Después de un millón de horas de vuelo y de ochocientas mil escalas para descansar y recargar combustible. Al fin estábamos en New York. Me sentía inquieta de llegar a esta ciudad. Es que demonios, la última vez que estuve aquí me iba con el corazón roto. Aunque era algo tonto lo que sentía porque yo seguía igual. Con el mismo corazón ahora más que roto. Emma se tuvo que ir al segundo día porque alguien tenía que hacerse cargo de la galería de Los Ángeles y yo definitivamente no estaba en condiciones. Me encerré en casa un par de días. No me sentía lista para salir. Mamá llegó y me trajo de esas sopas de madre que te devuelven las ganas de vivir. Pero no funcionó. Así que se quedó abrazándome por horas. —¿Quieres hablar con mamá de lo qué pasó? Negué. —Vamos mi amor. Es evidente que

