La lluvia no cesó aun cuando el intenso frío dibujaba su aliento y sus pulmones se comprimieron por la presión. —¡Es su culpa, majestad! —agitada, comunico. —Siempre sale de la nada. Cuál de los dos estaba peor, la intensa lluvia le nublo la visión, pero sintió arder su pecho con solo verlo. «Perfecto» ese hombre era hermoso. —¡Culpas al herido, mala costumbre, señorita! —se burla incorporándose. La vista al cielo y la tierra, que parecía temblar con su presencia y el ápice de arrepentimiento, la alcanzó. —Me alcanzaste. —Sí. Lo hice. El único sonido era el impacto de las gotas y aun con todo podía sentir sus pulsaciones, hacer ruido en sus oídos. —¿Por qué venías de regreso? La pregunta terminó por congelarla. —Yo… Quería hablar con usted. —No creo que sus intenciones fueran ha

