LOS ORÍGENES DEL REINO MARÍTIMO
PARTE 1: EL NACE DEL MAR
Hace miles de años, cuando los mares de Adamah eran desconocidos para los hombres y las tierras estaban separadas por vastos océanos, una isla perdida, sin nombre, surgió de las profundidades marinas. El agua, en su inquebrantable danza, parecía ocultar este pedazo de tierra para quienes se aventuraban en la tempestad. Nadie sabía cómo había llegado allí, pero cuando la isla emergió, fue como una joya resplandeciente en medio de la nada.
La leyenda cuenta que la isla fue el resultado de una batalla entre los dioses del mar, quienes luchaban por el dominio del océano. El dios más antiguo y sabio, Nerys, conocido como el Señor de las Mareas, tuvo un enfrentamiento titánico con su hermano, Dargath, el dios de las tormentas y el caos. En su furia, Nerys convocó a las profundidades del mar, y de sus dominios nacieron las islas flotantes, que serían la cuna de lo que más tarde se conocería como el Reino Marítimo.
Nerys, aunque victorioso, se retiró a las profundidades, dejando que los humanos fueran los que poblaran las islas. A cambio, les otorgó los dones de la magia acuática, los mismos poderes que le permitieron controlar las olas, las mareas y la vida misma en el mar. Se decía que aquellos que nacían en las islas, descendientes de los primeros hombres, serían bendecidos con la habilidad de comunicarse con las criaturas marinas y dominar las aguas con la mente y el corazón.
PARTE 2: EL REINO DE LAS AGUAS Y EL PRIMER REY
La primera civilización que se asentó en la isla fue un pueblo nómada de marineros y pescadores, guiados por el líder Aeron, quien, según las historias, había nacido con una conexión única con el océano. Desde niño, Aeron podía oír susurros provenientes de las profundidades del mar y a menudo se sumergía durante horas, buscando la sabiduría oculta de las aguas. Fue él quien lideró a su gente en la construcción de la ciudad más grande de la isla: Dralmar, el Puerto Eterno.
Dralmar fue un lugar donde las casas flotaban sobre el agua, sostenidas por grandes columnas de coral y madera mágica, y las calles eran canales que se conectaban con el océano. La ciudad se erigió como un faro para los viajeros y mercaderes, quienes rápidamente descubrieron que los habitantes del Reino Marítimo no solo eran grandes navegantes, sino que también poseían conocimientos profundos sobre la magia del agua.
Durante años, Aeron lideró a su pueblo, pero a medida que la ciudad prosperaba, también crecían las amenazas externas. Los reinos cercanos, temerosos de la poderosa magia acuática de los marineros, comenzaron a atacar la isla en un intento por apoderarse de los secretos de los mares. Aeron, convencido de que su pueblo debía defender su independencia, buscó en las profundidades del océano una fuente aún más poderosa para proteger su reino.
Fue en una de estas expediciones bajo el agua que Aeron encontró la Corona de las Mareas, una antigua reliquia que se decía que pertenecía a Nerys, el dios de las mareas. La corona otorgaba a su portador el control absoluto sobre las aguas, lo que permitía sumergir y levantar continentes enteros si era necesario. Con este artefacto, Aeron regresó a la superficie y usó su poder para conjurar tormentas que destruyeron las flotas enemigas y repelieron las invasiones. A partir de ese momento, Aeron fue coronado el primer Rey del Reino Marítimo, un monarca divino que gobernaba tanto las aguas como la tierra.
PARTE 3: EL PROBLEMA DE LA IMMORTALIDAD
Con el paso de los siglos, los descendientes de Aeron continuaron gobernando el Reino Marítimo, pero la paz de las islas se vio empañada por un oscuro secreto. La Corona de las Mareas no solo otorgaba control sobre el océano, sino que también confería una inmortalidad distorsionada a quien la portaba. Los reyes del Reino Marítimo, al usar la corona, se mantenían jóvenes y fuertes, pero con cada generación, la corrupción de la magia acuática comenzaba a consumir sus corazones.
Los relatos hablaban de cómo los reyes se volvían cada vez más despiadados con el paso de los siglos, alejándose de su gente y de su humanidad. El rey más reciente, Kinghor, había gobernado durante mil años. Su mirada, profunda como el océano, ya no reflejaba el corazón bondadoso de Aeron, sino una frialdad inhumana.
Con el tiempo, los habitantes de las islas comenzaron a resentir el dominio de los reyes, ya que muchos creían que la magia que otorgaba la corona debía ser destruida para evitar que el ciclo de la corrupción continuara. Elysia, una joven hechicera nacida en la isla de Vellon, soñó con liberar a su pueblo de la influencia de los monarcas inmortales. Elysia, quien había sido entrenada en las artes mágicas por los guardianes de las profundidades, ideó un plan para destruir la Corona de las Mareas y liberar al reino de la oscuridad que lo envolvía.
En la última noche de luna llena, Elysia se adentró en el Templo de las Mareas, donde la corona era custodiada por los guerreros más leales a la familia real. Con una mezcla de magia ancestral y sacrificio, Elysia conjuró una tormenta tan poderosa que las aguas comenzaron a tragarse la isla. La corona se hundió en las profundidades del mar, y con ella, los últimos vestigios de la antigua magia.
EPÍLOGO: UN REINO EN RUINAS, UN NUEVO COMIENZO
El Reino Marítimo, aunque devastado por la desaparición de la corona, no fue destruido por completo. Las islas se sumergieron parcialmente bajo las aguas, y el paisaje cambió para siempre. La gente, libre de la influencia corrupta de la magia, comenzó a reconstruir sus ciudades y a vivir en armonía con el mar nuevamente. El Reino Marítimo, aunque marcado por la tragedia, se levantó de las ruinas y se convirtió en un reino que respetaba los elementos naturales, en lugar de tratar de dominarlos.
Elysia, por su parte, desapareció en las aguas, pero su legado perduró en las leyendas del reino. Se decía que ella era la verdadera reina del mar, una figura mítica que había salvado a su pueblo de la condena de la inmortalidad y les había dado una oportunidad de empezar de nuevo.