EPISODIO 8

960 Palabras
EL CORAZÓN DEL DRAGÓN  En una aldea remota al norte del reino de Isagar, donde los inviernos parecen eternos y los lobos aúllan como espíritus errantes en las noches cerradas, vivía un joven llamado Eron. Su existencia transcurría entre el calor del fuego y el golpe constante del martillo sobre el yunque, pues era aprendiz de herrero en la forja de su padre adoptivo, un hombre callado de manos ásperas y mirada sabia llamado Borak. Eron nunca conoció a sus verdaderos padres. Borak lo encontró entre los restos de una caravana destruida por bandidos, envuelto en una manta de lino con un medallón que portaba una runa antigua. Nadie en el pueblo supo identificar el símbolo, pero Borak, por alguna razón que jamás confesó, lo conservó y crió al niño como si fuera su hijo. La vida en la aldea de Thandur era dura. El clima extremo obligaba a los habitantes a vivir encerrados la mayor parte del año, y solo en primavera, cuando la nieve se derretía lo suficiente como para permitir el paso, se podía comerciar con los pueblos del sur. La rutina se volvía un escudo contra la desesperanza: cortar leña, cuidar del ganado, reparar techos, forjar herramientas. Día tras día, Eron se forjaba a sí mismo junto con el acero, hasta que su fuerza y habilidad superaron a la de muchos adultos del pueblo. Pero en su corazón había un fuego diferente, un anhelo inexplicable que lo hacía mirar el horizonte nevado con deseo. A menudo soñaba con cielos abiertos, con tierras cálidas y criaturas imposibles. Una noche de luna llena, mientras tallaba una hoja en la forja, sintió un estremecimiento. Un rugido lejano, como el lamento de un trueno, sacudió el valle. Borak salió corriendo de la cabaña, con una expresión que Eron jamás había visto: miedo. —Quédate aquí —le ordenó con voz tensa. Pero Eron, rebelde y curioso, desobedeció. Se envolvió en su abrigo de piel, tomó su espada sin empuñadura y salió tras su padre adoptivo. El sonido provenía del acantilado de Grelmor, un sitio sagrado que los ancianos siempre le advirtieron evitar. El sendero era traicionero, con hielo resbaladizo y rocas sueltas. Cuando llegó a la cima, el mundo se detuvo. Allí, bajo la luz temblorosa de la luna, yacía un dragón. No uno de fuego, como los que narraban los bardos del sur, sino un dragón blanco, como una montaña viviente, con escamas que brillaban como cristales helados. Su cuerpo estaba herido, atravesado por una lanza negra como la obsidiana. El hielo a su alrededor estaba teñido de sangre azul, y su respiración era lenta, pesada. Borak se arrodilló ante la criatura. Para sorpresa de Eron, el dragón habló. —Hijo del fuego... ¿eres tú? Eron dio un paso al frente, su voz apenas un susurro. —¿Quién eres? —Soy Thyrm, guardián del Norte. He velado por estas tierras desde antes de que los hombres caminaran sobre ellas. Mi tiempo... ha llegado a su fin. Eron tragó saliva. Su cuerpo temblaba, pero no de frío. Algo más profundo lo atravesaba: un vínculo invisible con esa criatura majestuosa y moribunda. —¿Quién te hirió? —preguntó. —Los cazadores de almas... han regresado. Quieren los corazones... el mío es uno de los últimos. Contiene el aliento de los antiguos, la chispa de la creación. No debe caer en sus manos. Con un último esfuerzo, el dragón estiró una garra ensangrentada y reveló una piedra ovalada, blanca como la nieve virgen, tallada con runas que palpitaban con una luz suave. —Tómalo... guárdalo... Protégelo hasta que llegue el portador de la llama eterna. El mundo volverá a arder... y entonces... El dragón exhaló una última vez. Su cuerpo se congeló lentamente, convirtiéndose en una escultura de hielo y escama. Eron cayó de rodillas. Borak lo miraba en silencio, sus ojos llenos de pesar. —Esto no es un accidente —dijo el viejo—. Tu destino se ha despertado. Tomaron el corazón y regresaron al pueblo. Durante semanas, Eron apenas dormía. El corazón no lo dejaba en paz: sus sueños eran cada vez más intensos. Veía ciudades ardientes, ejércitos de sombra, una figura envuelta en fuego empuñando una espada de luz. El corazón no era solo un artefacto mágico: era un relicario de memoria ancestral. Una noche, mientras trabajaba en una espada ceremonial para el jefe del pueblo, el horno se encendió solo. El fuego creció hasta cubrir el techo de la forja. Eron intentó apagarlo, pero en lugar de quemarlo, las llamas lo rodearon con suavidad. Una voz le habló desde el fuego. —Eron, guardián del corazón. La guerra antigua se acerca. La sombra ha despertado y busca lo que ahora tú portas. Pronto, vendrán por ti. Desde ese día, Eron supo que no podía quedarse. Empacó sus cosas, escondió el corazón en el compartimento secreto de su cinturón de cuero y se despidió de Borak, quien le entregó una espada forjada especialmente para él, de acero élfico recubierto con polvo de meteorito. —Ve, hijo mío —le dijo Borak con voz quebrada—. No temas lo que llevas, pero nunca subestimes su poder. No confíes en todos los que digan ayudarte. Y si alguna vez dudas, recuerda: eres fuego en medio del hielo. Eron partió hacia el sur. Su camino lo llevaría por reinos olvidados, por desiertos sin nombre, por ruinas habitadas por espectros del pasado. Se enfrentaría a monstruos, conocería aliados y descubriría que su existencia era parte de una antigua profecía ignorada por el mundo moderno. Pero en lo más profundo de su ser, una pregunta lo quemaba: ¿quiénes eran sus padres verdaderos? ¿Y por qué lo eligieron a él para cargar con el corazón del dragón?
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