EPISODIO 12

1161 Palabras
EL DESPERTAR DE UN DON OLVIDADO Serenidad quedó completamente sorprendida. Jamás había pensado en sí misma como alguien especial. Su vida había sido ordinaria, salpicada por el peso de la incertidumbre y la constante sensación de no pertenecer. A pesar de todas las aventuras vividas hasta ahora, ella sentía que su rol era solo el de una acompañante. Jenny, con su sabiduría mística y su liderazgo firme, siempre pareció brillar más. Pero en ese instante, al ver la luz dorada danzando a su alrededor, algo cambió. Convencida de que era un error, se alejó de Jenny para descartar que el aura estuviera influenciada por su cercanía. Caminó varios metros hasta quedar sola, en una esquina del gran salón, pero el resplandor dorado la siguió como una segunda piel. Amelia, intrigada, bajó su varita. Se acercó con curiosidad, y con una mezcla de duda y fascinación, posó suavemente su mano sobre el hombro de Serenidad. En ese momento, los ojos de Serenidad se tornaron completamente blancos, y su cuerpo quedó inmóvil como una estatua. Ante los ojos atónitos de los demás, Serenidad comenzó a ver, como si de una película se tratara, la vida de Amelia. Vio su infancia en el palacio Thermopolis, sus momentos de alegría junto a sus hermanos, los juegos en los jardines encantados, pero también los accidentes mágicos que no podía controlar. Sintieron el dolor de ser temida por su propio padre, la soledad de los días encerrada entre muros que olían a encierro y libros antiguos. Cuando Amelia retiró su mano, los ojos de Serenidad recuperaron su color natural. Respiró con dificultad, como si hubiera emergido de un sueño profundo. Aun confundida, se sentó en uno de los sillones y cerró los ojos un momento. La comprensión llegó como una luz interna. Ahora sabía por qué el aura dorada la envolvía. Su poder, latente hasta ahora, era la habilidad de ver el pasado de las personas cuando las tocaba. Recordó que, durante su infancia, había tenido sueños donde revivía escenas que jamás había presenciado. Siempre pensó que eran fruto de su imaginación, pero no. Eran visiones de vidas ajenas, recuerdos atrapados en el tiempo. Además, comprendía que otra parte de su poder era reconocer a los astros por el destello dorado que emanaban. Ya había sentido ese destello cuando conoció a Jenny, y ahora también con Amelia. Serenidad se levantó lentamente, más segura de sí misma que nunca, y con una voz firme que resonó en el salón dijo: —Amelia, vi tu pasado. Ahora entiendo por qué estás encerrada en esta casa. Además, sé que eres uno de los astros que estamos buscando. Ven con nosotros y cumple tu destino. Jenny, Ángel y Amelia quedaron perplejos. Esas palabras, tan claras, tan precisas, no podían haber venido de alguien común. Serenidad acababa de confirmar algo que ni ella misma sabía hasta ese momento: su poder no era menor. Era una piedra angular en la búsqueda de los astros. LA ELECCIÓN DE AMELIA Sin decir nada, Amelia salió corriendo hacia el jardín. El aire de la mañana la envolvió con su frescura, el perfume de las flores, el canto de los pájaros. Era un escenario perfecto para un nuevo comienzo. Corrió entre las flores, las fuentes y los árboles, como si se liberara de una carga invisible. Y en esa carrera emocional, tropezó con una raíz y cayó rodando por el pasto. Ángel corrió a ayudarla, pero antes de que pudiera llegar, Amelia se levantó sola. Empezó a reír con fuerza, como si una coraza se hubiera quebrado dentro de ella. —Chicos, mi destino es con ustedes. Si es así, la magia me lo dirá en este instante. Y si es así, lo haré. Cerró los ojos y alzó su varita hacia el cielo. Murmuró un antiguo hechizo que había leído cientos de veces, pero nunca se había atrevido a recitar. Una luz celeste bajó del cielo y la envolvió. No era fuego, ni aire, ni agua. Era magia pura, antigua, viva. La luz se disipó lentamente y, cuando sus ojos se abrieron, había un nuevo brillo en ellos. Ya no era la joven asustada que se ocultaba tras los libros. Era Amelia, la hechicera de Thermopolis, la cuarta astro. Jenny se acercó, le puso una mano en el hombro y dijo: —Bienvenida, hermana de luz. En ese momento, el cielo se oscureció levemente. Una nube con forma de estrella cruzó el firmamento y desapareció al este. Serenidad alzó la vista y sintió un escalofrío. Algo había despertado. Amelia, con la varita en alto, hizo un gesto círculo sobre el aire, y una estrella en miniatura apareció ante ellos. Era el sello del cuarto astro. Serenidad lo observó con atención; su instinto le decía que no todos los astros serían tan fáciles de encontrar. CAMINOS QUE SE CRUZAN  La mañana siguiente, partieron del palacio de Thermopolis rumbo al sur, hacia los bosques de Adamah. Según Jenny, allí se encontraba la siguiente pista que los guiaría hacia el quinto astro. El camino era largo, y los paisajes cambiaban rápidamente: de las avenidas empedradas de la ciudad a los caminos de tierra, luego campos abiertos y finalmente espesos bosques cubiertos por una niebla tenue. Durante el trayecto, Serenidad se encontraba más conectada consigo misma. Sus sueños eran ahora visiones, fragmentos de historias ajenas que la ayudaban a comprender más del mundo y de los astros. También empezaba a sentir una conexión extraña con el entorno. Como si la naturaleza misma la reconociera. Una tarde, al llegar a un claro rodeado de árboles altos y antiguos, decidieron descansar. Mientras Jenny preparaba la cena, Amelia leía un libro antiguo y Ángel afilaba su espada, Serenidad se alejó unos metros para estar sola. Se sentó junto a un arroyo, mirando el reflejo del cielo en el agua. Fue entonces cuando sintió una presencia. No era hostil. Era... curiosa. Del otro lado del arroyo, un joven alto, de cabello oscuro y ojos determinados, salió de entre los árboles. Ambos se miraron, y el tiempo pareció detenerse. No sabían quién era el otro, pero el destino ya había decidido unir sus caminos. Serenidad, con una sonrisa suave, rompió el silencio. —Hola. ¿Quién eres? El joven pareció sonreír con alivio al ver que ella no tenía miedo. —Soy Lans, guerrero de Isagar. Y tú, ¿qué haces tan adentrada en el bosque? Ella dudó, pero algo en él la hizo sentir que podía confiar. —Soy Serenidad. Estoy en busca de algo muy importante... algo que cambiará el destino de Adamah. Y así comenzó una conversación que los uniría más de lo que ambos imaginaban. Sin saberlo, Serenidad había encontrado a alguien esencial en su camino. El corazón del dragón azul no era el único tesoro que Lans llevaba consigo: también llevaba un fuego dormido que pronto ardería con fuerza. El destino había comenzado a tejer sus hilos mágicos, y la historia de los astros estaba por cruzar una nueva frontera.
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