EPISODIO 23

1308 Palabras
El DUELO DEL DESTINO El castillo de Isagar estaba envuelto en una atmósfera tensa, llena de silencios premonitorios. En el gran salón, Lans se encontraba cara a cara con su padre, Arman, el rey de Adamah. La batalla entre ellos había llegado a su punto culminante. Lans, armado con la Espada de la Luz, y Arman, con su daga oscura, estaban listos para decidir el destino de todo el reino. "¿Qué esperas, Lans?" La voz de Arman era fría, pero había una furia contenida detrás de ella. "Tu amor por ella, tu ceguera... todo esto es solo una ilusión. El poder es lo único que queda. No importa cuánto luches, todo está perdido." Lans no respondió con palabras. Su rostro reflejaba la determinación, la tristeza y la rabia. Sabía lo que debía hacer, pero no podía evitar sentir el peso de la tragedia que se avecinaba. Con un grito feroz, Lans avanzó, empuñando su espada con toda la fuerza que pudo reunir. Arman, con su destreza y fuerza, bloqueó el golpe y respondió con una serie de ataques implacables. La batalla entre padre e hijo se desató en todo su esplendor, cada golpe una mezcla de poder, odio y desesperación. La espada de Lans chocaba contra la daga de Arman, produciendo un sonido metálico que resonaba por todo el castillo. Lans había entrenado toda su vida para este momento, pero el poder de Arman era abrumador. El rey estaba consumido por su propia ambición, su desesperación por mantener el control. Cuando Lans logró desarmar a Arman, parecía que la victoria estaba al alcance. Sin embargo, en un movimiento sorpresivo, Arman utilizó un hechizo oscuro para arrojar a Lans contra la pared. "Eres débil, hijo. No lo entiendes. No hay victoria posible sin poder," dijo Arman, acercándose lentamente a Lans, que luchaba por levantarse. "Este es el final, Lans," dijo Arman, levantando su daga para dar el golpe fatal. Pero en ese instante, algo inesperado ocurrió. Desde su celda, Serenidad sintió el dolor profundo de la batalla y la desesperación de Lans. Un impulso de sacrificio la invadió. Con un esfuerzo sobrehumano, rompió las cadenas mágicas que la mantenían prisionera. Sin pensarlo, corrió hacia el salón donde su amado luchaba. "¡No!" gritó Lans al verla llegar, pero fue demasiado tarde. Serenidad, con su corazón lleno de amor, se interpuso entre Lans y Arman, en un acto desesperado para salvarlo. La daga de Arman se clavó en el pecho de Serenidad antes de que Lans pudiera detenerla. "¡Serenidad!" gritó, viendo cómo la vida de ella se desvanecía ante sus ojos. "No... no... ¡No!" lloró Lans, mientras la sangre de Serenidad manchaba sus manos. Ella sonrió débilmente, como si supiera que su sacrificio había sido necesario, que su amor por Lans había dejado una marca indeleble en él. "Siempre estaré contigo... te amo, Lans..." fueron sus últimas palabras, y en ese momento, su vida se apagó. El eco del dolor resonó en el salón. Lans se arrodilló, abrazando a Serenidad mientras las lágrimas caían de sus ojos. El silencio que siguió fue profundo, pesado. Arman observaba la escena desde lejos, su rostro implacable. No había una chispa de arrepentimiento en él, pero la tragedia de la situación parecía afectarlo, al menos por un breve momento. "Es inútil," murmuró Arman, y dio un paso atrás, mirando a Lans por última vez con una mezcla de desdén y algo que podría haber sido tristeza. "No hay más por lo que luchar. El poder sigue siendo mío." Con esas palabras, Arman se dio la vuelta y, sin una palabra más, se alejó de ellos, dejando a Lans y los demás en un vacío de desesperanza. No hubo un enfrentamiento final, ni un golpe decisivo. Arman, al ver la muerte de Serenidad, sintió que ya no había nada que pudiera hacer para recuperar lo que había perdido. Ya no veía necesidad de destruir a su hijo o a los demás. "Vete, Lans. Haz lo que desees. Ya no hay reino, ni guerra, ni gloria para mí. El poder sigue siendo mío, pero no lucharé más." Estas fueron las últimas palabras de Arman antes de desaparecer, dejando que Lans y los demás se alejaran con la tristeza de la pérdida, pero también con una dolorosa comprensión de que el reino había quedado a merced de su propio tirano, sin esperanza de redención. Lans, devastado por la muerte de Serenidad, se levantó lentamente, con la mirada fija en el lugar donde su padre había estado. "No tengo nada más que perder," murmuró para sí mismo. Con una última mirada a Serenidad, a la que prometió que nunca olvidaría, se dio la vuelta y caminó hacia la salida del castillo. El FIN DE UNA ERA Con la partida de Arman y la muerte de Serenidad, Adamah quedaba a merced de su tirano, quien mantenía el poder, aunque sin interés en luchar más. Lans y los demás astros se alejaron del castillo, pero la victoria era amarga. La causa por la que habían luchado había desaparecido con la vida de Serenidad. El reino continuó bajo el control de Arman, y aunque la resistencia de Lans no fue suficiente para derrocarlo, la historia de Serenidad quedaría en los corazones de todos como un recordatorio de los sacrificios hechos por el amor y la justicia. EL RESURGIMIENTO DE LA ESPERANZA UNA TIERRA HERIDA Adamah se hallaba sumida en una penumbra perpetua desde el sacrificio de Serenidad. La tierra, antaño fértil, se agrietaba bajo un sol indiferente. El aire pesaba, y los ríos murmuraban lamentos. La luz que alguna vez dio vida al reino había sido extinguida, y en su lugar reinaban el silencio y la culpa. Pero el destino, caprichoso e implacable, aún no había cerrado el ciclo. Una noche de luna nueva, cuando los siete astros se encontraban reunidos en un santuario olvidado, una voz antigua emergió del viento. Era como un eco de los mismísimos orígenes de Adamah, susurrando entre sueños: “La hija de la luz no ha cerrado su ciclo… la sangre de los reyes puede renacer.” Serenidad, la hija perdida del rey O’Connor y la reina Ana, podía ser traída de vuelta. No como un fantasma ni como una sombra… sino como vida renovada. LA LLAMA QUE NO SE EXTINGUE Aquellas palabras encendieron algo en los corazones de los siete astros. La esperanza, enterrada bajo el luto y el cansancio, volvió a brillar. Ya no se trataba solo de reparar lo destruido, sino de recuperar lo irremplazable. Los siete astros se prepararon para una nueva travesía. No era una misión común: estaban decididos a desafiar la muerte misma. Cada uno se aferró a su causa con una mezcla de fe y temor: Gaudí, con su espada de sangre estelar, descendió a bibliotecas sumergidas y ruinas perdidas, buscando el secreto del alma errante. Sakura, con la fiereza del amanecer, guio a su grupo con pasos firmes y ojos encendidos. Amelia, portadora del antiguo saber arcano, descifró conjuros olvidados, mientras el chico zorro, su leal compañero, la protegía sin vacilar. Jenny y Ángel, enlazados por un lazo invisible, leían las estrellas y los susurros del tiempo. Y Lans… ah, Lans… él era el que más ardía, el que más temía. Llevaba el nombre del asesino en su sangre, pero en su pecho, solo vivía Serenidad. LAS SOMBRAS DEL CASTILLO Lejos de ellos, en la piedra helada del castillo de Isagar, Arman caminaba solo. Su imperio era más vasto que nunca, pero su alma estaba vacía. El eco de la profecía lo perseguía en cada rincón. ¿Y si ella regresaba? ¿Qué ocurriría con él, el padre que selló su destino con sangre? Ya no era el mismo rey implacable. Arman dudaba. ¿Ayudaría a traerla de vuelta… o impediría su regreso para proteger el poder que aún le pertenecía?
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