma se aseguró de que quedara encerrado. Pasaron unas horas, y la mujer fantasma volvió a aparecer. Esta vez, sonrió con dulzura, inclinó la cabeza en señal de gratitud, y una luz brillante emergió detrás de ella. Su alma cruzó hacia el más allá, dejando solo un suspiro en el aire... por fin, en paz. EL PRIMER ASTRO  Mientras el sol comenzaba a iluminar París, Jenny caminaba de regreso a su hogar, satisfecha por haber ayudado a una alma perdida y restaurado la calma en su pueblo. El amanecer bañaba los tejados con tonos dorados cuando, a lo lejos, divisó a dos viajeros acercándose a la ciudad: Serenidad y Ángel. Serenidad fijó su mirada en el medallón que colgaba del cuello de Jenny. Por un breve instante, el colgante brilló con un resplandor dorado, igual al que había visto en el papiro de Ángel y en su propio escudo. En ese momento, supo que era ella... la mujer que estaban buscando. Se acercó lentamente y preguntó con cortesía: —Disculpe, señorita. Me llamo Serenidad. ¿Cuál es su nombre? —Me llamo Jenny —respondió la sacerdotisa con amabilidad—. ¿Quién eres tú? Muchos espíritus te acompañan… hay dos muy especiales que fueron importantes en vida. —Sí, señora —respondió Serenidad, conteniendo las lágrimas—. Son mis padres. Fueron asesinados por el rey Eliot. Ángel, sorprendido, las miraba sin comprender del todo. Las dos mujeres hablaban como viejas amigas, como si se conocieran de toda la vida. —Perdón… no entiendo nada. ¿Están hablando de fantasmas? —preguntó él, desconcertado. Ambas sonrieron con complicidad. —Ustedes ya se conocen —dijo Jenny—. En vidas pasadas, todos los astros hemos estado siempre unidos. Serenidad, conmovida, abrazó a Jenny con fuerza. El abrazo fue sincero, profundo, lleno de una paz indescriptible. Era la confirmación: Jenny era el primer astro del destino que estaban buscando. Jenny también abrazó a Ángel, y los tres sonrieron como si fueran los más viejos amigos del mundo. No necesitaban explicaciones; el destino ya hablaba por ellos. Jenny los llevó a su casa. Esa noche, bajo el amparo de un nuevo amanecer, los tres durmieron tranquilos, sabiendo que la primera pieza del rompecabezas se había revelado sin obstáculos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR