La pregunta es retórica, pero mira hacia abajo, escanea mi rostro, cataloga mis ojos, mis rizos enredados, mis mejillas sonrojadas, mi lengua lamiendo mis labios repentinamente secos. —Sí—, dice, como si estuviera descubriendo el hecho en este momento. Quizás lo sea. Algo en ese —sí— tranquilo y seguro deshace un nudo en mi garganta. —¿Qué pasa si estoy embarazada?— Pregunto, mi voz es un susurro, y no sé exactamente qué estoy preguntando, pero todo es surrealista y pesado y nada está firme bajo mis pies. Su mirada cae hacia mi vientre, todo su cuerpo se tensa. Su lobo retumba. —No dejaré que nada le haga daño—, dice. Piensa un segundo y la arruga entre sus ojos se profundiza. —O ella.— No es del todo una respuesta, ni un consuelo. Seguro que no es un plan, un compromiso o una promes

